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Tribuna libre

Las consecuencias ni están ni se las espera pero “ya somos europeos”. Además, las insignias de los fiscales desgarran las togas de Conde Pumpido

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Nunca como en las últimas semanas los españoles hemos tenido la sensación de un Gobierno tan a la deriva como en los pasados siete días.

El conferenciante afirma campanudamente en medio de su disertación: La solidaridad de las reglas del juego que las consecuencias no van a cambiar supone que Europa -cuando se haya constatado- son las que son y además un asesor madrileño rebajará el bienestar de los años que le quedan por cumplir al proceso de paz... a su tiempo. Mejor dicho.  En ese momento, en las últimas filas, un asistente a la conferencia se levanta y grita: ¡Mejor dicho, imposible!   Y es que así de absurdas, vacías y confusas son las pretendidas explicaciones del Presidente del Gobierno, de los responsables del Partido Socialista o del Ministro del Interior cada vez que intentan justificar ciertas situaciones.   Nunca como en las últimas semanas los españoles hemos tenido la sensación de un Gobierno tan a la deriva como en los pasados siete días. El robo de las armas, el espectáculo en Europa, la mascarada en los tribunales y el empecinamiento del ejecutivo en no romper, de una vez, la baraja de las pretendidas negociaciones de paz, son, pura y simplemente, el reflejo de la carrera en pelo de alguien que no sabe, ni siquiera, hacia dónde tiene que huir.   No se trata sólo de una pretendida justificación electoral: hay que llegar a las generales con “algo”, porque eso supondría una mínima planificación y una pequeña estrategia, absurda, pero estrategia al fin. El problema del Gobierno es que estamos ante “la nada” más absoluta.   Ya somos europeos. Parece el título de una película de Alfredo Landa en los últimos tiempos del franquismo y en los primeros de la transición, pero en realidad es lo que los batasunos afirmaban con toda razón tras la sesión del parlamento europeo: “Ya estamos en la agenda de Europa”.   Cuando un país sufre durante tantos años la lacra del terrorismo; cuando en plena calle o en los aparcamientos de unos almacenes o en las casas de las fuerzas del orden se asesina a niños y a personas inocentes de forma indiscriminada y cuando toda una población vive atemorizada entre las armas de quienes le apuntan y las armas de quienes le escoltan, ese país tiene sobre sí una lacra vergonzosa. Pasear esa lacra por Europa supone una falta de pudor, además de una inmoralidad política de muy difícil justificación.   Lo de menos es el resultado de la votación, que simplemente refleja, como en España, el equilibrio de fuerzas entre las dos ideologías mayoritarias. El ridículo llega cuando unos países libres y democráticos votan si hay que otorgar o no carta de naturaleza política y ciudadana a una banda de asesinos.   Pues ya está hecho el ridículo más espantoso que se recuerda no sólo de España, sino de cualquier país europeo en el Parlamento de Estrasburgo.   Y eso, con las pistolas encima de la mesa y un Gobierno hablando de constatar autorías y de consecuencias de las que no se sabe ni el cómo ni el dónde ni el cuándo.   A todo esto, los fiscales –algunos fiscales- se plantan y se niegan a participar en una enloquecida carrera de concesiones para poder llegar a ese proceso electoral al que antes se aludía con “algo que llevar a la boca de los electores”.   Una semana nefasta para los socialistas que se personifica en el esperpento madrileño. Ni don Ramón María del Valle Inclán hubiera concebido en una de sus noches de calentura un argumento mejor.   Es muy posible, seguro, que a Miguel Sebastián no le conoce nadie. Es evidente que es el consejero de tantos y tantos absurdos como cada día salen de La Moncloa, pero todo eso, con ser grave, es sólo el síntoma de la descomposición de un partido y de sus dirigentes. Que el partido que gobierna legítima y democráticamente en España, con un mandato otorgado por los españoles en las urnas, sea incapaz de encontrar una persona que proponer a los madrileños para que sea su alcalde es lo verdaderamente trágico, fuera de toda connotación partidista.   El resto, la penosa campaña catalana, ahora en la recta final y sin una sola solución para los problemas de los catalanes y de los que allí viven y trabajan; el Estatuto andaluz, que ahora nos “coloca” entusiasmado Javier Arenas con el texto constitucional debajo del brazo; o que en otro estatuto –que se supone es una Ley fundamental en cualquier autonomía- se introduzca en el articulado el trasvase o no trasvase de un río, no deja de ser una broma de mal gusto con la que cada día nos sorprende esta clase política que sufrimos los españoles.   Europa -que vota casi riéndose de nosotros- nos da la espalda de la forma más descarada en problemas como el de la emigración, mientras recurrimos a ella para lavar nuestras vergüenzas nacionales o para sustanciar opas o para hablar del gas ruso.   Los ladrillos de los constructores siguen volando entre los escaños de parlamentos y ayuntamientos mientras en las sedes de los partidos alguien se afana por encontrar carnaza que morder en las páginas filtradas de algún dossier, y el goteo de cayucos no cesa de poner en peligro la seguridad de los ciudadanos que comienzan a rechazar hasta en las escuelas a quienes llegan de otras latitudes.   La Iglesia clama por el uso de embriones y la cultura volverá a reflejarse en las bombillas navideñas.   A Piqué el cuerpo le pide no pactar con CIU, pero ya se sabe que no hay que dar al cuerpo todo lo que pide.   Zapatero, demócrata a machamartillo, afirma que respetará el gobierno que salga de las elecciones catalanas.   Pero es lo mismo, la semana viene impregnada de pistolas robadas, de autorías sin comprobar, de concesiones inmorales y de frases huecas.   Ya sabemos a qué atenernos: Los problemas son graves y tendrán consecuencias... a su tiempo.   Al tiempo de ¿quién?