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Tribuna libre

En el límite

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Cuando visito la capital de España hay algunos lugares que no paso por alto. Uno  de ellos es La Frontera. Cualquiera de ellas. La Frontera en Pozuelo, La Frontera en Cercedilla o La Frontera en Villalba. Es la mejor manera de entender qué es esa cosa llamada música. Y que es esa otra cosa llamada historia. Y cual es, por tanto, la historia de la música reciente en España.

 

Paco se encarga cada día de que el Saloon Bar la Frontera sea lo más parecido al antiguo Oeste, en la mejor de las acepciones que podamos tener sobre la tierra de indios y vaqueros. La Frontera nace de manos de Paco Andreu y rinde con su nombre un sereno tributo al grupo liderado desde 1984 por su hermano Javier.

 

El saloon-bar tiene todos los ingredientes para ser un reducto musical de incalculable valor difícilmente comparable a otro lugar en toda la geografía española. Su singularidad se palpa desde el interior a través de todos los sentidos. Me cautivan las puertas estilo cantina, las miradas severas y amenazantes de los indios que cuelgan de todas las esquinas, las conversaciones musicales que atraviesan tiempo y espacio y, sobre todo, la banda sonora que acompaña las veladas.

 

No son canciones antiguas, ni clásicos del rock español, ni grupos emblemáticos: son una espectacular colección de canciones de enorme valor y significado para la historia reciente de la música española. Sin ninguna concesión comercial. Todos los asistentes aplauden la distinción de la música, hasta el punto de que quien no conoce algunas canciones celebra poder aprender y escucharlas por primera vez. Toda una clase de historia del pop español entre paredes de madera envejecida y miradas entregadas a la melancolía.

 

Grupos como Montana, Los Limones, La Guardia o La Frontera amenizan los fines de semana ‘fronterizos’ con actuaciones en directo. Los mejores y más auténticos supervivientes del pop español de los 80 pasan por allí. A subirse al escenario o a ponerse frente a él.

 

Compruebo en cada conversación el respeto, la caballerosidad, la fidelidad, la amistad, la cordura, el buen humor, la sabiduría, la humildad y la complicidad de los clientes –indios y vaqueros- de La Frontera. Se mueven en ese límite entre la amistad y la confianza recortada que se da en algunos lugares donde se producen relaciones sociales. Como en un bar, en una comunidad de vecinos o en una panadería. Así están ellos. Se dejan caer un rato, al romper la tarde en noche, los días impares unos, los días de frío otros. Como caían los vaqueros extasiados por el esfuerzo de la jornada.

 

Y surgen conversaciones que hacen temblar los cimientos del edificio que se levanta sobre La Frontera. Y saltan testimonios y recuerdos en primera persona de los años de la movida madrileña. Y en los más jóvenes, esas palabras, se suman a la gran cronología histórica que todos llevamos dentro, haciéndola más rica y completa. Y en los más viejos las historias y recuerdos siempre dan pie a discusiones. Nunca se sabe realmente si algo ocurrió en el año 78 o 79. Nunca se sabe si aquel concierto que luego hizo volar a la fama a un grupo fue un sábado o un viernes. Aunque, al final, eso es lo de menos.

 

Está bien claro que Madrid tiene algo especial. Como dicen de Sevilla, aunque de otra manera. El sábado me dejé caer por el Honky Tonk en busca de algún concierto de esos que te levantan el ánimo tras un duro verano de ‘caribesmix’ y ‘bombazostotal’. Entré, como quién dice, sin llamar y me guió la marea hasta las faldas del escenario: Ramón Arroyo –de Los Secretos- compartía noche de rock and roll de verdad con tres o cuatro grandes músicos más. Parecía casi improvisado. Una reunión de músicos de gran envergadura que nos hicieron regresar a las raíces del rock and roll clásico.

 

Horas antes, en el escenario de Divino Aqualung, Mikel Erentxun se convertía en ‘divino Mikel’ ofreciendo una actuación memorable para presentar su nuevo disco ‘Éxitos’. Regalando a los fans lo mejor de su carrera en solitario, sin dejar de lado esas canciones que hicieron que Duncan Dhu entrara a formar parte de la Edad de Oro del pop español.

 

Y en las calles volví a sentir que, en lo musical, en este país, no está todo perdido. Decenas de carteles anunciaban una semana cargada de buena música en la capital: Montana avisa de su llegada el lunes a La Frontera, La Botellita de la calle Serrano abre las puertas a la actuación de Los Limones el próximo martes, Un Pingüino en mi ascensor se dejará caer por la Sala Arena el viernes, Modestia Aparte presenta su nuevo disco en La Riviera el sábado. Y La Guardia, Quique González, Revólver, Manolo García, Hombres G y tantas otros prometen convertir Madrid también en capital musical durante las próximas semanas.

 

Y todo esto estaba en boca de los indios y vaqueros que anoche poblaban La Frontera de Pozuelo. Y todo esto, me recuerda, que nunca sabes en

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