Jueves 08/12/2016. Actualizado 18:06h

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Tribuna libre

Soy fan, no coleccionista

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Primero el single, después el disco en edición “normal” —unas diez canciones- y en edición “de lujo” —que incluye las mismas canciones que la edición normal, junto a otras cinco versiones inéditas-, después el CD-DVD con los mejores videoclips del grupo, el CD en su edición “normal” y una selecciones de canciones e imágenes de los conciertos del grupo, todo a un precio especial. Más tarde sale a la venta un “grandes éxitos” en una doble edición: la “normal” que contiene solamente las principales canciones del artista y luego la “de lujo” con unos temas grabados en directo y alguna canción inédita. Después el disco en directo que repasa lo mejor de la discografía del artista. Este se edita en versión CD y edición DVD por separado o bien todo junto en un precio de oferta y de limitada edición. Después sale a la venta “Rarezas” que incluye todos los temas inéditos “extra” anteriores y otros tantos en versión maqueta que no llegaron a ser editados en su momento. Finalmente el artista recibe un disco homenaje donde otros grupos versionan sus canciones más representativas. La idea que tuvieron algunas discográficas de regalar un DVD con cada disco nuevo de un determinado grupo, se está desvirtuando poco a poco. Su principal misión era ofrecer “algo más” al oyente y luchar de esa manera contra la piratería. Gracias a estas nuevas medidas se empezó a hacer una edición más completa de los discos. Todos los compradores de discos celebraron el detalle. Pero se está perdiendo el sentido común. La crisis de la industria musical está empujando a las discográficas a exprimir de tal manera las canciones más conocidas de los grupos que poco a poco se asfixian sus posibilidades de éxito futuro y se intoxica a sus fans —en ocasiones se les tima vilmente-. Estos acabaran por odiar a sus propios ídolos. La industria no está teniendo en cuenta un hecho que tengo oportunidad de comprobar casi a diario. La mayoría de los fans creen que corresponde exclusivamente al grupo decidir cuando lanzará un nuevo disco o cuando sacará un nuevo recopilatorio con dos o tres temas nuevos que lo justifiquen. Por eso en los foros de muchas webs oficiales se pueden leer mensajes como este (omito el nombre del grupo por no acusar a una sola discográfica de algo que hacen casi todas): “Mis queridos [grupo], me habéis decepcionado. Quiero mi dinero. Debéis pensar que vuestros seguidores somos idiotas... El nuevo disco que se anunciaba en televisión sólo trae una canción nueva y los supuestos temas ‘raros’ los tengo todos, porque ya habían salido en formato single anteriormente o en vuestro disco en directo. Han sido 14 euros tirados a la basura porque el libreto ni siquiera trae las letras de las canciones. ¡Soy fan, no coleccionista! Deberíais respetar más a quienes os dan de comer.” El cabreo del fan en cuestión es tan palpable como justificado. Lo que este joven no sabe es que su ídolo no ha tenido nada que ver con ese lanzamiento. Ese disco —gracias a alguna parte del contrato- es responsabilidad exclusiva de su sello discográfico, que decidió cubrir parte del agujero económico que causa el top manta jugando con la fiel pasión que algunos jóvenes sienten por el grupo. El mercado discográfico es cada vez menos arriesgado. Ya sabemos que hace tiempo que se apuesta poco por los nuevos talentos, sin embargo, esta moda de exprimir la creatividad artística hasta dejarla anoréxica y casi irrecuperable puede convertirse en una plaga letal para nuestra música. Sabemos que determinados productos comerciales —las llamadas ‘canciones del verano, por ejemplo- están predestinados a nacer, triunfar, quemarse y desintegrarse. Y normalmente con esas canciones arden también sus autores. Lo nuevo es que grupos noveles, de gran calidad, son ahora utilizados de esta misma forma: nacen, fichan por una discográfica, lanzan un primer disco aceptable, lanzan un segundo disco de éxito y comienza la fiebre de la reiteración, la reedición y la ‘auto-combustión’. Algunas casas discográficas parecen siniestros enterradores de talentos musicales. Los utilizan —y a sus fans- y los abandonan una vez que han extraído su jugo inmediato. Después sufrirán —si tienen suerte- la condena de reciclarse en cualquier pequeña discográfica y el éxito y las expectativas creadas habrán sido enterradas ya en el olvido. Alguien tendrá que poner orden. Tal vez, al igual que la policía cíclicamente destruye toneladas de ejemplares de cds piratas del Top Manta, se podrían destrozar con apisonadora y en plaza pública —como se hace con los discos piratas- una buena montaña de recopilaciones inservibles y rarezas nada raras. Incluso podría convertirse en un acto solemne y acompañarse por algún concierto de calidad. La industria acabaría beneficiándose de esta destructiva celebración. Que en el fondo sería constructiva. La mayoría de los fans son seguidores de las canciones de sus artistas, de su música. No de los diseños de los discos, ni de las galerías de fotos, ni de los documentales biográficos, ni de las recopilaciones reiterativas. Porque como decía nuestro joven e indignado amigo anteriormente citado: son fans, no necesariamente coleccionistas.