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Tribuna libre

Un libro dentro del marcapáginas

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El marcapáginas sólo sirve para marcar páginas. No tiene peso, no tiene volumen. Ni siquiera tiene entidad propia. Es ese rasgo el que lo vuelve sugestivo.

Es difícil pensar en un objeto más liviano, modesto y silente –cualidad esta que comparte con sus congéneres inanimados, pero en mayor medida aún– que el marcapáginas con que señalamos hasta dónde nos ha llevado la lectura. Ese mutismo suyo, ese no llamar apenas la atención sobre sí entre todas las otras cosas, se debe a que su cometido es función pura, neta, esencial. Hasta tal punto, que su propio nombre se forma con la tosca agregación de dos lexemas, y ahí queda inserta una noción descriptiva bien simple, ajena además a posibles funciones secundarias. Hasta en eso es diferente de sus colegas morfológicos: el sacapuntas, que llegado el caso puede usarse para calzar una mesa con notable cojera, o el pisapapeles, cuyos efectos como arma arrojadiza son bien conocidos. El marcapáginas sólo sirve para marcar páginas. No tiene peso, no tiene volumen. Ni siquiera tiene entidad propia.

Y es ese rasgo el que lo vuelve sugestivo. Porque aparte de los marcapáginas que se venden o se regalan como tales, más o menos sobrios, más o menos historiados, tan poco interesantes todos desde el punto de vista humano, existe una variedad fabulosa de objetos que han terminado constreñidos en un prieto volumen. Y ello, desde la absoluta contingencia, sólo porque, en un momento determinado, a un lector se le vinieron a la mano antes de levantarse para salir del autobús, antes de atender la llamada del teléfono, antes de entregarse por la noche al sueño. En los libros de las bibliotecas, a veces, uno encuentra una rosa seca y prensada, postales cuyo destinatario queda expuesto a que cualquiera pueda escribirle, papel moneda de otras naciones –siempre sin curso legal en la propia–, la tapa, reducida a dos dimensiones, de un paquete de Marlboro, octavillas con la convocatoria de una charla sobre el desdoblamiento astral, el envoltorio de un sugus de fresa, y un capítulo después, el de otro de plátano, flyers que dan derecho a descuento –nacional e importación–, billetes de metro tardofranquistas, con final de trayecto en Ciudad Universitaria.

Hace poco, en un manual de teoría lingüística, encontré un tique de compra bastante insólito, no por el contenido, sino por el lugar del hallazgo. En una sección dedicada a explicar los rudimentos de la glosemática de Hjelmslev, un feble papel enunciaba: «Carnicería-charcutería José Mari», con la siguiente lista de productos adquiridos: «Salchicha fresca 1,22; Hamburguesas ternera 0,77; Filetes 1ª 3,44». En ese momento, pensé dos cosas. Una, que el paradigma formal de Hjelmslev se quedaba corto para explicar la riqueza comunicativa de la situación pragmática que inopinadamente había surgido entre un anónimo emisor y yo. Y dos, que los marcapáginas están dentro de los libros, pero que hay libros en germen dentro de los marcapáginas, historias que podemos inferir a poco que lo pretendamos. El camino que va de la glosemática a la charcutería, o viceversa, puede ser la trama de una extensísima y no poco enjundiosa novela.