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Tribuna libre

Se lo cuento en bajo para que no se oiga

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Si se entera el héroe de “Ganador Perdido” de que estoy escribiendo sobre él vendrá a pedirme explicaciones pese a que le he invitado a un paseo promocional.

El reto era intentar amargarle la existencia. No así, sin más. Ni por simple diversión. Pero torturar, en el buen sentido, a un millonario engreído y chuleta era una tentación que no iba a poder pasar por alto fácilmente. Las circunstancias me lo dejaron así, en bandeja, y le hinqué el diente al principio, pero se me fue de las manos más adelante. Por eso dicen, y no siempre es así, que la realidad supera a la ficción. A veces la ficción se levanta, amaga con darte un bofetón, se da la vuelta y se pierde en el horizonte negando con la cabeza y mascullando palabras incomprensibles.

Se llama José y me lo crucé por casualidad. Yo venía de donde venía y el volvía a donde volvía. No sé si me explico. Él estaba tranquilo en casa, en la sierra, alejado del mundo entero. No quería saber nada de mí. Y, lo que es la vida, yo tampoco tenía demasiado interés en cruzarme con su aburrida existencia. Me abrió la puerta de su casa porque no le dejé elección. Llamé para entregar publicidad y luego atranqué su puerta, cruzando mi pie derecho con firmeza. Y jugándome el tobillo, también. Que ya no se valora nada el periodismo de investigación y riesgo. “Debe dejarme pasar”, le imperé. “¿Acaso tengo elección?”, contestó con su habitual tono irónico.

Lo hablamos durante un tiempo y llegamos a un acuerdo: sólo jugaré con su destino durante unos meses. Y así lo he hecho. Al principio, como digo, manejé al personaje a mi antojo, sin intención alguna de llevarlo a buen puerto. Todos los destinos, los mejores precios, ya saben. Sin embargo, heroico y literario, fue sacando su cabeza a la superficie y comenzó a respirar a cuando menos lo esperaba. Y me plantó cara. Hace medio año me puso la navaja en el cuello y me lo dejó todo clarito. No vean qué carácter. Tanto es así que, al final, él tiene ahora la penúltima palabra.

Y digo la penúltima, porque la última la tienen ustedes. Bueno, algunos de ustedes. Aquellos que tengan ocasión de leer, a partir del 15 de julio –cuando saldrá a la venta en Popes80.com-, “Ganador Perdido”, mi última incursión en el sórdido mundo de la literatura que, al igual que el de la música, no está nada preparado para alguien que no tiene ningunas ganas de comerse el mundo, después de la indigestión del último planeta devorado en sueños. Porque en esto coincido con Cristina Llorente –esa nueva artista que es, si ella y todas las citadas me lo permiten, como Marta Sánchez, pero más elegante; como Chenoa, pero más agradable; como Madonna pero más humilde; como Amaia Montero pero con mejor voz; como Paulina Rubio pero más decente; como Mick Jagger, pero más guapa; y como Shakira pero con mejor gusto musical-, lo de los sueños, en el mundo artístico, es casi lo más importante, siempre y cuando se aporte también algo de trabajo. Soñar, soñar, sin más, tampoco es un camino válido.

No es fácil. No sé por qué me he metido en este jardín de hablarles de mi “Ganador Perdido”. Quizá porque he tenido la ocasión de manejar el destino del músico español de mayor éxito del momento, el protagonista del libro, y eso es un privilegio que no podía evitar compartir con ustedes. Donde mejor se explica es en la contraportada “Ganador Perdido”: “El cantante de éxito del momento acaba de decidir abandonar la música, la fama y la gran ciudad para dedicarse a la sosegada vida del campo. (…) tras un incidente casual, un grupo de periodistas trata de implicarlo en los delitos de una banda de asesinos (…) Una alocada y divertida trama de la que intentará salir para regresar a su pacífico edén”.

Es la historia de José. Un artista atípico. Atractivo por inexistente. Un artista capaz de dar la espalda a su éxito y dejar los conciertos en gigantes estadios, los millones de euros, y la vida acelerada, por dedicarse al cuidado de su jardín en la sierra, es un artista con todas las cualidades para caer simpático. Un famoso que se atreve a buscar dentro de sí mismo razones de peso para vivir, que es capaz de renunciar al pensamiento único impuesto en la cultura española, y que está dispuesto a poner su cráneo por las cosas en las que cree, es casi un sueño. Un sueño real. Por eso será estupendo si “Ganador Perdido” les ayuda a reflexionar un poco. Me encantaría, desde luego, escucharles algunas carcajadas a quienes opten por leerlo, pero me conformaré con sólo entretenerles un rato, distraerles en el sueño, y hacerles olvidar unos minutos este angustioso mundo que nos ha tocado transitar.

Nota: Si se entera el héroe de “Ganador Perdido” de que estoy escribiendo sobre él vendrá a pedirme explicaciones. Le he suplicado que se de un paseo promocional por los medios y se ha negado en rotundo. No vean qué “buen negocio” es este desagradecido protagonista. Me ha dicho que no quiere ni hablar del tema. Por eso lo cuento aquí en bajo para que no se oiga. Si se lo encuentran, hagan como que no lo conocen de nada.

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