Domingo 11/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

¿Qué hacemos con Carod?

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El chiste de Mafalda que se me venía a la cabeza el otro día es de una gran profundidad. La madre de la “sabia” niña está tras el fregadero, lavando los platos, y, al ver a su hija mirando hacia la ventana de la cocina, le pregunta candorosamente: ¿qué haces, Mafalda? Y ella responde: “Contemplando a la humanidad”. Lo que Mafalda miraba era el empecinamiento reiterado de una mosca que, una vez y otra, se daba de bruces contra el cristal que la separaba del exterior.

 

La “humanidad” de Carod Rovira no ofrece lugar a dudas. La cuestión es si existe un límite. La pregunta resulta pertinente, en unas jornadas en las que uno percibe que la gota parece haber colmado muchos vasos. La consciencia insiste en la necesidad de mantener la cordura, de no atravesar esa sutil frontera que nos situaría peligrosamente al otro lado de la barrera.

 

Allí, en las tinieblas del rompe y rasga, uno optaría quizá por el escupitajo en la cara. Se acabó. Oiga, apártese de nuestra vista, deje de jugar con un país, escoja la parte de tarta que le apetezca –ni se le ocurra  llevarse mis dedos, por más que su voracidad le incite a ello- y márchese. No queremos saber nada con gentuza.

 

¿Qué sucede? Que en ese terreno, pisado estos días por algunos articulistas, queda uno desarbolado, sin argumentos que esgrimir cuando se le quiere decir al de enfrente que se encuentra totalmente equivocado. Caer en la provocación de la asonada, cuando en el país de los gritos reinan los sordos, resulta tremendamente infructuoso. Y un pelín patético también.

 

Pero los hechos son los que son. Carod Rovira se fue “de marcha” a Israel, le entró una morriña tremenda de los símbolos de su patria chica y se le antojó ser disidente en un acto por culpa del embarazo independentista que padece.

 

De Jerusalén trajo, además, una colección de fotografías la mar de ocurrentes… y ofensivas a más no poder. También para una parte importante de su país: ¿o es que por Cataluñalandia ha pasado el ángel exterminador, hacha en mano, y no ha dejado títere con cabeza? En ese caso, nada habrá llegado a las cloacas de Las Ramblas, a las improvisadas catacumbas donde quizá perviva algún desgraciado sin corona pero repleto de espinas.

 

Para arreglar las cosas, mientras tanto, Miguel Ángel Moratinos acepta la explicación de la Embajada de que una floristería fue la culpable de la retirada de la bandera española en el homenaje durante el viaje de Maragall y Carod a Israel. El titular de Exteriores eludió pronunciarse sobre la polémica de las fotografías, la corona de espinas y las carcajadas.

 

Son políticos, legítimos representantes de este país con responsabilidad de gobierno. Personalidades que deberían destacar por su cordura y servir de guía para el resto: por eso se les habría puesto al frente de un país, por eso habrían recibido el encargo de conducir a esta sociedad hacia la vida buena. Pero los hechos son los que son. Y la reincidencia es un dato a tener en cuenta.

 

Ante este panorama, la pregunta resulta inevitable: ¿Qué hacemos con Carod Rovira y con Maragall? ¿Existe límite a tanto exceso? Porque estos dos señores, a base de bufonadas, van a pasar a la historia por convertir en bellísimas personas a personajes de la farándula política nacional que habían quedado inmortalizados como los mayores impresentables desde la llegada de la democracia.

 

¿Qué hacemos con Carod? La pregunta está ahí. Se admiten sugerencias.

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