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El marido de Marta

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Internet está también repleto de historias tristes como la de Marta. Y de artistas anónimos y desconocidos que, en su trato con la gente, o se pasan, o no llegan.

Es posible que hace años, cuando su rostro era menos conocido, entrara a diario en el foro de su web oficial. Es más, tengo pruebas que demuestran que allí participaba con frecuencia en discusiones o animadas charlas musicales con sus fans. Un artista cercano. Después, como un estallido pirotécnico, su caché artístico experimentó un luminoso ascenso, su nombre comenzó a sonar y su tiempo libre empezó a escasear. Se fue perdiendo y distanciando. Voló de su propio foro a copas de árboles más altos. La fama, que se pega como un chicle a la suela del zapato.

De un tiempo a esta parte, por el foro de su web han ido cayendo sus amigos, sus primeros seguidores, y todos los que alguna vez han tenido algo en común con él. Su foro oficial, medio abandonado, parece una calle iraquí horas después de un atentado. Como bengalas en la noche, algunos han ido colgando “post” en los que intentan contactar de alguna forma con el artista cercano que ayer podía atenderlos a todos y que hoy, por culpa de esa maldita fama, no logra llegar a tiempo a tantos compromisos como figuran en su agenda.

Seguro que, de haberlo sabido a tiempo, se habría dejado atrás alguna hora de sueño para intentar llegar a tiempo a la cita que una mujer le propuso antes del último verano. Esta mujer no se llamaba Marta, pero hoy se llamará así, para intentar preservar su intimidad. Marta, que se presenta como una antigua amiga del artista, ha dejado en el foro un mensaje demoledor entre tanto “post” absurdo. En él explica que hace varios meses depositó allí una petición un tanto especial: quería concertar una cita entre el artista y su marido, fan suyo y gravemente enfermo. Nunca obtuvo respuesta. Si lo hubiera enterrado en la tierra, su mensaje habría sido devorado por gusanos. Pero ahora ha pasado el tiempo, su esposo ha fallecido joven este verano, y se lamenta de que el artista al que tanto admiraba su marido no haya podido cumplir uno de sus últimos deseos.

Marta, como si de una canción de Los Secretos se tratara, completa su dramática carta abierta explicando en público lo diferentes que han sido sus carreras desde aquella discoteca en la que tantas noches coincidían hace años: tú has triunfado en la música y me alegro mucho por ello; a mí me ha ido todo bastante mal en esta vida.

No hay ni un solo reproche en las palabras de Marta, ni siquiera se recrea demasiado en lo dramático de su situación. Se limita a desearle toda la suerte del mundo. Y el artista, que, según he podido saber, estos días continúa viajando por las altas esferas musicales –haciendo trabajos excelentes, por cierto-, quizá no se haya enterado aún del dramático desenlace de la historia de Marta y su marido. Aquella chica a la que supuestamente conoció y trató sobradamente en su juventud, y a la que perdió de vista un día para siempre, al tiempo que se elevaba su caché.

Me resultó especialmente triste y desalentadora esta historia. Escrita así, en un foro cualquiera de un artista cualquiera, parecía toda una frivolidad. Internet es así de cruel. Te estropea el día en cualquier momento. Te dan ganas de coger el teléfono y llamar a la agencia, a algún amigo común, o a quién sea y pedirle a ese artista que se deje caer hoy mismo por su maldito foro y escriba una cochina respuesta a esa chica. Que no conviene olvidar nunca las propias raíces y que hay mucha gente en el mundo capaz de devolver una gran sonrisa al gesto de una simple mirada suya.

Pero quizá no valdría la pena perder el tiempo. Al fin y al cabo, él llega tarde ya para conocer al marido de Marta. Y es que además, Internet, a veces, parece estar lleno de historias como la suya. Es como si aquí las cosas no sucedieran del todo. Como esa gente que acude a los programas de tarde las televisiones. Que uno no se termina de creer que el corazón de esos individuos tan raros o tan desgraciados, al apagar la tele, siga latiendo. Entre su gente, en su ciudad. Vivos.