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Tribuna libre

El “jerseysazo” boliviano, los apuros de Montilla y las culpas del “maestro armero” por las muertes en carretera

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No es frecuente que el periodista se encuentre con una semana en la que las dos noticias más relevantes y que más informaciones han provocado no tengan nada que ver con la gurrumina política de partidos que tenemos que sufrir los españoles cada día, ni tengan a la política nacional –propiamente dicha- como elemento básico.

Como diría un castizo, el Presidente de Bolivia, Evo Morales, le ha dado con el famoso jersey de las rayas en todos los morros al Presidente del Gobierno de España. No se habían apagado los ecos de su visita nuestro país y aún permanecen en nuestras retinas emocionadas el “talantazo” con el que fue recibido el caballero del jersey, cuando se nos ha venido encima del talante un “jerseyzazo” en toda regla.   Ha bastado una reunión con Hugo Chávez y con Fidel Castro, para que a Morales le saliera la vena patriótica y reivindicativa y mandara al ejército boliviano a hacer guardia frente a las espitas del gas. 180 días para tragarse el sapo o las lentejas –si las quieres...- aderezadas con el sapo; y si no, a casa con armas y bagajes.   Hay comentaristas –más o menos interesados- que hablan de sorpresa en Europa. Bueno. Cada uno es muy dueño de sorprenderse como quiera y de administrar sus aperturas de boca.   José Montilla permanece perplejo y dice que la noticia no es agradable, pero el que no ha perdido la compostura ha sido Rodríguez Zapatero que sin mirarse –como los toreros valientes tras un cornalón- ha dicho que se trata de un conflicto puntual, que todo se arregla con una toma de diplomacia cada seis horas y que todo sigue igual y que no va a haber represalias por parte de España.   En cuanto a lo del conflicto “puntual”, debe aludir el Presidente a que se ha producido en el tiempo previsto, es decir, con todo respeto a la hora que marcan Cuba y Venezuela, grandes amigos de España. Si lo que ha querido decir es que se trata de un conflicto concreto, tampoco nos deja muy tranquilos porque con tres o cuatro conflictos de estos, estamos listos y si no que se lo pregunten a Brufau y a los inversores en bolsa.   Lo de la diplomacia no es menos preocupante. Cuando uno ve las imágenes y las rayas del jersey y escucha las soflamas patrióticas de Evo Morales, la diplomacia se antoja como fuera de lugar y si las imágenes son las de los tres reivindicadores, Castro, Chaves y Morales, uno piensa en algunos embajadores -representantes de España por aquellos pagos- y le da una alferecía.   Más profundo es lo de las represalias. Queda bien y sobre todo crea opinión. Suena a venganza, casi a mandar a Bolivia los tercios de Flandes y claro... eso no lo quiere nadie y el Presidente queda fenómeno. De represalias nada.   Bueno, bien. Pero a lo mejor hay que hacer alguna acción. A lo mejor hay que llamar a Morales y ponerle un poquito –no mucha- mala cara y decirle que no estamos demasiado contentos.   Uno piensa que todo es negociable y que la comisión que se ha ido a Bolivia -sin Moratinos- negociará para que haya alguna salida que permita al Gobierno salvar los muebles, poder venderle la burra a la opinión pública y que las gasistas no salgan mal paradas y no se enfaden mucho. Algo muy parecido dicen altos funcionarios de Industria.   Mientras el cuarteto de Iguazú ha tenido sus más y sus menos. Lula ha puesto a Morales las peras al cuarto y el Presidente boliviano se ha asustado. Aquí, Solbes es el único que ha dicho algo coherente: muy bien lo de negociar pero que se sepa que la justicia internacional está ahí. Las empresas españolas tienen sus derechos y hay que defenderlos en cualquier nación.   El que no da la cara tras los muertos en carretera del pasado puente es el Director General de Tráfico Pere Navarro que, siendo como es él, tan proclive a salir a los medios a amenazarnos con diarreas incontenibles, por aquello de las multas y de los radares, ha delegado –para no chupar cámara- en el Subdirector General de Circulación. Fernández, Federico, sí ha dado la cara y nos ha contado que la culpa es de las autonomías y de los ayuntamientos que tienen sus carreteras como unos zorros.   Años atrás, en las nevadas de las grandes ciudades, los porteros de las fincas tenían la obligación de quitar la nieve del trozo de acera que correspondía a la fachada de su inmueble. Así, trocito a trocito, el ayuntamiento tenía limpias las aceras en un tiempo record. Pues algo así se le debería haber ocurrido a Navarro. Cada Ayuntamiento, su trocito de asfalto, y su ración de curvas sin visibilidad y -en la duda- la autonomía que va y nos quita un cambio de rasante y ya tenemos la red en perfecto estado para que la Dirección General de tráfico camufle los radares, nos amenace y nos aconseje lo de la salida escalonada.   La broma cuesta vidas y eso es muy serio. Tener una Dirección General de Tráfico, para que nos asuste con anuncios tenebrosos y casi necrófilos, haga estadísticas previas de víctimas y, pasado el puente, confirme al alza esas estadísticas, es todo un lujo.   Dice -y lleva razón- Antonio Lucas, del RACE, que menos anuncios y más buscar las causas y dice también Nuria Alonso, del Comisariado Europeo de Automovilistas que está comprobado que las campañas son necesarias, pero que no son la solución.   Mientras, las cifras son patéticas, en el más estricto sentido de la palabra.   A lo lejos de las nacionalizaciones en Bolivia y de la escalofriante cifras de víctimas del puente, aparece el estatuto andaluz y la emoción de Chaves –el de Sevilla, no confundir- al verlo aprobado con dos votos más de los necesarios.   Se acaba el comentario de la semana y no hemos hablado ni de política de partido; ni de la no investigación del 11-M; ni de la no negociación con la no existente Batasuna; ni del no peligro que no corre Navarra de ser moneda de cambio; ni del varapalo bruselense a las opacidades de Montilla; ni del nuevo no desencuentro entre Ruiz Gallardón y Aguirre.   Un alivio.

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