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El cuarteto de Normandía

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El cuarteto, compuesto por Alemania, Francia, Rusia y Ucrania, nació durante las conmemoraciones del 70º aniversario del célebre desembarco.

Un artículo de...

Antonio Rubio
Antonio Rubio

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El título se parece al de una serie de novelas de Lawrence Durrell, si bien en realidad es una iniciativa diplomática, aunque los resultados de sus negociaciones parecen tener la misma sensación agridulce, y un tanto desesperanzada, que podría obtenerse de la lectura de los libros de aquel escritor británico. El cuarteto, compuesto por Alemania, Francia, Rusia y Ucrania, nació durante las conmemoraciones del 70º aniversario del célebre desembarco, a las que finalmente acudió Putin, invitado mucho antes del estallido de la crisis de Ucrania. Es el cuarteto el que ha impulsado los sucesivos acuerdos de Minsk y las correspondientes treguas de las que el tiempo está demostrando que son pausas para una situación sobre el terreno sin vuelta atrás.

El cuarteto se asemeja a dos vecinos enfrentados que buscan dos mediadores, pero el problema surge cuando uno de los vecinos tiene más poder y fuerza que el otro. Los mediadores procurarán no desairarle, aunque esto lleva inexorablemente la consecuencia de que el vecino débil sufra las presiones no solo de su adversario sino incluso de los mediadores. Estos no le desean ningún mal si bien le aconsejan que no oponga demasiada resistencia pues puede ser peor para él. ¿Qué puede hacer? Necesita a los mediadores, sobre todo a Alemania, pero corre el riesgo de que si cede demasiado, su propia familia, la que habita en su casa, se rebele contra él. En consecuencia, Ucrania tiene que ceder y esto se considera un mal menor, aunque el paso del tiempo, sobre todo por el territorio que poco a poco deja de estar bajo la soberanía de Kiev, demuestra que el mal es mayor. El resultado es un “conflicto congelado”,  que puede activarse en cualquier momento. Estamos ante un statu quo no permanente, sino revisable.

Moscú es quien juega con más ventajas en el cuarteto. No está en guerra con Ucrania, pues niega la presencia de sus tropas en el país, pero se solidariza con sus “hermanos” de la región del Donbass. Rusia ofrece su mediación sobre ellos, pero si, pese a todo, las hostilidades se reanudan, lógicamente los rusos presentarán la situación como algo que escapa a su control y, por tanto, no se les debería exigir responsabilidades.

La soledad de Ucrania en el cuarteto es manifiesta. Es Rusia quien ha influido en la configuración definitiva de los miembros de esta iniciativa diplomática. No están presentes en ella ni EEUU ni Gran Bretaña, considerados amigos de Ucrania. Pero, ¿realmente querrían participar si eso les llevara a comprometerse excesivamente con ese país y a empeorar sus relaciones con Rusia? La ausencia del amigo americano es la más clamorosa. Esto ayuda a que la mayoría de los países de Europa Central y Oriental, a los que solía considerarse pro-americanos, compartan la percepción de que un Obama, volcado en Asia y hasta cierto punto en Oriente Medio, ha perdido interés por lo que suceda en su área geográfica.

Más llamativo resulta que Polonia esté excluida del cuarteto de Normandía. Tampoco es extraño al ser el principal aliado de Ucrania en la región, pues en el núcleo de su política exterior está grabado, de alguna manera, aquella frase atribuida al fundador del moderno Estado polaco, el mariscal Pilsudski: “No hay una Polonia libre sin una Ucrania libre”. La exclusión de Polonia parece haber debilitado el triángulo de Weimar, la asociación estratégica constituida por París, Berlín y Varsovia en 1991.  Con todo, debemos reconocer que Polonia se mueve con cautela en este asunto, en una mezcla de firmeza y voluntad de compromiso, pues bien sabe que sus vecinos, Alemania y Rusia, son indispensables en sus proyectos estratégicos.

Para algunos, el cuarteto de Normandía es una concesión a Rusia. Para otros, la única manera de salvar a Ucrania. Desgraciadamente esta historia me recuerda mucho a lo que decía el primer ministro francés Clemenceau cuando en la conferencia de París (1919) le preguntaban por el destino de Austria: “¿Austria? Austria será lo que quede”.

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