Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

La inmoralidad del nacionalismo

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Desde su fundación, el PNV ha perseguido siempre el mismo objetivo, la independencia del País Vasco. Para lograrlo, ha seguido las más variadas estrategias, según le ha convenido en cada momento, con una capacidad innegable de sacar partido a todas las situaciones. Tras las elecciones del 17 de abril, los nacionalistas vascos se disponen –como han hecho siempre- a jugar a todas las bandas que haga falta y a aprovecharse del “tonto útil” de turno, que a estas alturas y después de todo lo que hemos visto, todavía no quiera enterarse de que los independentistas vascos son insaciables en sus aspiraciones.

 

Tras unas elecciones contaminadas por la presencia de un partido político de paja que esconde tras de sí a una banda de asesinos, cualquiera de los dos caminos que el PNV elija favorece sus objetivos. Si gobiernan con el PSE conseguirán un nuevo estatuto con más competencias y seguirán por tanto avanzando en su camino hacia la secesión –más despacio, pero avanzando. Si se van con sus hermanos abertzales, contarán con la mayoría absoluta del Parlamento por lo que se radicalizarán aún más si cabe y desafiarán al Estado de Derecho convocando un referéndum ilegal o cualquier otra iniciativa que se les ocurra, ya que saben, por que lo han comprobado,  que a ellos no les pasa nada por no cumplir la Ley.

 

De todos modos, la realidad hasta la celebración de estas últimas elecciones tampoco ha sido nada alentadora. Los sucesivos gobiernos nacionalistas de los últimos veinticinco años han desmantelado prácticamente la presencia y la influencia de la Administración del Estado. Los ejemplos de incumplimientos legales puntuales o sistemáticos, son numerosísimos, desde la desaparición de la bandera española de todas las instituciones autonómicas, hasta la no publicación en el BOE de las leyes aprobadas por el Parlamento Autonómico, o que la policía autónoma vasca no jure o prometa la Constitución, por no hablar de la desvergüenza moral de ignorar a las víctimas del terrorismo para apoyar a sus verdugos.

 

El balance de los veinticinco años de gobierno nacionalista no puede ser más deplorable. La falta de libertad en la Comunidad Autónoma Vasca es clamorosa. Todos sabemos que el PNV ha utilizado a ETA a su conveniencia y que la colaboración tácita entre ambos les ha proporcionado grandes réditos, por lo que es lógico augurar que en el futuro seguirán apoyándose en los terroristas para que les hagan el trabajo sucio a cambio de cuantiosas subvenciones institucionales y de otros oscuros intercambios;  y si se tercia cambiar de estrategia, se pondrán de acuerdo tras las bambalinas antes de empezar la función, quizá con otro socio de comparsa.

 

A pesar de todo, no debemos perder la esperanza, en Méjico el PRI duró setenta años y al final cayó. Esperemos que aquí no tengamos que esperar cuarenta y cinco años más para ver derrumbarse al régimen nacionalista, una ideología construida sobre el fanatismo, la exclusión, la falta de solidaridad, el racismo, el rencor, el odio y el radicalismo.

 

El Partido Socialista y el Partido Popular suman entre ambos veinte millones y medio de votos que  representan el 80,28 por ciento de los votantes españoles, una abrumadora mayoría a cuyo servicio han de trabajar. Ese ha de ser su referente. Los nacionalismos, claramente minoritarios en el conjunto de España, no pueden seguir marcando las pautas, creando división, separando y mirándose el ombligo. A ello hay que añadir que el nacionalismo vasco está manchado de sangre, de mucha sangre, de la sangre de más de un millar de personas asesinadas. ¿Qué principios éticos y morales hay que tener para ir en el mismo barco que los que utilizan o comprenden el crimen? ¿Qué derecho es más importante que el de la vida?

 

La única salida viable es terminar con la sangría de los nacionalismos. Marcar, de una vez por todas, los límites y no permitir que se siga especulando con la configuración territorial de España. Puestos a modificar, a lo mejor, si arrinconásemos de una vez los complejos, habría que cambiar la ley D´Hont, o la financiación –escandalosamente deficitaria- de las comunidades autónomas, o llevar a cabo la segunda descentralización ó recuperar para el Estado competencias clave como la Educación, tan manipulada por los nacionalistas para inocular sus mensajes envenenados contra todo lo que suene a español.

 

Por cierto, ¿qué pasa con el AVE Madrid-Irún? Debería ser un proyecto prioritario para que se den cuenta en Vitoria de lo cerca que están de Madrid. Hay que viajar más.

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