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Tribuna libre

El discreto manicomio del doctor León – Chardonnay on the rocks o el champagne del pobre

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Llegamos con el chardonnay bajo el brazo, con la botella que transpiraba gotas de frío. La sed era biológica y el verano hay que bebérselo con un poco de conversación interesante.

El discreto manicomio del doctor León tiene esa reverberación romántica de la hiedra sobre la piedra y el verdín del tiempo posado en los ladrillos a modo de elegía. Data sin duda de los años en que todo iba a curarse con la enzima de la felicidad y un poco de gimnasia. El viejo sanatorio aporta sus connotaciones de misterio a la elocuencia algo anodina de la plaza de Mariano de Cavia -prosista también algo anodino- y constituye ahí la mole sombría y a la vez alegre que nunca ha dejado traspasar el escándalo y el estridor de la locura. Imaginen ya tras de la puerta el jardín interior con luz de aquarium y la figura del poeta hipersensible que mira atardecer desde el estanque de las ninfeas, antes de que vengan a acostarlo ese género de enfermeras alemanas que administran con el mismo espíritu una gragea de valeriana o un azote. A veces, al pasar, en algún momento de recurrente extenuación, nos ha venido la fantasía de bajar del taxi, fingir una elegante enfermedad mental y solicitar el ingreso por un trimestre para poner en olvido tantas agonías del mundo y reconstituirnos bien con baños terapéuticos, lavanda nebulizada, régimen de silencio, té sin teína y desayunos con muesli. Otra gente hay que sueña con retirarse a Marrakech. A cambio uno prefiere la ambientación grata del higienismo y las sábanas blancas donde aún tendrá su placer fumar a escondidas -antes de que lleguen las terribles enfermeras alemanas- o ver brotar las rosas enfermas, de colores desmayados, para curarnos los males que habitan la imaginación. De cualquier modo, esta España d'Or está muy lejos de la literatura de los sanatorios y como mucho se llega a la deshabituación de las drogas. Es un desastre. Íbamos por Mariano de Cavia con estas evocaciones infundadas y ociosas, hasta observar la gran enemistad estética que se da en la misma plaza, entre la vaga anhelación del sanatorio de otro tiempo y esa M de Movistar que corona un edificio que alguien debería destruir por alta consideración de la belleza. En Madrid ya sólo se destruyen los portones neoclásicos. Esa M de Movistar viene a ser el incipit de una cierta estética bakalaera que después ha de tener sus poetas feroces, sus estudiosos académicos y sus partidarios. Desde luego, se puede pasear por cualquier arrabal y no hace falta más que ánimo: consideremos la propia plaza de Mariano de Cavia, que en los días felices tiene no sé qué encanto prosaico y callejero y en los días infelices nos hace volver los ojos al locutorio islamista de la esquina y al hecho constatable de que el mundo va muy mal, occidente se hunde y -como dirían en Miau- ¡ya no queda cristiandad! Y esa estética bakalaera, por cierto, está ahí como amenaza y prepotencia contra la lírica oposición del sanatorio del doctor León, fundado en 1917 cuando la vertiente sur de la colina del Retiro estaba aún limpia para ver las vías de los trenes que van al levante. Caminaban por ahí los personajes de La Busca igual que hoy sueltan a los locos del manicomio a dar de comer a los pájaros mecánicos de la fuente o -con más lógica- a pedir por la calle cigarrillos. Por Mariano de Cavia tengo un amigo profesor dedicado a las erudiciones pintorescas, a quien iba a visitar provisto de la bolsa de los vinos: de algún modo hay que deshacerse del estocaje de la bodega que llevan tan a mal las mujeres de la casa y en la vida se da esa circunstancia lamentable de que hay más botellas de vino que ocasiones placenteras de beber. Pla habla de una "sed biológica", ese género de sed que clama como una desesperación a las alturas, y el verano está ahí para bebérselo; por lo demás, visitar a un amigo es algo muy diferente de las medias sonrisas y las medias verdades y los fingimientos de la vida social -es la liga de la libertad, la buena conversación, la confianza. Mi amigo profesor ha dirigido su vida con tanta inteligencia que cada día, a eso de las ocho, ha dispuesto todo para tener en la mano un mojito criollo o un gin&tonic (el segundo) o una copa de champagne: no por eso pierde la reputación en el estamento de las bibliotecarias solteras y las profesoras respetables, que le tributan esas miradas que sólo provocan la fascinación y el arrobo cuando el varón pasa rozagante, como un triunfo. En la vida no hay como caer en gracia, y por lo demás mi amigo tiene la fama algo restringida de la literatura gris, desde que escribió sus artículos sobre "Un tema asirio en la literatura autobiográfica de Pío Baroja" o su "¿Cristóbal Colón era de Reus?: hacia un giro copernicano en el imaginario catalán". La erudición es un engranaje del mundo, aunque