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La crisis palestina y Rusia

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Lo sucedido en Gaza pone aún más en tela de juicio lo adecuado de nuestro rumbo diplomático en esta zona del planeta.

Los últimos sucesos en la franja de Gaza, la bacanal de terror y crueldad, la consiguiente escisión palestina, el estado de emergencia decretado por Mahmud Abbas y la creación de un gobierno nuevo, atestiguan el fracaso de la misión mediadora asumida por Rusia en sus contactos con Hamás. Les recuerdo que durante su visita a Moscú, a la delegación de esa organización le fue concedida graciosamente la posibilidad de recorrer el palacio presidencial y sus lugares notables; por lo que se ve, conocer los tesoros del Kremlin no surtió un efecto civilizador en los integrantes de la comitiva.

Lo más lamentable para la política rusa en la región es que el resultado era fácilmente predecible. La historia viene a demostrar que de las facilidades que ofrece la democracia, puede valerse, de obrar con pericia, cualquiera, incluidos los terroristas, lo que no obstante no los convierte en una fuerza política. El antiguo credo diplomático, según el cual negociar es preferible a no hacerlo, no rige en este caso concreto, pues el terrorismo no admite negociaciones. Por consiguiente, sostener conversaciones con los terroristas es un asunto carente de sentido, si no directamente nocivo porque únicamente sirve para que se envalentonen.

He de decir cuanto antes que, hasta ahora, Rusia no considera a Hamás una organización terrorista, pero, a mi modo de ver, lo sucedido en Gaza pone aún más en tela de juicio lo adecuado de nuestro rumbo diplomático en esa zona del planeta.

Voy a citar la opinión expresada por el experto independiente, Alexandr Shumilin, director del Centro de Conflictos de Oriente Próximo: “La jefatura de Hamás se puso tozuda, considera que ha aceptado demasiadas concesiones en las negociaciones con Arabia Saudita para la creación de un gobierno de unidad nacional; que puede ejercer el gobierno, y cuenta con el respaldo político-moral de Irán y Rusia; y que no deberá sacrificar ni sus principios ni la situación política existente a favor de Mahmud Abbas, como reclamaron la dirección saudita y el mundo árabe en su conjunto”.

No voy a hablar de ética, tal vez sea mejor preguntarse hasta qué punto afecta y conviene todo esto a Rusia.

La situación es clara: la comunidad internacional y, en primer lugar, el mundo árabe, fundamentalmente su lado más razonable, respaldan a Fatah y no a Hamás. Naturalmente, según ha sido anunciado, el mes que viene la comisión especial de la Liga de Estados Árabes investigará los sucesos en Gaza (en resumidas cuentas, no sólo disparaban las milicias de Hamás…), pero el mero hecho de que muchos países árabes reconocieran el nuevo gobierno de Abbas atestigua que la mayor parte de ellos lo considera fuerza legítima de Palestina, mientras que la otra no tiene ni sombra de legitimidad.

Está claro que para lograr en los territorios palestinos algo parecido a la paz, es necesario, al menos en teoría, alcanzar un diálogo entre palestinos, y así lo quiere y proclama el Ministerio ruso de Exteriores. Sin embargo, una cosa es determinar semejante postura y otra, totalmente distinta, que Moscú se atreva a asumir de nuevo una misión difícilmente realizable. Es un asunto obviamente ingrato, carente de perspectiva, que no promete a Rusia más ventajas que algún dolor de cabeza. Tal vez sea más razonable sacar enseñanzas del pasado y ceder la misión mediadora a los países o las personalidades que quieran arriesgar su suerte en el campo minado de Oriente Próximo.

Hamás es un protagonista de lo que acontece en la región, nadie lo discute. Pero sí hay debate en torno a la actitud que se debe adoptar frente a ese protagonista: o se le reprime, o se le desenmascara, o se procura transformarlo paulatinamente. En teoría la última variante es posible (existe el precedente de Arafat), pero requiere tiempo, fuerzas y recursos.

El intento de apaciguar a Hamás ya fracasó. Rusia es capaz de oponerse a Hamás, pero solo formando parte de un equipo fuerte e influyente. Por último, la transformación de Hamás no puede ser orientación prioritaria de la política exterior de Rusia.

Tal vez sea preferible tratar de resolver el problema palestino en el marco del Cuarteto, lo que permitirá seguir de cerca la situación manteniendo simultáneamente la distancia.

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