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Tribuna libre

La familia, la felicidad y la memoria - 'El contenido del corazón'

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Quizá en occidente se ha acabado el tiempo de las grandes familias, de las familias numerosas que eran a la vez una agencia de colocación, un servicio de inteligencia y un herbario de excentricidades donde el hermano mayor aprendía lengua rusa y la hermana pequeña tenía, inexplicablemente, una crisis de llanto a la hora de comer.

No es difícil pensar que tiempo atrás hemos conocido el paraíso. En determinados momentos, la familia podía ser una acepción de la felicidad y no sólo gente grata con la que hablar de cuando en cuando por teléfono. Quizá en occidente se ha acabado el tiempo de las grandes familias, de las familias numerosas que eran a la vez una agencia de colocación, un servicio de inteligencia y un herbario de excentricidades donde el hermano mayor aprendía lengua rusa y la hermana pequeña tenía, inexplicablemente, una crisis de llanto a la hora de comer. Hay una gran batería de argumentos de naturaleza o de cultura para afirmar que la familia lo es todo o casi todo: por supuesto, quien necesite esos argumentos posiblemente sea un melón. Sin vida familiar no habría novela, que hasta tiempos recientes fue la verdadera arquitectura interior de Europa.

Cualquier sociedad ha remitido sus ideas de felicidad a una edad de oro ya perdida o a la incertidumbre de nuevos paraísos. Son constantes del corazón del hombre, entre la expectativa y la pérdida, imposibles de desarraigar, que nos hablan de pasados y futuros igualmente entre nieblas. En realidad, como felicidad antigua tenemos la familia, la infancia, muy a mano. La definición de la felicidad contemporánea se encuentra en las postrimerías de un paraíso tecnológico, incubado en el siglo XIX, matriz por cierto de tanta aspiración totalitaria que iba contra la familia como ámbito de libertad y protección del individuo. En realidad, el desarraigo consiste en no entrever nada por delante y no sentir consistencias por detrás. Uno es cristiano, capitalista y del Madrid pero entre los defectos de una sociedad capitalista está una independencia asociada al narcisismo y tantas posibilidades reales y simultáneas de consumo que merman la capacidad de sacrificio del primer capitalismo y son capaces de generar todo tipo de ansiedad. No es casual que se venda tanto lexatín: nunca se ha deseado tanta felicidad aquí y ahora, una felicidad como el café instantáneo, abandonando quizá las nociones clásicas y parsimoniosas que dejan entrever que la felicidad más bien es una consideración afectuosa del presente, un poco de conformidad y transigencia, una mirada benévola a lo que fuimos y cierta disposición de hormiga responsable ante el futuro. El hedonismo se uniformiza; el ocio noble a la europea se resiente. Las relaciones sufren de volatilidad. Más allá de los sueldos, el narcisismo contemporáneo es poco compatible con la piedad del cuarto mandamiento, con el sentido de la transmisión y la deuda y el agradecimiento que eran dominantes en la vida familiar. Frente a esto, la realidad es que la gente todavía está en el empeño de crecer y multiplicarse, y que cualquier noción de buena vida pasa por llevarse a bien con la familia. Son cosas que no se explican en las universidades de la Costa Este. En general, el desinterés de la vida política y académica por la vida familiar es indicio de lo que importan ahí las realidades. También es cierto que basta con que Madonna tenga hijos para que se ponga de moda tener hijos, como cuando vuelve el ‘tweed’.

Como paradigma de continuidad, la vida familiar daba un contenido al corazón y el corazón es ante todo la memoria. Resulta inexplicable que no estemos haciendo en todo tiempo el elogio de las certezas del pasado, de la memoria sensual: las voces que llamaban a la cena, los veranos compartidos, la tarta del cumpleaños o la mesa radiante de la Navidad, la idea de que somos lo que hemos sido, el cruce de afectos dados y tomados. Era el léxico familiar, tan amable en el recuerdo, con distinta modulación casa por casa. Tras tanta sospecha de raíz psicoanalítica, la realidad es que la biosfera afectiva de la infancia alienta a lo largo de la vida para demostrar las verdades de la interdependencia: cómo, en realidad, la mirada de los otros nos confirma en nuestra dignidad sin interferir en nuestra libertad, del mismo modo que la niña que se creía fea se empieza a creer guapa si le insisten. La certidumbre de los afectos sigue siendo el asidero de necesidad al que volver por más que el zapaterismo opte, no siempre sutilmente, por modalidades de desvinculación que entroncan con otras tendencias de este hoy: la escuela educa más que la familia; el concepto de familia, a su vez, está en términos de indefinición y volubilidad cuando precisamente era la trama más resistente; se abandona todo afán de compromiso cuando lo más verosímil es pensar que hay un anhelo de seguridades que decanta nuestra vida. Siempre es causa de sorpresa comprobar cómo se admira más al que cruza a nado el Helesponto que al ‘family man’ o a la arquitecta que es madre y arquitecta. Hay otras mecánicas que nos determinan, cada vez más, a sernos algo así como ínsulas extrañas, desde la capacidad adquisitiva a la vida laboral, a las casas malas y caras o a la consideración de que como soltero –doy fe- la vida llega a cotas de un egoísmo muy dorado. En cualquier caso, con la familia siempre hay que rebajar el pesimismo justamente porque es una institución natural, capaz de zozobra pero no de hundimiento; tan agradable, por lo demás, para aquellos a los que nos gusta tomar notas. No está tan lejos el momento en que la izquierda sepa que ha ganado la derecha por demografía.

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