Domingo 11/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

El escultor Jean-Pierre Raynaud consiente en que se destruya una de sus obras antes de permitir que se desplace

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Si Astérix levantara la cabeza, en lugar de exclamar "están locos estos romanos", acabaría pensando que “están locos estos franceses”. Una nueva polémica ha empañado el mundo del arte contemporáneo estos días.

El protagonista es Jean-Pierre Raynaud, conocido por su Macetero Dorado, situado en la plaza de acceso al Centro Pompidou, o por las vidrieras de la abadía de Noirlac. Este martes, un ujier tuvo que desplazarse hasta un edificio de oficinas del distrito XVII de París para dar fe de la destrucción de una de sus obras. Una decisión tomada por el propietario de la obra y del edificio, con el acuerdo del artista.

A golpe de martillo y taladradora, los obreros destrozaron una obra de arte valorada en 100.000 euros y creada en 1986 por Raynaud a base de azulejos blancos y un fresco, una especie de relicario situado en la entrada del edificio que acoge un concesionario de automóviles.

Eric Neubauer, propietario de la obra de arte y del edificio, necesitaba realizar obras en el hall de entrada, pero desde el primer momento se topó con la negativa del artista para permitir un desplazamiento de su creación mientras duraban las obras. Después de meses de discusión, y como era imposible mover la obra sin el consentimiento de Raynaud, Neubauer se ha visto obligado a destruirla, porque eso sí se lo permite la ley. “Somos víctimas del artista”, asegura Neubauer, “nos hemos visto obligados a destruir la obra porque de todas maneras no tenemos derecho a desplazarla”.

Jean-Pierre Raynaud ha declarado que la destrucción de una obra de arte es un acto tan grave como “tirar sobre alguien con un revólver”, aunque esto no le ha impedido disparar el primero.

¡Ils sont fous ces Français !

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