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Tribuna libre

Lo ha dicho el Papa

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“Id contra corriente, no escuchéis las voces interesadas que invitan a la arrogancia y a la violencia, a aparentar y a tener, en detrimento del ser”.

Lo ha dicho el Papa ante medio millón de jóvenes. Ha sido en Loreto, a comienzos del mes de septiembre. Les ha mirado a los ojos y ha abierto su corazón disparando con cariño a donde más le duele a esta sociedad de costumbres caníbales que sufrimos: "Id contra corriente, no escuchéis las voces interesadas, que persuaden, que hacen propaganda de modelos de vida que invitan a la arrogancia y a la violencia, a la prepotencia y al éxito por encima de todo, a aparentar y a tener, en detrimento del ser". Rechazad el “éxito a toda costa”, les ha dicho, nos ha dicho. Así, como si nada. ¿No es acaso el éxito el único sueño de tantos y tantos miles de jóvenes? ¿No es acaso la obsesión por el éxito una de las principales condenas del hombre de nuestro tiempo?

No está de más aclararlo de vez en cuando. El Papa habla al mundo. Cuando se dirige a los jóvenes, no lo hace sólo hacia los cristianos, no, habla a los jóvenes de todo el mundo, de todas las creencias, de todas las condiciones. Por eso tantas veces, como hoy, no es imprescindible ser cristiano para comprender y compartir las palabras del Santo Padre. Benedicto XVI, que con su forma de ser y obrar ha desmontado en tiempo récord todas las absurdas acusaciones que sobre él se vertieron en los días previos a la fumata blanca, se nos muestra hoy como un pensador privilegiado, un observador del mundo capaz de descender de los grandes discursos teológicos y situarse de tú a tú frente cualquiera de nosotros, para regalar un consejo tan útil como necesario, tan importante como infrecuente: que no hipotequemos nuestras vidas por una meta tan estúpida y vacía como alcanzar el éxito. Que no vale la pena matar por el triunfo. Ni matarnos.

Aunque es un mensaje dirigido a todos, porque la obsesión por el éxito es plaga que afecta a todas las sociedades modernas, parece especialmente apropiado destinarlo a aquellos jóvenes que intentan estos días iniciar sus carreras profesionales y, de manera muy especial, a aquellos que han dedicado su vida a las artes o a la música y que han de convivir con la obsesión por el triunfo tanto propia como ajena. El conocido programa "Operación Triunfo" es una triste metáfora de todo esto, que no hace más que corroborar las palabras del Santo Padre. Lo que “OT” ha traído a la música es un incremento brutal de la música de usar y tirar, una espectacular crisis de ventas y una gigante e imparable ruptura entre el artista y el consumidor. No hay que darle muchas vueltas: la culpa ha sido del éxito, que los ha cegado, que nos ciega a todos.

El Papa sabe mejor que nadie lo que significa el éxito en una carrera profesional. No debemos deducir de sus palabras que el éxito en sí sea algo malo. Pero sí, reconocemos, en su discurso de Loreto, que el triunfo es algo pasajero. Que de nada valen los premios, los discos vendidos, los aplausos, los conciertos ante millones de personas, la inabarcable fama... que nada vale todo eso si, de pronto, por ejemplo, podemos quedarnos en el camino. Es un ejemplo estúpido y gris, lo sé, pero al fin y al cabo, morirse es lo más natural del mundo. Me hace gracia cuando vemos a esos artistas, estrellas internacionales, en el escenario. Aclamados por miles de alocados fans, parecen hechos de otra pasta, rodeados por un espíritu casi divino. Y me sorprende después verlos de cerca, como gritan y protestan como cualquier mortal, cuando sin querer les pisas un pie, o cuando alguien les quema una mano con un cigarrillo. Parece estúpido, pero así es. El éxito, que tantas cosas les había prometido en sueños, no les ha privado de ser hombres, mortales, limitados, tan humanos como los demás, tan vulnerables al dolor y al paso firme de la vida como el resto. Tan idiotas como cualquiera, cuando tropiezan por la calle y sus labios besan el primer charco embarrado de la acera.

Precisamente ahora que la sociedad nos "obliga" al éxito a toda costa, a pisar tantos cuellos como sean necesarios para alcanzar tal o cual puesto, a vivir deprisa, como locos, para llegar siempre los primeros a todo, es un buen momento para valorar a los que viven contra corriente. Es un gran momento para admirar a esos artistas que creen en las canciones, tengan o no tengan éxito, a aquellos profesionales que hacen su trabajo con firmeza, pero que no están dispuestos a venderse por mil euros más, por subir un poco más en la escala, por cinco minutos de televisión, por mandar un poco más, por llegar un poco antes.

El Papa, gracias a Dios, nos invita a todos a vivir contra corriente: a no luchar por el éxito más banal y a "no tener miedo de ser criticados por lo que pueda parecer fuera de moda". Ahora ya es decisión nuestra clavar los cuernos en la arena, reflexionar y mirar pausadamente alrededor, o seguir en esa estúpida manada suicida que dice saber, mientras nos arrastra, que el único camino divino es el de la fama.