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Tribuna libre

El mal gesto de Matas

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La clase política española no suele estar a la altura. Cuando alguien tiene que dimitir, no lo hace y cuando no debería hacerlo, entonces dimite.

Habrá que aceptar que la clase política española no suele estar, por lo general, a la altura de las circunstancias. Cuando alguien tiene que dimitir, no lo hace y cuando no debería hacerlo, entonces dimite. Varios ejemplos de los últimos meses pueden servir para justificar la afirmación anterior.

En cualquier País cuya democracia estuviera asentada y fuese fuerte, el Presidente del Gobierno se hubiera ido a su casa si un grupo terrorista con el que ha estado negociando, le saca los colores y le pone las vergüenzas al aire, como en los últimos días ha hecho ETA, contando en su periódico oficial, el GARA, el contenido de las reuniones con los enviados de Zapatero.

Que un Presidente del Gobierno pacte con un grupo terrorista el contenido de una declaración institucional, que negocie una fórmula para que los vascos puedan decidir su futuro, es decir el derecho de autodeterminación, que acuerden llamar “accidente” a un atentado terrorista; que les ofrezca derogar la Ley de Partidos y permitir que Batasuna sea una formación legal, es como, para que Zapatero haga las maletas y se vaya a vivir lejos de España, por la indignidad que ha cometido con todos sus conciudadanos. Pero Zapatero es de otra pasta, y por supuesto, que ni dimitirá ni aceptará que ha cometido un profundo y grave error al negociar con ETA, amén de engañar y mentir a los españoles.

Otro caso: la Vicepresidenta Primera del Gobierno, Maria Teresa Fernández de la Vega, que un viernes si y otro también aprovecha la tribuna de la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros para mentir descaradamente y sin ningún rubor. Eso sí, poniendo gesto serio, mirando de soslayo el papel que lleva preparando y leyendo con gran dificultad el mismo. La Vicepresidenta, en lo que se refiere al mal llamado “proceso de paz” ha mentido más que hablado, y sin embargo, ahí sigue.

El tercer ejemplo de mal político lo acaba de protagonizar el hasta ahora presidente de la Comunidad de Baleares, el popular Jaume Matas, que ha anunciado que se retira de la política al no poder formar gobierno a pesar de haber ganado con claridad las elecciones autonómicas celebradas el pasado 27 de mayo. Se va a vivir a Estados Unidos y, al parecer, a trabajar en una empresa privada. Es decir, que no da la impresión que sea una decisión improvisada.

Siendo comprensibles las razones de hastío que le han llevado a Matas a tomar esa decisión, no era el momento oportuno. Uno no puede arrojar la toalla cuando vienen mal dadas dejando a mucha gente empantanada. El político popular tenía que haber aguantado el tirón durante un tiempo –tal y como le pidió el presidente de su partido- y no irse de una forma tan precipitada y tan poco reconfortante para los que le han votado o le han apoyado de una u otra forma. Ha sido un gesto feo por parte de Matas.

El “espectáculo” político que se está dando en Baleares, es todo menos edificante. Que un partido, absolutamente minoritario, como la Unión Mallorquina de Maria Antonia Munar, -a la que el propio Matas ha dado bastante aire en los últimos años- pueda influir tanto en la conformación de un ejecutivo; que se tengan que unir cinco formaciones políticas para impedir gobernar a quien ha ganado claramente las elecciones, es algo que debería corregirse. Y si a lo anterior se añade la espantada de Jaume Matas, entonces el cóctel balear es ya absolutamente explosivo.