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No estamos todos, faltan mil

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El señor Zapatero no quiere una justicia ciega, la quiere bondadosa, complaciente y comprensiva, a la medida de un ser como Chapote

Estos días se celebra en la Audiencia Nacional el juicio por el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Aquel execrable crimen supuso un revulsivo para la sociedad española, que después de centenares de muertes, que se iban digiriendo como si fuesen un tributo que había que pagar para consolidar la democracia, al fin reaccionó. Fue un despertar colectivo de las conciencias aletargadas por los poderes políticos, que en el País Vasco pasó por encima de la contemporización hipócrita del PNV, y lanzó a millones de españoles a la calle a gritar su horror.   Resulta patético recordar a Ardanza, entonces presidente del Gobierno Vasco, subido en un banco delante de Ajuria Enea bramando contra el partido de los etarras. Al poco tiempo, anonadados ante la inesperada reacción popular, y espantados ante el retroceso del nacionalismo, organizaron el pacto de Estella, mostrando a España entera de qué lado estaban los “moderados” peneuvistas. Se fueron con los verdugos porque para ellos muy por encima del derecho a la vida o a la libertad está su afán independentista.   Miguel Ángel se convirtió en el símbolo de todas las víctimas, aglutinó y representó el dolor por todos los que cayeron antes y después. Por eso, en el juicio contra las alimañas que segaron su vida, se está juzgando a todos los asesinos de ETA y se está reivindicando la memoria de todos los muertos. Por eso decimos “NO ESTAMOS TODOS, FALTAN MIL”. Por eso exigimos al Gobierno que no negocie, que no olvide a los muertos, que no olvide que murieron por España, por los españoles, por la libertad. Que no consienta que fanáticos locos de odio puedan formar parte de las instituciones como si fueran ciudadanos como los demás, instalándose en el poder municipal o autonómico a ejercer el terror institucional.   Hasta ahora, los sucesivos gobiernos del PNV han conseguido implantar un régimen absoluto nacionalista apoyándose en que la existencia de ETA ha justificado el miedo de la sociedad y la coacción continua a la que se han visto sometidos los no nacionalistas. Si ETA sigue existiendo, la coacción y el miedo también lo harán. Si las instituciones españolas se debilitan en el País Vasco, el nacionalismo excluyente y fanático se hará aún más fuerte y quedarán aún más indefensos los no nacionalistas que solo cuentan con las opciones de reivindicar sus ideas de forma heroica, jugándose la vida y rodeados de vacío social, disimular, esconder lo que realmente son y piensan o marcharse.   La penetración de la ideología nacionalista en todos los ámbitos de la vida cotidiana (y la asfixia de la ideología liberal española) es absoluta. Las terminales del separatismo vasco utilizan todas las situaciones, todos los momentos para inocular su mensaje, para impregnar a la sociedad de su ideología, para uniformizar los pensamientos, para aislar al disidente, para envenenar la convivencia de los vascos. La división creada entre nacionalistas y no nacionalistas es un elemento perturbador que ha desvirtuado las relaciones de las personas, no hay naturalidad, existen asuntos tabú de los que no se puede hablar para tratar de mantener una apariencia externa de normalidad que solo es fachada.   Cuando un nacionalista se encuentra frente a una víctima de ETA se siente incómodo, la conciencia le empieza a remover, se da de bruces con la realidad de que no es proactivo contra el terrorismo, de que mira para otro lado, de que lo consiente o no lo combate y en algunos casos hasta lo justifica, se da cuenta de que su silencio es cómplice, de que las víctimas son de carne y hueso, de que son personas, e incluso son “majas”. Es una situación muy molesta, por eso los nacionalistas quieren arrinconar a las víctimas, prefieren no verlas y seguir creyendo que “la causa” merece la sangre vertida, pero a ser posible que sea anónima. No quieren “mirar a los ojos” a las víctimas de ETA.   El juicio a los asesinos de Miguel Ángel Blanco es la enésima demostración de la calaña de los criminales a los que Zapatero quiere elevar a la categoría de interlocutores políticos y futuros agentes activos integrados plenamente en la sociedad. El señor Zapatero pretende, a pesar de su laicismo, impartir perdón y amor, quiere despojar a la Justicia de su venda para recubrirla de un manto de bondad infinita, casi divina, como la que les gusta a los curas nacionalistas, y arrumbar esa definición anticuada por la que se rige el derecho de que la justicia es dar a cada uno lo que le corresponde o que es la aplicación de la ley en función del delito cometido. El señor Zapatero no quiere una justicia ciega, la quiere bondadosa, complaciente y comprensiva. Quiere una justicia a su medida y a la de ese ser tan equilibrado y civilizado que responde al apelativo de Chapote y que tan arrepentido, sensible y respetuoso se está mostrando en la Audiencia Nacional.