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Tribuna libre

La semana de un joven educado: de Trini a los ibéricos y del cocido al bulevar

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El cronista narra las peripecias de su día a día, los hitos gastronómicos, la lid política, el gambón rojo, las flores, los chocolates y por supuesto... Madrid

CAFÉ DE LOS BULEVARES. Café Comercial en la glorieta de Bilbao, café periodístico-conspiratorio, donde las turistas jóvenes leen solas a la media tarde y cualquier mañana aparece el reportero Altozano porque dan buen croissant. Por la calle pasan las progres con crotal en la nariz, y ahí al lado se abre Malasaña, paraíso de comercio que todo lo permite salvo entrar con zapatos. En tiempos mejores se llamó Maravillas. Madrid feliz en el viejo café que se ha vuelto progre y por ser progre ya no dejan fumar ni en el retrete. Allí hasta la chaquetilla blanca del camarero suena a broma pero el café –incluso torrefacto- es muy sabroso. Una vieja marquesa vive en el quinto y dos publicistas mileuristas viven en el cuarto piso de una casa donde la escayola pretende el espesor del mármol. Se abren y se cierran restaurantes panasiáticos pero la cúpula del PP mantiene predilección por un par de asadores indudables. Madrid de bulevar sin bulevares, con árboles de oro que resisten el agua mezclada de la progresía y la pijez, a dos pasos de las noches memorables de Pachá. Café Comercial de todos los rumores, con una momia en una esquina parecida a la máscara mortuoria de don José Martínez Ruiz, Azorín para la fama. Los porteros vestidos de tergal escupen en el suelo, para poner un poco de cordura. Al salir podemos ir a Cacao Sampaka aunque lo que sale es decir –no sé por qué- Cacao Marlaska.   *          *            *   VISITA AL SASTRE. La clientela se divide entre septuagenarios y octogenarios y de cuando en cuando algo le cae para una guardarropía teatral. Al margen de esto, hace togas y puñetas para profesores de universidades de provincias. Por algún motivo, conoció el esplendor cuando había mili. Es el sastre del barrio, visitado por los pocos gordos con espíritu ahorrativo, con la modestia suficiente para no dar su nombre a su sastrería. Ahí también acuden los que sienten los horrores democráticos de la confección o un cuerpo libre que se sale de la norma. En el repertorio tiene telas actualizadas hasta la última moda del año sesenta: al principio ofrece saco y ceniza, después estameña ninivita; finalmente saca de los baúles del tiempo un paño inglés. Con toda elegancia confirma intuiciones, toma medidas, pasa por alto el comentario sobre el abombamiento nalgar aunque a cambio recomienda una doble abertura. En esto es muy Jermyn Street. Ojo de perdiz, franelas finas, sobria alpaca; es mejor no preguntar si tiene un buen shantoung. Ni siquiera pide dinero previo ya que el gentleman pagaba cuando se acordaba justamente porque no importaba el precio. La broma es que hoy vamos porque importa el precio.   *          *            *   TRINI. Su estrategia consiste en hacerse pasar a veces por lista y a veces por tonta pero su horror nocturno sería no pasar por guapa alguna vez. Trini o Trinidad Jiménez es ejemplo de piojo de partido que un día habla de los problemas del ruido en Hortaleza y otro día habla de la geopolítica del gas allá en los Andes. Tiene no poco de holograma, de político entendido como la estrella a la que le llevan los papeles y que sin un colegio de asesores se puede derretir. Tuvo un afán por la política internacional pero no por eso sacó la oposición a la carrera diplomática. Ahora tiene una Secretaría de Estado para mandar sobre los diplomáticos que sacaron oposición y no un máster sucedáneo. Es la meritocracia de partido, que es como la meritocracia de verdad sólo que al revés.    *          *            *   VERANO Y TERRAZAS. Adiós, verano; adiós, suavísimas novelas de Modiano: las terrazas de los hoteles prometían y prometían cuando era junio y todo se ha resuelto en sinsabor y decepción. En Bokado se admiraba la enjundia posmoderna mientras otros admiramos la arquitectura tardía -tan siniestra- del franquismo. En el Urban, más allá de las máscaras polinésicas, sirven mojitos de champaña como si fueran de ácido nítrico. El Puerta de América está lejos de todo y por eso van quienes van. Al final quedó el Ritz con su búho triste que no asusta a las palomas.   *          *            *   EL PERIODISMO RESACOSO. Tres flautas de champán, un gin-tonic muy prudente, media botella de riesling inocuo y un par de oportos para biberón: no hemos bebido nada y a la mañana siguiente tenemos ahí el apocalipsis en forma de cefalalgia, abotargamiento, corazón contrito y malestar. El desayuno es un proceso pensativo hasta dar con le mot juste de resaca. Nos ponemos entonces a escribir como albañiles, por integrar la corriente del periodismo resacoso ahora que lo que predomina es el periodismo mojigato y se socializa en mountain-bike. Periodistas y políticos bebían y bebían pero la época pide ya agua de diseño, pasarse a la soja, practicar el plan “concilia” y cambiar de vida tras buscarse un gimnasio. Todo tiene algo de injusticia cósmica porque, muy en contra de nuestros ideales, el día se pasa en el trabajo y no en un bar. *          *            *   EL COCIDO. Llega el primer día gris-otoño y no falla el cocinero que mira a la ventana y como un automatismo pone a remojo los garbanzos. El cocido es el preludio para la siesta de un fauno pero quién iba a decir que estuviera ahora tan de moda como llevar traje y chancletas. Casa Carola, La Daniela, Lhardy