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Tribuna libre

Los habitantes del desierto – Verde Chartreuse – Vivir más de cien años

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En las macropantallas del Juicio Final, en el escrutinio temible del fin de los días aparecerá de pronto una cohorte de hombres con sandalias, en dirección a los mejores estrados del cielo. Son los monjes cartujos, los solitarios de Dios, los habitantes del desierto, que optaron por retirarse a la Tebaida en lo que –según los días- a cualquiera le puede parecer una determinación lógica y plausible.

Allí ingresan ya en dimensiones de eternidad, con el solo alimento de un puñado de judías, atentos al viento fuerte de Dios, al piadoso canto de los pájaros, al renuevo sin fin de las estaciones que se anuncia con matices de aire y luz claustral. Rezan y trabajan, cantan en su liturgia melismas gregorianos, y ayunan siempre aunque por Pascua se permiten una taza de café. Les debemos, tal vez, que el mundo todavía no haya dado un suspiro fatal, un quejido de consumación, y ese vapor de oraciones que recorre invisiblemente la biosfera. También, otros gestos que acrecen la consolación tan tibia de lo humano: cierta arquitectura monacal, una raza de caballos, unos gatos misteriosos con ojos de oro y maullido trascendente. Los monjes cartujos reposan, en sus cementerios, bajo una cruz limpia y sencilla, y agradecen un poco de musgo por los Santos. Muy notablemente, a los monjes cartujos les debemos la Chartreuse.   Quizá algún anciano muy anciano la recuerde todavía: la Chartreuse es bebida de otros tiempos anteriores en España al whisky y la ginebra, cuando circulaban con éxito anisados femeninos y brandies viriles en destilaciones que favorecían la locura. La Chartreuse llegaba del cenobio pensativo de Voiron hasta bares de decadencia algo ridícula, y antes abundan las referencias en la literatura del XIX, junto a otros alcoholes monumentales como el Alkermés o el vino de Bucelas o el de Georgia. En realidad –como la espiritualidad cartujana- la Chartreuse fue siempre una bebida muy minoritaria, muy propicia al recogimiento del espíritu: véase ahí la imagen del erudito lector que termina la tarea y medita en sus destellos verdes mientras fuera llueve y todo se oscurece, con un presentimiento de las postrimerías. Entonces reconforta una breve copita de Chartreuse.   La Chartreuse necesita idealmente unos cubitos de hielo para expresar el fresco olor de la genciana, dominante entre las 130 plantas alpinas que recogen, mezclan y maceran dos monjes cartujos. Ellos son celadores de un grimorio entregado hace siglos por un Mariscal d’Estrées. Desde entonces,  la Chartreuse ha tenido una historia larga y difícil, novelesca. En un principio era un ‘elixir de longue vie’, es decir, un cordial con propiedades curativas universales que convenía por igual a desarreglos del estómago, irritaciones de garganta y discontinuidades del espíritu. La Chartreuse llega hoy en distintas concentraciones: ante todo, Chartreuse verte (55º) y Chartreuse jaune (40º). Uno es muy partidario de la Chartreuse verde, aligerada con tónica tras una comida que por accidente resulte muy copiosa. Al margen de la Chartreuse verde o amarilla, los sapientísimos monjes dejan en barricas cada año una partida del licor que se convierte en la Chartreuse V.E.P. (Vieillissement Exceptionnellement Prolongé), de mayor untuosidad. No es una bebida muy popular, aunque es más difícil de ver el Elixir Végétal de la Grande-Chartreuse, que por razón de sus 71º debe tomarse con el gesto elegante de poner “quelques gouttes sur un morceau de sucre”. Este elixir vegetal resucita literalmente a los muertos y es el remedio último que se administra a los monjes centenarios ya moribundos para que pisen la tierra algunas décadas más. La Chartreuse Tarragone, por otra parte, se fabricó en España hasta 1929 y las pocas botellas que quedan son para coleccionistas y maniáticos o gente feliz y con dinero.   En las largas sobremesas uno pediría en los restaurantes la copa de Chartreuse, pero mantenemos con el colectivo de los camareros demasiadas luchas sin esperanza y el licor casi siempre hay que beberlo en la soledad de nuestra celda. La Chartreuse es bebida de sobriedad y renovación interna, y en absoluto predispone para el baile o para el mundanismo. Antes bien llama a amansar los sentidos y dormir con cierta paz, como esa Reina Madre, bebedora devota, dudosa siempre entre la ginebra y la Chartreuse, que vivió más de cien años y murió más que feliz. Seguiría con nosotros si alguien le lleva, a tiempo, un terrón de azúcar empapado de Chartreuse…

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