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Tribuna libre

La dignidad humana y las obligaciones de todos

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A veces olvidamos que para eso es preciso que haya una mayor determinación por respetar la dignidad de las personas.

Me explica mi amigo Nacho el reciente recuerdo que ha tenido de una escena de cine que le impactó hace años. Es de la película “Francisco, juglar de Dios”, de Roberto Rossellini, cuando San Francisco sigue de madrugada a un leproso que pasa, haciendo sonar su campana para advertir de su presencia, cerca de un bosquecillo. Y, emocionado, le abraza; y, desolado, le deja pasar; e impotente, llora tumbado en el prado.

Salvando las distancias, me dice Nacho que nosotros luchamos también ahora por una sociedad justa, pero a veces olvidamos que para eso es preciso que haya una mayor determinación por respetar la dignidad de las personas. No podremos tener verdadero orden social ni desarrollo sostenible sin que consideremos a los demás como otro yo, respetando en primer lugar su vida y promoviendo los medios necesarios para vivirla dignamente.

Sí, es una cuestión que no acabamos de trabajar y encajar suficientemente. Es preciso que todos los programas sociales, económicos, científicos, educativos y culturales, estén presididos por la conciencia de la riqueza sin fin que tiene cada ser humano.

Es verdad que nos rebelamos al ver los abusos y desequilibrios que azotan a toda una sociedad en crisis. Y no es un asunto sólo de nuestro país. Pero cuando pensemos en pobreza que no se nos venga únicamente a la cabeza las "limosnas", que tal vez ya demos. Elevemos la mirada para atender, con urgencia, desde una perspectiva política y social los graves problemas de pobreza e ignorancia. Cuando luchamos porque la gente necesitada tenga lo más indispensable no estamos haciendo nada extraordinario, pues a todos corresponde tener unas justas posibilidades de educación, trabajo, sanidad, etcétera.

Pero en todas los entornos de la acción humana -economía, cultura, política, ocio, medios de comunicación, sanidad...- es imprescindible atender a la correspondiente dimensión ética, que también tienen. No olvidemos que en el inicio de la pobreza material de tanta gente se encuentra, las más de las veces, la indigencia educativa y unos derechos culturales no suficientemente protegidos y reconocidos.

La eficiencia económica no ha de estar nunca reñida con la justicia social o con una globalización económica y política plenas de solidaridad. Y ya cada uno puede concretar su compromiso para reafirmarse, en su particular ámbito de actuación, en valores naturales, morales y espirituales. No faltarán fuerzas para esa ingente tarea.

Como diría Gandhi, no podemos permitir que "la política sin principios, el placer sin compromiso, la riqueza sin trabajo, la sabiduría sin carácter, los negocios sin moral, la ciencia sin humanidad y la oración sin caridad" destruyan al ser humano.

Y los educadores, privilegiados artesanos de un mundo mejor, no nos olvidemos de que sea cual sea el carácter de nuestros alumnos o hijos, las virtudes más que enseñarlas se han de aprender. O sea, que motivemos a la gente joven y menuda para que ellos protagonicen y sean auto-responsables de su educación. Nosotros, cerca, para ser referencia, para echar un cable, para defender la libertad, para dar -recibir un ancho abrazo, en los bosquecillos de nuestras vidas.

“Somos
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