y Malacatín: este trimestre será tan difícil reservar una mesa como encontrar un taxi libre. El cocido aroma las cocinas como en tiempos de Cervantes o Galdós, para que los niños de España piensen que esa es la sustancia de las nubes. Como plato, es una categoría universal y a la vez una plasmación de ecumenismo. Le va bien un tinto de Toro o de Madrid y una sobremesa de pacharanes o de maltas antes de la siesta heroica o la correcta carburación en el trabajo. Arte de los vuelcos y comida de la tribu que ahora sirven sobre porcelana fina o deconstruyen y reinventan para hacer de la sopa los garbanzos y de los garbanzos la sopa, como el último invierno allá en Toledo. Dichosa medicina la que curaba cuerpo y alma con un caldo. *          *            * EL PSOE Y LOS IBÉRICOS. No se le conocen sonrisas ni escrúpulos y da cuenta del jamón igual que de la oposición todos los miércoles. De pilarista pasó a comunista pero los años le volvieron a la placidez del socialismo a la española, a la oceanografía del PSOE que perfecciona la síntesis de gambón rojo y mitin de extrarradio. El tacto del poder aleja en la memoria los años de ducados y heroísmo, canción-protesta y ronco cinefórum ideológico. Entonces el marxismo se iba a comer el mundo como él, a las diez de la noche, se come a dos manos el surtido de ibéricos de la alta política. La chaqueta azul es de un paño admirable, género textil que sólo puede pagar la hacienda pública. Representa al poder cansado pero todavía insolente, con presunción de omnipotencia en cada cosa. A la mesa se le unen otro socialista, un nacionalista vasco y por último un convergente segundón. Y a los cinco minutos de festín no queda nada del jamón ni de la Constitución reaccionaria de 1978.   *          *            *   DELICIAS DEL XIX. Si todo se revisa, habría también que revisar la historia de nuestro maltratado XIX. Como inteligencia libérrima del siglo queda don Juan Valera, que supo poner en todo su ligereza y su gracia, a la vez católico y salaz. Fue más elegante aunque menos profundo que Galdós. Sus Cartas de Rusia son admirables por más que estén ahí el trepa y el pícaro con aspiración de seductor, rizándose el bigote. Emilio Castelar tuvo, por su parte, las buenas intenciones y las ideas insensatas que han tenido los republicanos de por aquí. Fue famoso en su día por el verbo ornado y florido, con periodos que exigían larga respiración y con una contundencia que hacía gemir a las piedras pero no tanto a los diputados. Es el Núñez de Arce de la prosa y sin embargo aún se le puede leer en sus Recuerdos de Italia mejor que en su novela Ernesto o en sus discursos parlamentarios, clásicos de Moyano y de la literatura que no lee absolutamente nadie. Lo suyo está entre lo torrencial y lo ridículo pero como huracán de exaltación es contagioso. "No le preguntéis a la nube de dónde se ha evaporado, ni al rayo dónde se ha encendido, ni a las moléculas que recorren vuestro organismo dónde se han formado; el Universo es el laboratorio de la vida, y la conciencia universal es el laboratorio de la idea." Estas son delicias del XIX, cuando el progreso venía, a veinte kilómetros por hora, en locomotoras de carbón.   *          *            *   FLORES, CHOCOLATES Y PARÍS. “¡Qué bonitas flores”, le dije, aunque hay cosas que sólo suenan naturales en francés. Las referidas, por ejemplo, a artes de ornamentación, jardinería y mobiliario. Pese a todo, los códigos indican que eso es lo que hay que comentar a las mujeres con flores. Ella es lo que se llamaba una gran señora, de óptima genealogía militar entre Sevilla y Ceuta y con educación de señorita de otro tiempo –del tiempo aquel en que les eran necesarias muchas virtudes pero no la virtud de madrugar. Al hablar ya se me nota la confusión entre camelias y gardenias pero decide presentarme a su florista, que vive entre las rosas con alma de trapero. Nos miramos con la amistad de dos rottweilers pero se las apaña para venderme un par de laureles piramidales porque –gracias a Dios- no había secuoyas. La luz ya es de romance otoñal cuando ella habla de París y confiesa comprar, algunas tardes, un cucurucho de bombones. Alma prosaica, no se me ocurre más que pensar que el chocolate es otro tema del francés. *          *            *    LA JUVENTUD QUE VIENE. Llegamos como viejos carcamales, espectros de club social, vestigios sin gloria de la edad de los vespinos, más cercanos al walkman que a los ipod. Es como si llegáramos de algún momento estival del año 88, con clases de tenis y zapatos castellanos, vaqueros blancos y polos arqueológicos Lacoste. Entonces la edad implicaba jerarquía y teníamos la potestad de darles capones o ese mayor refinamiento de no dárselos. La superioridad era virtud natural toda vez que unos aprendíamos las artes del gin-tonic y otros aún buscaban la diversión en los columpios. Era el Madrid de los catedráticos, con mujeres en Mercedes hacia la compra en el supermercado: Pozuelo, Boadilla, Aravaca, vida y lujo del noroeste, con gasto tan asiduo en jardinería y la moda años atrás de las recepciones rocieras. Hoy ellos llevan colgantes, tatuajes rúnicos, modas no sé si surferas o raperas y oyen canciones de hoy sin saber que son mejores las de ayer. Ya incluso hacen los cálculos en euros. Los tiempos cambian, otros nos empujan al desguace y no hay más que ver cómo ellas les hacen cada vez más caso. Es en ese momento que alguien dice que quizá hay que cambiar la ginebra por las aguas minerales y se instala la melancolía del tiempo que ha pasado por nosotros con la misma crueldad con que años atrás llegamos a despreciarlo.