Martes 06/12/2016. Actualizado 01:07h

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Tribuna libre

La semana de un joven educado: de los políticos a las trufas y de la socialdemocracia a la pastelería

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Políticos veinteañeros, socialdemócratas, madrugadas de domingo, juventudes que vuelven y piélagos de amor con unas lascas de trufa blanca por encima.

RETRATO DEL POLÍTICO VEINTEAÑERO. Tiene veinticinco años, una cotización ascendente, la mejor posición en el trampolín y un trato de tanta naturalidad con el poder como con las groupies de su gabinete de prensa. Entre sus dones está no perder ni un dato, ni un nombre, ni un minuto: en realidad, es una galerna de determinación que llega al bar y es el rey del bar, con un cañón de luz tras la cabeza; alguien que podría quitarte la novia con la compensación de darte la mano. Dan más ganas, en realidad, de pedirle una concejalía. Es listo aunque no intelectual, con un superávit de energía que le lleva a fatigar por la mañana Pinto y por la tarde Valdemoro cuando a su misma edad otros seguimos con las copas. Político yogurín, rápido y pragmático, con actividad que le quita tiempo para la vanidad. Hasta Churchill fue joven y a él le espera un gran futuro aunque esto se haya dicho ya de tantos.

JUVENTUD QUE AHORA RETORNA. La institución del taxi nocturno, el fervor de las calles mojadas, la canción en la radio que pulsa un sentimiento incierto, las luces tristes de tu barrio cuando es hora de volver. Volver con la frente marchita, como la primera cana que nos hemos visto en el espejo retrovisor, al regreso tal vez de bailar salsa. Hay cosas que son irremediables, como el tiempo que pasa o los derechistas de Milford que aún dicen ‘Vascongadas’ y ese tipo de mujeres ya maduras que no saben si aman más su gin-tonic o su cóquer. La crema de la frivolidad, de alguna manera, abona la teoría del desengaño preventivo. Para esto es muy malo haber leído a Leopardi. Vuelve sin embargo la juventud, vuelve el alcohol, la diversión; vuelven los desengaños de quien camina por los bulevares de la noche como si no llevara a Dios por dentro.

SU DIOS. Su Dios se alegraba de verlo cada noche, le abría la puerta de la casa, lo sentaba a cenar, cocinaba para él, atendía la mesa, hacía bromas, servía el vino. Le miraba y le daba conversación, le daba alegría hasta que el color le iba volviendo. Era un Dios que hasta podía bailar. Lo dejaba acostado ya sin fiebre, le hacía la señal de la cruz, besaba su frente y apagaba la luz sin hacer ruido, y entonces se marchaba sin marcharse.

UN SOCIALDEMÓCRATA. Suele vestir de traje marrón y tal vez por esto no parece tener tanto dinero como tiene. Al fin y al cabo, no todo el mundo pregunta a las diez de la noche cómo ha cerrado Wall Street. Se trata de una inteligencia gatuna que orquestó en su día golpes de poder desde las segundas filas de la política, no más aseadas que las primeras. Le resta el móvil lleno de contactos y almuerzos de lunes a viernes, quizá no tan interesantes como antaño. Ya sabe que ha caído y que le será imposible volver pero pasa la información como quien pasa sobres de dinero negro. En su partido tiene la campanilla del leproso que aleja de su persona a quien le mira. Echa pestes de Zapatero, echa de menos a Felipe González, la socialdemocracia nórdica, los años del poder. Al menos mira las pantallas y ahí sube Telefónica.

DOMINGO, 7-9 AM. Un gris demasiado gris sustituye en el cielo al azul municipal conforme pasa el otoño, a veces con el decorado un poco lloroso de la lluvia y esa hermosa desolación de las hojas secas, que quizá -quizá - nos quieren decir algo. El Retiro, que puede parecerse a tantas cosas, se parece a estas horas a un parque alemán. La verdad es que el mundo nunca se paró por la belleza y las iglesias se visten de novia y las pastelerías trabajan con el horno a pleno calor porque es el día grande del domingo. Desde el coche o desde el taxi, todo vuelve por un momento a la paz del aldea, a su silencio, como si la ciudad entera acudiera a estrenarse. Alguien corre a la primera Misa en San Manuel y San Benito. Con tanto lirismo no sería improbable atropellar a los espectros alcohólicos que salen de los after-hours tras un último olisqueo sexual de desesperación. Es la hora de madrugada del ‘everything must go’, como en las naves de la fruta y las lonjas de pescado. Un anciano nos dice ‘guarda e passa’, y hemos sido quien sale de la disco y quien va a la primera Misa, sin saber que algún día el negocio de la pastelería iba a hacernos madrugar.

LA TRUFA BLANCA. La duda de la temporada gastronómica consiste en saber si Frutas Vázquez volverá a regalar a la Casa del Rey la trufa blanca más gorda y más rotunda del otoño. En la Zarzuela, el olor podría ser insoportable, como en las cámaras de los hoteles de antaño hubo ahogos al almacenar las trufas negras. Por comparación, la trufa del Piamonte está sobrevalorada aunque tiene la belleza de durar más breve que las rosas y ser tan sólo una emanación, una vaharada, una presencia espiritual sobre un plato sencillo de huevos, pasta o arroz. La presencia puede ser espiritual pero el aroma es sensual, escandaloso, tan exento de pudor que alguien con sensibilidad podría sonrojarse a la hora de la cena. Ahora se toma también con chocolate, siempre con la ceremonia del cofre de la trufa globulosa y su rallado, cobrada por gramos igual que cocaína. Luces indirectas, unas palmadas: el maître deja caer transparencias de trufa, Ganímedes sirve el vino y, al levantar la vista, está a la mesa la chica más guapa de Madrid. Quiero morir en piélago de amor.