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He de confesar que no pensaba que Rajoy fuera de esa clase de políticos que puedan llegar a tal grado de obcecación.

Desde que el pasado 9-M perdió por segunda vez consecutiva las elecciones generales, Mariano Rajoy ha encadenado una serie de razonamientos para explicar su decisión de seguir al frente del PP que tienen un denominador común: el que intenta resumir el titular de este artículo.

Primero fue aquello de que “es lo mejor para España y para el PP”, sin explicar como llegó a esa curiosa conclusión. Luego vino lo de “me lo han pedido muchos dirigentes y militantes” y la última versión es la que recitó la pasada semana en Sevilla: “Se lo que estoy haciendo y voy a actuar con responsabilidad, sensatez y sentido común…y si el partido me apoya tengo las suficientes ganas, ilusión y coraje para ganar las próximas elecciones generales”.

He de confesar que no pensaba que Mariano Rajoy fuera de esa clase de políticos que puedan llegar a tal grado de obcecación, que no solamente les impide ver la realidad, sino que si es necesario para justificar sus actos y su conducta, la cambian. Otros síntomas de esa “obcecación” suelen ser el ver continuamente conspiraciones contra uno mismo por todos los rincones de su propia casa, la incapacidad para reconocer las propias limitaciones y la ausencia total de autocrítica. Todo eso le está sucediendo al actual presidente del PP.

Sostenido y jaleado por sus más fieles y por gran parte de los barones regionales del partido, Rajoy se dispone a prolongar su agonía política no se sabe por cuanto tiempo. De momento, va a salir reelegido por aclamación presidente de su partido en el Congreso de Valencia del mes de junio. Pero por mucho que desde Génova y sus escuálidas terminales mediáticas intentarán vender la idea de que con ello, la crisis del PP queda cerrada, no transcurrirá mucho tiempo sin que los hechos desmentirán esa falacia.

En los siguientes doce meses, habrá, al menos, tres citas con las urnas; País Vasco, Galicia y Europa. Y en las tres, las previsiones electorales son malas para los populares. En Euskadi, de forma injusta para los valientes y nobles dirigentes del PP que se llevan batiendo el cobre durante muchos años en defensa de la libertad, va a funcionar un voto útil “españolista” al PSE, porque este partido tiene posibilidades reales de derrotar al PNV y lograr que por primera vez en la historia del País Vasco, haya en Ajuria-Enea un lehendakari no nacionalista. En Galicia, las encuestas que se manejan en los partidos, indican en la actualidad que el PSG-PSOE será la primera fuerza política, arrebatando esta posición al PP y que podrá seguir gobernando en coalición con el BNG. En cuanto a las elecciones europeas, se teme en las filas populares una desbandada importante de votos a dos caladeros: la abstención y la UPyD de Rosa Diez, lo que serías más que suficiente para que el PSOE resultara claro vencedor en esas elecciones.

Si el horizonte electoral no es nada propicio para Rajoy, tampoco lo es la imagen de falta de liderazgo que está proyectando junto con una clamorosa ausencia de discurso político tras el 9-M y una dejación de funciones en su labor de oposición al Gobierno. Rajoy va a tener que luchar a brazo partido con esa idea que ya está asentada en la opinión pública de que es un candidato perdedor y que será muy poco probable que alguna vez gane a Zapatero. Añádase a este estado de opinión, la percepción de que el conjunto de personas que hasta ahora han sido nombradas por el presidente del PP para puestos de responsabilidad son manifiestamente mejorables, para que el coctail resulte bastante deprimente para los intereses de los populares.

Si tras la derrota electoral del 9-M, Rajoy hubiese anunciado una retirada ordenada, otro gallo cantaría en estos momentos en el corral popular. Muy al contrario, optó por la peor de las opciones: atrincherarse en su puesto en base a argumentos o razones que tienen mucho de personal, de pedir una confianza que alguien que ha perdido dos veces seguidas tiene muy difícil conseguir como si no hubiera sucedido nada. Lo malo no es que Rajoy haya iniciado un camino de “suicidio” político personal. Es más grave que con esa actitud lleve a una grave crisis a una opción política que representa a 10.300.000 españoles y la condene a no ser alternativa real de gobierno durante un montón de años.