Miércoles 18/10/2017. Actualizado 12:33h

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Tribuna libre

La esperanza del llamapatos

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Profundamente deprimido. Así afronto esta semana mi columna. No veo futuro, ni solución.

Profundamente deprimido. Así afronto esta semana mi columna. No veo futuro, ni solución. Uno se dedica a este oficio para cazar osos, disecarlos, y exponerlos, o para desplumar gallinas, o para derribar patos desde lejos, después de pasar el alba entre los juncos de una ciénaga, silente, rifle en mano. No para convertirse al vegetarianismo. No para darse al azúcar. No para entregarse al halago desmedido al que ostenta el poder. No me sale. No sé.

Sospecho que el gobierno de Rajoy tiene un plan para acabar con todos los columnistas. Quieren deshacerse de los tertulianos incómodos y desactivar a sus más críticos y feroces comentaristas. El plan es dramático, estremecedor: se trata de intentar hacer las cosas razonablemente bien. Después de ocho años de socialismo y despropósito –valga la redundancia-, hacer las cosas bien de la noche a la mañana es algo que pone en riesgo nuestro trabajo. Por eso, me asalta la gran pregunta: ¿alguien en La Moncloa ha pensado en nosotros antes de empezar a cambiar el rumbo de España?

No quepo en mí, de ganas de meterle la zancadilla al ministro de Defensa, a Soraya, al propio Rajoy, y a todo el que se ponga a tiro. Pero no se dejan, de momento. Tras los resbalones iniciales que provocaron gran gozo en el sector de articulistas de todo el país, el Gobierno parece decidido a emprender la senda del sentido común, ministerio a ministerio. Y eso no es serio ni admisible.

Mariano Rajoy ha perdido todo escrúpulo y se muestra ya como lo que es: un enfriador de tapas. El pollo está muerto. El pollo está vivo. ¿A quién le importa el pollo? El pollo está frío, está ahí, y se conserva bien. En eso consiste, en definitiva, un enfriador de tapas. Un tipo que logra conservar el problema, aislarlo, y aburrirlo, si es necesario. Y que consigue, sobre todo, que usted se olvide de que había un pollo ahí dentro, esperándole. Rajoy es, al fin, un templador de gaitas profesional, un bombero, que ha dado el relevo a un improvisador nato, a un pirómano. En el contraste tiene todo a su favor. Y ese es el origen de mi desdicha.

Esto es la ruina. España empieza a parecerse a una nación. Los militares vuelven a sentirse respaldados. La cúpula policial está en proceso de desratización. A los asesinos se les llama asesinos. Y en Europa ya se han enterado de que ahora tenemos un presidente del Gobierno increíblemente inteligente; tanto, que incluso es capaz de encontrar su asiento en las reuniones de Bruselas, sin necesidad de deambular por la sala como un zombie tratando de recordar cuáles son las siglas de España en inglés.

Está bien que el gobierno fiche a asesores socialistas, porque nos permite decir lo que realmente pensamos sobre los complejos de la derecha española. Está bien que suba los impuestos, porque nos facilita que podamos comparar a Rajoy con Zapatero. Y está bien que el ministro de Cultura les diga a los del cine que es de los suyos, porque nos hace sentirnos lo suficientemente huérfanos de ministro de Cultura como para expresar nuestra indignación en un artículo incendiario. Pero no es suficiente. Necesitamos más. Necesitamos bobadas, traiciones, gansadas de mayor calado. Así no hay forma de pedir dimisiones.

Tal vez estén preparando la bomba, la tontería suprema. No lo descarto. Alguien me ha soplado que Rajoy sueña con convertirse en el gran salvador de Prisa, dándole la espalda a los demás medios, especialmente a aquellos que le han ayudado a llegar al poder. En realidad, esta traición ni siquiera sería original, porque responde a una vieja tradición de la derecha española. Si se consumara, durante algunas semanas los columnistas podremos darnos un festín de merecidas descalificaciones. Pero poco más.

Mientras tanto, lo que ocurre es tan increíble e inaceptable que hasta Gallardón -¡Gallardón!- ha salido en el telediario diciendo cosas sensatas, como si hubiera sido despojado de su propio ego, y revestido de una inteligencia política que hasta ahora estaba limitada a confraternar con los colectivos de homosexuales, a poner parquímetros hasta en los palomares, y a exaltar la amistad que le une a Wyoming. Si hasta Gallardón ha recibido esta mañana el elogio de Jiménez Losantos. Definitivamente, este país ya no es lo que era. Así no hay forma de hacer una columna de opinión. Quieren arruinarme. Lo sé. Pero resistiré. Aún no ha nacido el gobernante capaz de privarme del placer de meterle el dedo en el ojo. Sé que tarde o temprano, alguno de ellos meterá la pata, y ahí estaré tras los matorrales, agazapado, aullando como un loco con el llamapatos, esperando a sentir en mi rifle la sombra de su incompetencia, para dejarlo seco de un articulazo en todo el pico, y ver volar sus plumas recortadas en el cielo azul templado del amanecer.

Itxu Díaz es periodista y escritor. Sígalo en Twitter en @itxudiaz

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