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La estación de la luz

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Horas más a tarde, al caer el sol, de nuevo al arenal. Pocas imágenes ensanchan más el corazón que ver al sol claudicar ante la noche a pie de playa.

El tiempo es un reloj caprichoso. Como el dolor. Como la soledad. Una fotografía nos lleva entre nubes a los días en que las cosas importantes eran las ruedas de un monopatín, el estante lleno de pajaritas de papel, o el teléfono de una chica pecosa con voz de pito. Un salto en la historia hacia atrás, de tan solo unos minutos, para nada, para volver aquí, que no sé si es donde mejor se está, pero se está bien, gracias a Dios. Todo para confirmar lo que sabíamos antes de agarrarnos a esta postal de ayer: que los recuerdos esconden siempre la miel y la espada.

A veces culpamos al tiempo injustamente. El reloj no robó nuestra infancia. Sólo fue testigo del desagüe de nuestra ingenuidad, de nuestro empeño por romper la cáscara de la inmadurez, para saltar a este mundo hostil, que se vende bastante mejor de lo que resulta al fin. El tiempo lo vio y lo inmortalizó en su muerte, pero nada puede hacer la convención del goteo de arena, en un mundo lleno de carne y hueso, de alma y corazón. Somos nosotros el objeto de tanta metamorfosis, el espejo de nuestras nostalgias. Lo llevo así, enredado en la cabeza, entre los brillos de piedras y cristales en la alborada, en la superficie del arenal.

Camino por la misma playa que hace unas décadas, al borde de la orilla, bajo el cielo rosa, a punto de romper el día. Nada ha cambiado en la arena mojada, entre las piedras y las conchas rotas. Se han ido muchos, han vuelto otros, y casi todas las cosas de la vida han demostrado estar sometidas a una trayectoria circular. Pero al fin, crujen las pisadas solitarias igual que siempre, flotando en el silencio, a veces invadido por la explosión de una ola de espuma en la orilla. Nada ha cambiado al norte, hacia el océano.

El sol tibio de las primeras luces del día se alza entre los edificios y las brumas. Y la brisa marina, que hace unos minutos era gélida, empieza ahora a templarse mientras despierta suavemente la ciudad. La primavera tiene estas cosas. Que de pronto la vida se llena de verde, de flores, los parques vuelven a tener sentido, y la playa deja atrás las tempestades del invierno, invitándote a una copa de salitre. Y cualquier juego de luces nos transporta a otras primaveras, en las que las prioridades de la vida eran tan inestables e imprevisibles como dos hielos flotando en un vaso bajo de ron añejo. Lo pienso mientras cruzo la vieja ensenada, testigo de mil historias. El rompeolas, casco del buen amor, refugio de muchas sonrisas, balcón de algunas despedidas. Buenos y malos recuerdos sellados a golpe de navaja sobre hierro oxidado. Al fondo redoblan los tambores de las últimas procesiones de Semana Santa, y nada ha cambiado en la postal con respecto a treinta años atrás. O quizá sí. Quizá todo ha cambiado tanto que no puedo retener en el recuerdo su forma original. Eso es, dicen, el olvido.

En pocos minutos, el cielo hace brillar su azul con fuerza, y al sol, que ya asoma completo, le faltan los ojos y la sonrisa como en un mapa del tiempo. Atravieso la ciudad aún adormecida, empapándome del olor a primavera de los jardines. Al desperezarse la mañana, las calles se llenan de familias, de niños, y de princesas de envidiable belleza y juventud, que parecen recién liberadas del castillo medieval donde han debido pasar el frío invierno. Los solteros se enamoran hasta de las señales de tráfico en esta época, y así surgen parejas imposibles, amores inalcanzables. Da igual si por mucho o por poco tiempo, porque el amor no se mide, ni se calcula. Es primavera y no hay tiempo del año más propenso al romance. No por el calor. No por la luz. No por la cercanía del verano. Sino por el brillo de toda belleza. Esta es, sobre todo, la estación de la belleza. La estación, quizá, del reflejo del rostro de Dios en la cosas sencillas de la tierra.

Horas más a tarde, al caer el sol, de nuevo al arenal. Pocas imágenes ensanchan más el corazón que ver al sol claudicar ante la noche a pie de playa. Así he dejado morir esta aislada jornada de vacaciones. Enterrando hasta la mitad las latas de cerveza en la arena, para que la brisa del anochecer no me estropee el condimento a esta cena marina. Mientras, el mar pierde su azul y su luz, y se vuelve oscuro y enigmático. Los barcos regresan a puerto. Las aves, a sus refugios, entre las rocas. Y la noche de abril se desploma al fin, calando de humedad la playa, entre una lluvia fina, dibujada en zigzag bajo la luz amarilla de las farolas.

Tumbado en la arena, el cielo se acerca lentamente a mis ojos, cada vez más frío y más húmedo. Y la noche me invita a volver a casa, vistiendo la primavera de la costa norte de lo que es, una estación engañosa, un espejismo, una trampa para el amor, para la vida. Algo que hay que saber degustar con prudencia, como se disfrutan entre miedos y temblores los primeros paseos de la mano en un amor adolescente. Con la eterna inocencia del beso en una mejilla. Con ese brillo del alma y la mirada que sabe administrar las melancolías, sometiéndolas al tamiz del presente, que es lo único que vive y que late con futuro. Más incluso que esta preciosa primavera.

Itxu Díaz es periodista y escritor. Desde el 21 de marzo está a la venta su libro «Yo maté a un gurú de Internet». Sígalo en Twitter en @itxudiaz

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