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Tribuna libre

Una cultura del esprit - Artes de la sociabilidad intelectual

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Francia la dulce hace décadas que dejó paso a la Francia declinante pero siglos atrás conoció las encarnaciones más ricas y complejas de la historia del espíritu, todavía valederas y ejemplares.

Una deformación por caricatura de la cultura del salón nos lleva a pensar en el petimetre pretencioso, la poetisa exaltada, el notario que dormita y esa hija mayor de la anfitriona que desafina con estruendo ante el piano. No poco de esto hay en las páginas de Proust o –entre nosotros- de Lorenzo Villalonga, en convivencia con el exceso de mérito prestado a los cafés romántico-revolucionarios que sacudieron Europa desde abajo con merma, al menos, de la noción de politesse. Esas son páginas y recuerdos que pertenecen más bien al siglo XIX.

Hoy por hoy, el Estado cultural aboca a una cultura sin más elecciones que la dependencia o una marginalidad casi siempre atravesada de mistificación. Al tiempo, tiene larga subsistencia el paradigma del artista sufriente y solitario, de condición prácticamente ascética, quejoso del mercado aunque lo tenga –como suele ocurrir- a su favor. Añadir aquí el papel de las universidades fosilizadas de academicismo completa panoramas poco favorables a la libertad de espíritu, a una cultura basada no en la autosatisfacción sino en la autoestima, en la superación por emulación, en la vocación hegemónica del gusto.

De la confortabilidad burguesa se ha hecho mucha sátira teatral pero fue esa solidez familiar y ese orgullo de casta el que hizo posible –por ejemplo- el magno caudal narrativo de Thomas Mann. La trabazón intelectual entre padres e hijos se aliaba con la Historia Sagrada y el Quijote que había en cada casa para favorecer la aparición de hombres cultos en sociedades fuertes. Por desgracia, hablamos ya de valores mantenidos por inercia, con un incremento de pasividad ante el día a día que marcan la estética gruesa del “reality show”, la repetición de comportamientos postizos y la devaluación de las virtudes del carácter. Ahí habría una triaca a la mano en la sociabilidad intelectual, en la cultura del salón, tan alejada de la animación cultural, el multiculturalismo mochilero, el cinefórum de barrio o las tazas de desayuno con motivos velazqueños. Tiene no poca audacia recuperar la causa –en palabras de Lorimer- del buen juicio, el buen sentido y el buen gusto frente a la continua postulación del “todo vale”. Del mismo modo, en la Europa que vive la degradación del ocio, miramos con anhelo aquella agradable complicación de los loisirs.

Francia la dulce hace décadas que dejó paso a la Francia declinante pero siglos atrás conoció las encarnaciones más ricas y complejas de la historia del espíritu, todavía valederas y ejemplares. En realidad, todo puede datarse con tanta concreción como para señalar el año y el nombre de su fundación: hacia 1615, Madame de Rambouillet comenzaría a recibir en su Estancia Azul, para, entre otras cosas, imponer un cambio de vía a la historia de la intimidad y establecer un modelo de cultura tan completo como grato.

Reivindicar la Francia del XVII no implica el elogio del Antiguo Régimen ante todo porque las células de libertad que fueron los salones favorecieron la movilidad social y el acceso meritocrático a la alta cultura del día. Al final, las madamas y los cercles no serían ajenos al virus de la política en la conversación, en coincidencia con ese éxtasis de la dulzura de vivir que antecedió a 1789. Por entonces ya se habían instalado en los salones los primeros ateos y los primeros libertinos y, sin embargo, el XVII fue el siglo de la Introducción a la Vida Devota de San Francisco de Sales, del jansenismo y Port-Royal, de brillantes predicadores jesuitas y el Pascal que escribía sus Pensamientos y sus Provinciales. Madame de Rambouillet, Madame de Longueville, Madame de Lafayette, Madame de Sévigné: no por azar combinaban un mundanismo sin connotaciones negativas con temporadas de retraite, de retiro. Tantas de estas madamas darían realidad a la concepción teórica de la femme forte, en una cultura de salón donde ellas imponían y recibían, arbitraban el gusto y, de paso, establecían la norma del mejor francés, en consecución de lo que el Estado se esforzaba en conseguir. De tanta frecuentación de los salones, La Rochefoucauld redactará sus Máximas e incluso un antimundano como La Bruyère, modelo marmóreo y eterno de la prosa francesa, terminaría por evocar aquellas bienséances, aquella suavidad de los modales que nunca necesitó escribirse para practicarse. El propio Descartes escribió en francés para unas lectoras que después de muchos años vendrían a ser opinión pública. La definición del esnobismo aún tardó dos siglos en llegar.

La cultura del salón se expandiría en brillantez durante siglo y medio, de modo que pudo fundar creaciones del espíritu atinentes a las tradiciones mundanas y a su vertiente conceptual. Es la época de la honnêteté, la edad del esprit y una galanterie que  implicaba una espiritualización de las relaciones, con deje de platonismo voluntario. Las tradiciones caballerescas y cortesanas de España y de Italia tuvieron no poco que ver, en combinación con un hastío de la corte que determinó a la nobleza a buscar su autonomía. No en vano, la cultura del salón coincide con La Fronda, con las revueltas de los nobles tan conscientes de su sentido del honor. En realidad, es un adentramiento en la autoestima, en la convicción en los valores propios, hasta el punto de que ninguna sociedad ha pensado tanto sobre sí misma. Aquel “estilo medio” propugnado en los salones se distanciaba de los modales académicos tanto como de los usos de la vulgaridad. Con el tiempo, sería un magma vital que daría pie a literaturas –como hoy- de género inubicable o fronterizo: retratos, bromas dramatizadas, improvisación de rimas, pasión por el teatro, epistolarios privados o públicos, mapas de afectos, tratados de buenas maneras, los aforismos que iban a conseguir para la literatura francesa fama secreta pero perdurable. Naturalmente, era un aliento para el espíritu de emulación en que se basa la cultura ayer y hoy. De la conversación reglada y cortés a la discusión sentimental o el arte de escuchar, hubo espacio para la noble diletancia, para el amateurismo meritorio, para tanto aprendizaje al contacto del mejor monde. La vieja lección socrática, coincidente con la sociabilidad natural del hombre de Aristóteles y Santo Tomás, pasaba porque uno no era inteligente en soledad. Las Preciosas lo supieron pese a las maldades de Saint-Simon, ya bajo Luis XIV, y la abundante crítica de les femmes savantes. A esto se le puede oponer la viveza y la vocación de alegría de una Madame de Sévigné trasladada al verso en el Retrato de París de Carlos Pujol. Según Paule Constant, estas madamas se convertirían en poseedoras de la felicidad, en guardianas de las virtudes, en protectoras de las costumbres.

La cota de civilización que alcanzaron los salones contribuyó a ese dominio tan sutil como real que implica la cultura de prestigio, de la que todavía tanto se nutre esta Francia en declive. La cultura de la conversación sería determinante para el desarrollo de la diplomacia, y es sustancialmente distinta de esos otros hitos de la historia íntima de la humanidad como los soliloquios del doctor Johnson o el característico galanteo de la España dieciochesca. Para Johnson, las cartas de Lord Chesterfield “enseñan la moral de una prostituta y los modales de un maestro de baile”, pero Chesterfield se hace eco admirado del genio francés para la conversación. Hoy hay aires vagamente neopaganos que reivindican un despertar a la cultura del espíritu pero quizá venga primero una consideración más alta de la cultura del esprit.

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