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Tribuna libre

La ligereza según Néstor Luján

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De ser madrileño, Luján hubiera sido un escritor de puestas de largo y tal vez por eso la literatura ganó algo por haber sido catalán.

Hace más de diez años que murió Néstor Luján y ya entonces era un dandismo dejarse retratar con la pochette blanca y la corbata de lunares, en trance de acariciar un gato persa dotado de una perfección de porcelana. Quizá los hombres vestían así antes del metrosexualismo y las gafas panorámicas, cuando lo mundano podía vivirse lejos de Marbella y el entendimiento de la joie de vivre pasaba por leer a Montaigne y frecuentar los buenos restaurantes. Ahí está la clásica avidez serena, la curiosidad de un temperamento, el estado de civilización que lleva, según Luján, a beber porque estamos contentos y no para estar contentos. En cualquier caso, Luján salió con aire del posado, porque la época tampoco está para las especulaciones políticas de antaño en torno al grosor de los lunares.   Hacerse a los camuflajes de la respetabilidad burguesa era un buen fundamento para un escritor cuando el intelectual practica con tipismo y complacencia la pose de sufrir. No todo el mundo se parece a su prosa pero tantas páginas de Luján vienen a confirmar una fisonomía o una naturaleza dada a las felicidades suntuosas y a la buena fe, a esa última benevolencia que tiene para el mundo el hombre de letras que prefiere un grado de epicureísmo a la misantropía aunque sólo sea porque -decía Chateaubriand- hay que ser selectivo en el desprecio cuando cualquiera ve tanto y tanto despreciable. Por lección del periodismo tuvo Luján la manía de la claridad, y la inclinación a la felicidad de su escritura viene de un anhelo de gustar que es muy distinto de escribir para el halago. También es el cálculo de que uno puede buscar la eternidad y la gloria pero mañana tiene que aportar alguna amenidad a los lectores. Entre los escritores no hay peor género que la conversación con sus mascotas y aun de esto sale Luján sin perder garbo, maestro siempre del solo de violín que es un artículo, partidario a la vez de una prosa legible y especiada con la adjetivación. De ser madrileño, Luján hubiera sido un escritor de puestas de largo y tal vez por eso la literatura ganó algo por haber sido catalán. Como escritor, en realidad, estaba en una tradición francesa, al igual que la cocina que apreció: su recorrido con Perucho por la cocina española tuvo algo de superficialidad 'al dente' mientras que el Luján más gozoso aparece en su Carnet de ruta por la dulce Francia. No sé qué pensaría Luján de los escombros de ibérico pero ahí tenemos la nostalgia de una sólida cocina campesina o de los platos -ternera Orlof- dedicados a los príncipes y la inmortalidad asociada a dar el nombre a un queso.   Ya en sus últimos años escribió con éxito novelas entretenidas y de cocción más bien escasa porque algo han de hacer los escritores con una afición por el Burdeos. La anécdota y la cita abruman en Luján aunque a cambio está ahí un enciclopedismo de lo más cordial para el hombre culto, modélico también para tantos periodistas sin curiosidad y escritores sin lecturas. Él se sabía las historias sutiles de las reinas de Francia. Homme d'esprit, enemigo de la perfección, de configuración conservadora, tuvo más que nadie ese don del retrato que implica tanta claridad de pensamiento y tantísima destreza de la pluma. Siempre da la sensación de que en otro país hubiera sido más grande pero -como siempre- faltó público para afirmar una consideración de seriedad.   Durante años opacos se gestó el escritor raté que se hizo para nuestro gozo escritor ligero y el dandy que tuvo para todo una medida, también ligera, de desdén. Su olfato tan tenaz para el periodismo nos llevaría a darnos golpes en el pecho ahora que se aprecia en el currículo la sintaxis de la imagen y los periodistas no tienen recursos de amenidad para la conversación. Tan dado a la buena mesa, alguien como él no podía creer en las pompas del arte por el arte. Al final también simboliza un sentido del gusto frente al caos, la afirmación de un carácter frente a la opción del 'vale todo'. El mal estaría en hacer un personaje del escritor del placer sensato, del escritor menor y fino que supo de la capacidad de leer para hacernos felices. Ahora ya tiene el sol de los muertos que es la gloria, siempre entre la ligereza y la excelencia, con la llama necesaria para hacer un momento de pentecostés en cada artículo.

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