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Tribuna libre

Y dale con el Estado Providencia y censor, ZP

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No. Con permiso, no voy a hablar del teniente general Mena. A uno le desasosiega más que, quienes nos gobiernan, inauguren este 2006 mostrando “tics” tan preocupantes: prohibido fumar (y —si fuera por la ministra Salgado- mañana mismo también prohibido el chupito de vino); adelante con ese Estado del Bienestar que dotará millonariamente una Ley de Dependencia y otra de Igualdad; o el anuncio de un Consejo Audiovisual de alcance nacional que, como su homólogo catalán, podrá disponer a su antojo de las empresas de comunicación. Zapatero ha decidido partir el año engordando el Estado Providencia y censor. Y uno se pregunta: ¿qué papel debe jugar el Estado en una sociedad? Comenzaré por apuntar lo que me parece más razonable (y más respetuoso con la dignidad de las personas, capaces en principio de definir y alcanzar sus propios fines vitales): que se preocupe y ocupe exclusivamente de las necesidades de aquellos que no son capaces de hacerlo por sí mismos; para el resto, libertad. Sí. Resulta tremendamente esperanzador soñar con un Estado pequeño (porque no debe ocuparse de casi todo, como ahora), pequeño —digo- pero fuerte: que obligue a cumplir la ley y esté en condiciones de impartir justicia. Impuestos reducidos, diseñados sólo para solventar desigualdades; contados gravámenes dirigidos a preservar únicamente la seguridad social de ese reducido número de ciudadanos que no puedan asegurársela por sí mismos; cheque escolar para que cada cual eduque a sus hijos donde quiera y con el ideario que crea más conveniente; bonos médicos… Sin embargo, ¿qué encontramos, en cuanto ponemos un pie fuera de nuestros hogares? Nos damos de bruces con la universalización de la protección social —con carácter de servicio público- para pobres, clases medias y ricos. Topamos con servicios públicos deficientes y despilfarradores (porque “lo que es de todos no es de nadie”), con dádivas y subsidios que perpetúan la miseria que intentan erradicar y sólo generan ciudadanos indolentes encantados de disponer de un “forrado papasito”. Con ese Estado omnímodo existe un efecto aún más perverso que la injusticia: la castración de la iniciativa individual hasta erradicar el esponjoso ingenio de los ciudadanos; se sofocan los estímulos y la responsabilidad personal. Este proceso por el que pasan muchos países que han dado vida a “mega-estados” no es nuevo y ha sido estudiado en profundidad. Los entendidos han apuntado el motivo de la pervivencia de esta antinatural evolución: el deseo de los políticos de perpetuarse en el poder. Ahí está el “quid” de estos guiños gubernamentales del Gobierno Zapatero (que también contribuyeron a alimentar anteriores partidos en La Moncloa, por cierto). Zapatero tiene abierta en canal su línea de flotación por culpa del Estatut y un buen puñado de torpezas. Por eso se dispone ahora a engatusar a la ciudadanía. Más protección social para los ancianos, más control de la prensa, guerra al tabaco y al alcohol, obliguemos a las empresas a vivir la paridad varón-mujer, pongamos límites a la edad máxima en la que los financieros deben regentar sus empresas. A mí todo esto me produce una considerable sensación de agobio y desasosiego. Nada de lo anterior es gratis. Quizá se esté conduciendo a la quiebra financiera al país, pero eso apenas parece importar a los gobernantes (y a gran parte de nuestra anestesiada ciudadanía); quizá nos estemos cargando la función de vigilancia que lleva a cabo la prensa, pero probablemente sean más bien pataletas de ególatras periodistas que no quieren perder poder; quizá estemos olvidando el principio de que una sociedad mejor no se hace a base de leyes sino creando las condiciones para que crezcan mejores individuos. Sin embargo, el miedo a perder ese paraguas hiperprotector de un Estado complaciente impide que nadie se atreva a dar un paso para desmontar el tinglado: hay muchos votos en juego. Fuera de nuestras fronteras existen algunas excepciones. En Suecia llevan algunos años “de vuelta” del “estado providencia” que ha demostrado ser un absoluto fracaso. También Estados Unidos parece empeñado en dar un giro estructural a su sistema. Termino. Todos queremos justicia en nuestra sociedad (menos humo de tabaco, menos periodistas botarates, más igualdad, mejor trato a los ancianos) pero algunos pensamos que eso no se consigue con un Estado más intervencionista, con leyes que “revienten” la libertad de expresión o aumentando el poder del Estado. La justicia se logra ensanchando la sociedad civil. Ensanche, señor Zapatero, pruebe a ensanchar a España… si realmente le interesa algo más que continuar siendo el inquilino de La Moncloa.