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Tribuna libre

El gran libro de los hombres

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Cada vez que enciendo la televisión a media tarde pienso que nos hemos vuelto idiotas.

Veo a esos chicos, mal vestidos, mal plantados, y malhablados, con el cerebro comprimido hasta límites científicamente asombrosos escupiendo tonterías sobre la vida y el amor, y comprendo que el hombre, el caballero, ha perdido su lugar en el mundo. Lo hemos perdido. Hemos desaparecido del mapa. Su lugar lo ocupa una bestia, ruidosa pero blandita, que pone todos sus anhelos en satisfacer sus más básicas necesidades y que considera que presumir ordinariamente de ello es la mejor forma de demostrar su hombría. Un animal tan salvaje como ridículo que piensa que sinceridad, nobleza, lealtad, elegancia, gentileza, fortaleza o fidelidad son virtudes estupendas que ha de alcanzar la mujer para salvar a la humanidad, mientras el hombre se retuerce felizmente en la piara de todos sus vicios.

Tal vez para hacer frente a esta situación, Ignacio Peyró, de sobra conocido por los lectores de ECD, junto a Brett y Kate MeKay, firma ahora una obra que puede cambiar el mundo. “El gran libro de los hombres” (Ciudadela, 2010) se presenta como un compendio de “trucos y consejos clásicos para el hombre de hoy” y acaba de llegar a las librerías. He devorado sus más de 300 páginas con la ansiedad de quien quiere recuperar una identidad perdida hace sólo unas décadas, después de siglos de esplendor, y al término, no puedo dejar de recomendarlo vivamente a todos. Contiene lecciones imprescindibles para el caballero, para el amigo, para el amante, para el padre, para el líder y para el héroe. En definitiva, facilita al hombre todas esas enseñanzas que jamás debieron desaparecer de la escuela, de la familia, del cine, de los libros, y de la vida.

Vivimos tiempos zafios. En las últimas décadas, los formalismos se han reducido como si no tuvieran significado más allá de lo puramente decorativo. Por eso ahora los dependientes tutean, los trajes se eliminan, los adolescentes de 40 años hacen competiciones de eructos en el bar, los pantalones se caen como si estuvieran llenos de agua, y a las mujeres se les trata con tanta igualdad que ya ni se les abre la puerta para dejarles pasar primero. En consecuencia, a las mujeres educadas les coge por sorpresa y se golpean fuertemente con ella, o se quedan atrapadas entre el marco de la puerta y el ignorante que ha decidido adelantarse a sus pasos.

Muchos hombres de hoy son incapaces de ver en el afeitado un pequeño ritual cotidiano, no disfrutan en plenitud de la familia ni de una buena amistad, y no saben dar una propina en un bar. Han olvidado cómo se organiza una fiesta en casa, desconocen la técnica de dar un abrazo a otro, y no saben reaccionar con madurez cuando su mujer les dice que está embarazada. A los hombres de hoy les tiemblan las piernas ante cualquier clase de compromiso, no saben ejercer el liderazgo con respeto a los demás, y creen que la caballerosidad puede comprarse en las tiendas de ropa cara.

El macho de hoy necesita que alguien le explique que no hay cosa más miserable sobre la tierra que dejar a una novia a través de Facebook, que la amistad es algo más que vomitar juntos a las puertas de la discoteca de moda, y que lo único que un hombre no debe hacer jamás en una pelea es atizarle al adversario por la espalda. Que todo niño, por mucho que haya nacido en el siglo XXI, merece tener por padre un caballero del que recordar en el futuro algo más que esas tardes en calzoncillos, viendo fútbol, bebiendo cerveza, y compartiendo trucos para tener éxito con las chicas. Que toda mujer casada merece convivir con su marido y, al llegar a casa, poder distinguirlo con rapidez de cualquier otro animal doméstico que haya en el salón.

“El gran libro de los hombres” llega ahora a toda velocidad para solucionar esta dramática situación. Viene a salvarnos de este viaje sin retorno hacia la nada, a enseñarnos que la hombría no tiene nada que ver con los anuncios de cuchillas de afeitar, ni con los músculos abultados que se venden en los gimnasios, ni con el número de mujeres conquistadas bajo los efectos del whisky. Es más, viene a confirmar, en resumen, que cualquier idiota puede llegar muy lejos bajo los efectos del whisky y que eso no dice nada nuevo sobre su presunta masculinidad.

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