muy lento, y ahora investiga una "Comparativa estadística de citas de Borges y anécdotas de Dalí en los suplementos culturales (1980-2005)", que se ha de leer con interés horrorizado. Tipo singular, mi amigo, y paladar afortunado, que suele vivir en una residencia de profesores y estudiantes de disposición interior complicada y tortuosa y que con la hemorragia de las vacaciones permite jugar al golf o al squash por los pasillos. Allí llegamos con el chardonnay bajo el brazo, con la botella que transpiraba gotas de frío. La sed era biológica y el verano hay que bebérselo con un poco de conversación interesante y un fondo de boleros de los Panchos: entonces no está uno en el día a día de Mariano de Cavia sino en el Acapulco de los galeones, bajo palmeras como las del paraíso, con la piel brizada por la temperatura nocturna de los trópicos, de cena en un hotel. A tales transportes lleva una copa de vino en el momento adecuado. En los últimos años nada ha tenido peor reputación ni ha causado mayores irrisiones que beber chardonnay, hasta el punto de gozar aún de vigencia esa liga ABC (Anything but chardonnay) donde tenían sus implicaciones los productores norteamericanos de uva riesling, propuesta a su vez como antípoda de finura y elegancia. En parte había algo de razonable en la campaña anti-chardonnay porque en sus peores momentos hablamos de vinos planos y uniformes que no tienen sinceridad para mostrar dónde nacieron y el gusto fatigadísimo de los profesionales o maníacos del vino necesita cada vez estímulos más sofisticados o perversos. En el último concurso de 'chardonnay du monde' se cataron vinos de 35 países para demostrar que la chardonnay rige el orbe de un modo algo abusivo sólo por detrás de la manchega airén, en tanto que las tendencias se ciñen cada vez más al descubrimiento comarcal, a las castas olvidadas, al viticultor que vende el tractor y compra una pareja de bueyes y luego pisa las uvas en familia. De algún modo, la uva chardonnay sobrepasa a su terruño y hay un estándar global del chardonnay -notas tostadas, intensidad dorada, toffee, mantequilla- que se compra sin que importe si la uva vino de Chile o la Argentina o los altos del Golán. Por lo general, el roble se impone a la sorpresa de la fruta, con el resultado de una cierta tristeza y frustración. Se entiende así que el vino de uva chardonnay es un vino ramplón y poco espiritual, inelegante, criado a la luz fluorescente de un hipermercado. A cambio están las glorias de la Côte d'Or, el montículo de Montrachet entre Puligny y Chassagne, en terreno de minifundio donde nadie olvida guardar su viña desde que los benditos monjes benedictinos empezaron a vinificar con propiedad: todavía hoy, la regla benedictina permite una o dos copas de vino a los monjes que no puedan pasar sin él. Estos vinos borgoñones son vinos caros, de cumpleaños o de Navidad y resonancia y armonías prácticamente eternas. Algo más baratos y difundidos son los vinos californianos, del Russian River o del condado de Sonoma o del valle del Napa, del todo inolvidables si uno no desarrolló la alergia a la expresión indómita y potente de la uva chardonnay bien maderizada e incluso penalizada en algo por la madera. En España se empezó por el Penedés y llegó al Somontano e incluso a la Mancha, a Navarra y Cariñena. En fin; ya hay gente que plantó chardonnay en las maceteras de su casa. A mi amigo le llevé un chardonnay toledano de Noblejas, de Blas Muñoz, perfectamente honesto y con un vigor muy de agradecer, de trámite fácil y untuosidad justa: algo sencillo y amable, como la propia actividad de beber entre amigos. No era un momento para el escepticismo anti-chardonnay, a pesar de lo cual la sed apremiaba, el calor era intenso y se nos ocurrió ese magno pecado de echarle hielos al vino y beberlo con la falta de ceremonia con que uno bebe un zumo de naranja en las mañanas de invierno. Más aún, le añadimos un poco de agua de Vichy y hay que admitir que la mezcla era asombrosa en su modestia y su bondad, con el regusto mineral acidulado del agua catalana y la aceleración del frescor del hielo y un color semejante al whisky blended precisamente cuando ya está aguado. Conversos al chardonnay, ya se hacía de noche y nos dedicamos a la exégesis de las canciones de los Panchos, bebiendo ese champagne del pobre que es el chardonnay con hielo, sin complejos, radiantes y felices. De nada hay que asustarse porque uno ha asistido a discusiones de muchas caudalías acerca del mejor vino para la gaseosa, hasta coincidir todos en no sé qué vino del Rosellón que viene presentado en un embalaje de brick ultra-moderno; por otra parte, mezclar el vino o rebajarlo con agua o con clavo o con naranja, con miel o con resina es algo que ya hacía Platón en sus frugales banquetes filosóficos y tiene casi la misma edad del mundo. En definitiva, serán otras razones las que nos han de llevar al manicomio discreto y admirable que fundó el doctor León por la parte del Retiro.