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Tribuna libre

El hombre de a pie, la gran política y la sharia

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La causa del afgano enjuiciado por abrazar el cristianismo refleja las numerosas contradicciones del mundo contemporáneo.

La causa del afgano Abdul Rahman, enjuiciado por haber abrazado el cristianismo, refleja las numerosas contradicciones del mundo contemporáneo y vuelve a confirmar lo dudoso de su moral y su actitud cruel para con el hombre de a pie.   Es fácil notar que el mundo se ha dividido en dos campos: el de aquellos que comentan ese salvaje caso y el de quienes prefieren guardar silencio bien sea por su apego al islamismo, bien por consideraciones coyunturales, o bien, simplemente, porque son cínicos e indiferentes y razonan de este modo: “¡Y qué! En Iraq la gente muere a diario a causa de explosiones, y en Afganistán, de hambre”.   Intentemos analizar por qué lo hacen quienes protestan y qué inhibe a quienes están guardando el silencio. Los primeros en alzar su voz en defensa de Rahman fueron los países que liberaron a Afganistán del régimen radical de los talibán y luego tomaron parte directa en la “democratización” de la sociedad afgana: redactaron la Constitución del país, organizaron “elecciones democráticas”, etc. El enjuiciamiento de Rahman, a quien la estricta aplicación de la Sharia condenaría a muerte, significa el rotundo fracaso de todos sus esfuerzos. Por algo en Roma dicen que si Rahman es ejecutado, habrá que retirar todas las unidades italianas de Afganistán, y Condoleezza Rice también manifestó abiertamente que no vale la pena derramar sangre de soldados estadounidenses defendiendo a un nuevo régimen fundamentalista.   Podríamos alegrarnos al escuchar expresiones tan decididas si no supiésemos que precisamente fueron los “padres fundadores” de la Constitución democrática afgana quienes se permitieron promulgar una Ley Fundamental que se contradice a sí misma: por una parte, recoge todos los valores democráticos fundamentales, incluida la libertad de culto; por otra, contiene una salvedad que dice que ninguna ley reflejada en la Constitución puede contradecir las leyes islámicas. De este modo la citada Ley Fundamental se parece a un vaso lleno a partes iguales de agua y aceite. Prueben a mezclarlo, y verán el resultado.   Ese absurdo fue recomendado por la ONU, y presentado como un ejemplo que otros países islámicos en vías de democratización deberían seguir. Pues bien, en cuanto se ha planteado el primer caso de un destino humano particular, la ley en cuestión ha mostrado sus límites. Dicen que, en la actualidad, el único modo de salvar a Abdul Rahman consiste en declararlo loco. Aunque en realidad lo que habría que poner en tela de juicio es la capacidad mental de quienes redactaron tal Constitución.   ¡Y por lo menos Occidente habla del problema! Sin embargo, el mundo islámico no dice esta boca es mía. Es comprensible el silencio de los fundamentalistas musulmanes: para ellos, la Sharia, por muy salvaje y medieval que le parezca al hombre occidental, no puede ser sometida a discusión. Pero, ¿por qué callan los representantes del islamismo moderado? No lo entiendo. Ya he escrito al respecto en una ocasión que se trata de un comportamiento suicida, pues muchas personas inevitablemente deducirán de él que no existe ninguna diferencia sustancial entre el islamismo radical y el moderado. Apoyar silenciosamente en el siglo XXI las bárbaras leyes del pasado lejano significa quedarse estancados en ese pasado. ¿Qué sería del mundo si hoy en día el cristianismo encendiera las hogueras de la Inquisición? No sé exactamente cómo sucedió en otros países, pero en Rusia el último ser humano ejecutado por razones relacionadas con la fe murió en la época de la emperatriz Anna Ioanovna: en 1738 fue quemado en vivo un oficial naval por haberse convertido al judaísmo, y en 1740, el cosaco Isaev, de Siberia, por haber renunciado a la fe ortodoxa y atreverse a abrazar el islamismo.   Como en otros países, también en Rusia del afgano en cuestión escribe sólo la prensa, mientras que diplomáticos y políticos permaneces callados. Ese silencio tiene sus causas, por supuesto. La primera es el “síndrome afgano”: la Unión Soviética echó a perder tan absurdamente sus relaciones con Afganistán, antes magníficas, que actualmente Moscú procede como gato escaldado que del agua fría huye, procurando restablecer buenas relaciones con Kabul y no inmiscuyéndose de ningún modo en los asuntos internos afganos. Segunda, no cabe olvidar que una parte considerable de los habitantes de Rusia son musulmanes, y que las autoridades, naturalmente, no quieren alterar el equilibro en su propia casa, máxime cuando en Chechenia todavía no se logrado el arreglo definitivo.   No cabe ninguna duda de que la mayoría de los ciudadanos de Rusia califican de barbarie lo que le sucede hoy en día a Abdul Rahman. Pero la gran política y los hombres y mujeres normales rara vez caminan al mismo paso, y desgraciadamente esta norma general aplica también en este caso concreto.   Al autor de estas líneas sólo le queda expresar de modo privado su solidaridad con este afgano de a pie.