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Tribuna libre

En un lugar de la Mancha, cuyo nombre es...

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...Villanueva de los Infantes, provincia de Ciudad Real, ha mucho tiempo hoy ya que vivía un hidalgo etcétera, etcétera. A esta conclusión localizadora ha llegado un grupo de profesores universitarios tras dos años de indagaciones y cálculos precisos de tiempos y distancias. Uno de los criterios ha sido la consulta del velocímetro que llevaba incorporado Rocinante, según el cual nuestro querido jaco se desplazaba a una media de 31 km/h. Si Cervantes hubiera incluido esta precisión, aparte de conferir a su libro una modernidad aún mayor de la que representa –casi hubiera prefigurado el futurismo de Marinetti–, también nos habría ahorrado a todos cuatro siglos de incertidumbre, cuanto más a los manchegos, en liza por arrogarse tan egregio convecino. En el lugar –que una de las acepciones del DRAE define como «población pequeña, menor que villa y mayor que aldea»– están encantados con la atribución. Apunta el boticario de hogaño que, no obstante, entre los paisanos seguramente predominan los sanchos sobre los quijotes. Es lo lógico, igual que ocurría entonces, allí y en cualquier otro sitio. Bien mirado, esta proporción mayoritaria en el pueblo de sosegado realismo y de prudencia en el actuar antes ha de considerarse meritoria virtud que obtusa cortedad de miras. Pues si bien es cierto que el desbocamiento heroico de don Quijote se guiaba siempre por una voluntad altruista, no lo es menos que solía desfacer entuertos imaginarios faciendo otros entuertos reales, por lo común con mucho brumar de costillas. Una vez descifrado el enigma de la procedencia del caballero andante, aunque estas hipótesis nunca se dan por cerradas y las discusiones continúan ad infinitum –llevamos en ellas desde 1605–, es el momento de afirmar que no importa lo más mínimo dónde vive y muere don Quijote, si en Villanueva de los Infantes, en Alcubillas o en cualquier otra población manchega. Más allá de la geografía, mucho más allá de los comprensibles orgullos locales, infinitamente más allá de las pesquisas realizadas por el grupo de profesores sabuesos, que merecen ser felicitados por su perseverancia, don Quijote vive y muere –aunque no muere nunca, de este modo– en la imaginación de sus lectores, que es el único territorio fehaciente de la literatura. No existe otro. No existe la Comala de Rulfo, ni el Macondo de García Márquez, ni la Región de Benet. Ni la Vetusta de Clarín es Oviedo. Ni siquiera el Madrid de Galdós es Madrid, pese a su precisión al describir calles y plazas que recorremos como si en sus obras las hubiésemos aprendido. El lugar que se inventa, el que se recrea con un nombre distinto y el que presuntamente se reproduce tal cual es, todos ellos elevados a un mismo rango, los tenemos cartografiados tan sólo en la fantasía y en la memoria, como un milagro de transfiguración que el lenguaje supiese obrar. Así considerada, la literatura es la auténtica utopía, un sin lugar o, si acaso, una íntima conciencia nuestra de que los infinitos mundos posibles nos caben, apretados, silentes, en las páginas del libro.