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Tribuna libre

Sobre la corrupción y otros demonios en la sociedad cubana

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En Cuba no existe prensa independiente que denuncie la corrupción, sólo esto se realiza cuando se reciben “órdenes de arriba”.

En paralelo con la profundización de la crisis que desde hace años azota la sociedad cubana crece la corrupción con fuerza; hoy más visible que nunca en los niveles más altos del gobierno. Este criterio es ampliamente compartido por la ciudadanía. A tal punto, que connotados voceros del régimen lo han reconocido; por iniciativa propia o porque el problema es tan grave que determinados dirigentes los han inducido a realizarlo.

Así Esteban Morales, conocido académico oficial, en la website de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) realizó acusaciones tan fuertes como que “…hay gentes en posiciones de gobierno y estatales, que se están apalancando financieramente, para cuando la revolución se caiga, y otros, que pueden tener casi todo preparado para producir el traspaso de los bienes estatales a manos privadas, como tuvo lugar en la antigua URSS.” Para avalar este argumento, el asiduo participante en la Mesa Redonda de la televisión, cita el escándalo en curso relacionado con el empresario Max Marambio, chileno por muchos años vinculado a la cúpula de poder en Cuba, y al Affaire Lage-Pérez Roque con implicaciones de tráfico de influencias y supuestos vínculos con el Servicio de Inteligencia de España. Además, de otros ampliamente conocidos fenómenos de corrupción en pleno auge.

Aunque muchas de las cuestiones apuntadas en el artículo sean ciertas, Morales soslaya que el régimen totalitario existente es la fuente de toda la corrupción y, hasta tanto el disfuncional sistema esté presente, la corrupción no podrá ser extirpada. En primer lugar, el antídoto contra la corrupción en cualquier parte del mundo es la existencia de una sociedad civil fuerte y en desarrollo, constituida en un marco democrático y con transparencia. En Cuba, la existente hasta 1959, a pesar de sus considerables defectos, fue destruida totalmente, lo que no pudieron lograr ni las tiranías de Machado y Batista. Nuestra sociedad se quedó sin un mínimo sistema inmunológico para por lo menos, en alguna medida, prevenir las enfermedades oportunistas que cual cáncer devoran las naciones. 

En Cuba no existe prensa independiente que denuncie la corrupción, sólo esto se realiza cuando se reciben “órdenes de arriba”. Aún el escándalo de las empresas Río Zaza, Sol y Son y la muerte de un gerente chileno en La Habana no se ha reflejado en la prensa oficial en la extensión requerida. Mucho menos se habla del alud de comentarios populares sobre la salida el General Rogelio Acevedo como presidente del Instituto de Aeronáutica Civil de Cuba (IACC), y la multitud de especulaciones sobre actos delictivos atribuidos a altas figuras oficiales. El Affaire de Carlos Lage, Felipe Pérez Roque y otros personajes, a pesar del tiempo transcurrido, no se ha explicado adecuadamente, y sólo se conocen algunos detalles por referencias extranjeras y de pocas personas, a quienes casi clandestinamente se les mostró un video sobre este escabroso asunto.

Adicionalmente, en Cuba no existe separación de poderes. El legislativo, con la Asamblea Nacional en primer lugar, es una ficción constituida por un rebaño de personas que en vergonzosa actitud aprueban por unanimidad todas las directivas recibidas del “poder”, sin preocuparse por indagar sobre cualquier asunto “conflictivo”, especialmente la corrupción en los altos niveles gubernamentales. Ni que decir de un sistema judicial conformado para servir de instrumento represivo contra todo ciudadano que se atreva a protestar.

A este panorama se añade la centralización económica, utilizada para el control absoluto de la ciudadanía, aunque su inviabilidad económica está demostrada en que la inmensa mayoría de las empresas y entidades presupuestadas carecen de contabilidad confiable, en un país con dualidad monetaria. 

Todo ello ha conducido a la sistemática destrucción de la nación y el surgimiento de problemas diversos, incluidos altos niveles de miseria. Hoy, como ha reconocido el General Raúl Castro, el salario medio mensual no alcanza para satisfacer las necesidades mínimas de un profesional o un trabajador cualquiera y su familia. Esto empuja a muchas personas a delinquir. Por tanto, no es casual que Cuba tenga una de las poblaciones penales por habitante más alta del mundo: 531 presos por 100 000 habitantes, según estimaciones de The Economist -El Mundo en Cifras, edición 2010. Una cifra cercana puede encontrarse en el Informe de Desarrollo Humano 2007-2008 de PNUD.

Como consecuencia del desbarajuste imperante, existe un proceso de privatización anárquico, por el cual muchos administradores utilizan los bienes del Estado como propios. Mercancías vendidas en tiendas estatales pueden ser en realidad propiedad de particulares. Barberías, peluquerías, zapaterías, reparadoras de bienes duraderos y otros centros de trabajo cobran precios superiores a los establecidos oficialmente, y para poder dar los servicios compran los insumos y reparan los locales con sus propios ingresos, al no recibir recursos del Estado. 

 A esto no escapan en cierta medida la educación y la salud pública. Debido al acelerado deterioro de la calidad de la instrucción, los maestros repasadores se han incrementado vertiginosamente. Los familiares conscientes de que sus hijos no se instruyen debidamente en las escuelas, pagan profesores extras, habiéndose creado de hecho un sistema de educación privado, paralelo al estatal.      

A su vez, florece el comercio de los medicamentos en el mercado negro, robados de los almacenes del Estado, mientras en los establecimientos públicos escasean. Aunque en los hospitales, policlínicos, dispensarios existen muchos profesionales honestos, crece la tendencia a que el servicio dependa del “aporte” del paciente. Eso ha cogido tal vuelo, que hasta la prensa oficial lo ha señalado.

Se añaden los efectos perniciosos de la crisis sobre los valores cívicos, espirituales y morales de la población, estimulándose el sentimiento de frustración por un proceso que prometió el paraíso y ha llevado a la nación al infierno. Es evidente que para detener la corrupción se requiere un cambio radical del sistema económico, social y político que ha conducido la sociedad a un callejón sin salida, como ya solicita la mayoría de los cubanos. 

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