Martes 22/08/2017. Actualizado 08:59h

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Tribuna libre

Las marionetas

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Y las lágrimas se vuelven de plomo. Pero ninguno de los jóvenes que han venido a la JMJ se mueve. Nadie hace un mal gesto. Ni siquiera hay dos bandos. Estos chicos llevan la universalidad del catolicismo clavada en el alma.

Las rodillas clavadas en el suelo empedrado de Sol. Las lágrimas resbalando por las mejillas de la inocencia. El calor en la cara del aliento del odio. El crucifijo agarrado con fuerza, hundiendo cada extremo de la cruz en la palma de la mano. La respiración acelerada. Las sirenas de policía. El frío del terror en todo el cuerpo. Las manos, de toda una joven, y toda una vida, amarradas a las cuentas del rosario, como si el resto del mundo fuera a derrumbarse en ese preciso instante. La oración firme al cielo. El humo de una bandera vaticana. Los insultos, las vejaciones, los escupitajos. Y el amor, el silencio, la paz, como única respuesta. Los que se levantan y se marchan entre lágrimas. Las que resisten a la marea del odio, mirando al suelo. Increíblemente guapas entre tanta bestia. Humilladas, avergonzadas, bajo una lluvia de blasfemias contra lo que más aman en la tierra, contra lo más hondo de su corazón, de su ser, de su integridad. Contra el sentido de sus vidas. Y el crucifijo a los labios una y otra vez, en busca de compartir un poco el dolor de la infamia, mientras arrecia la tormenta del mal, desatada por las marionetas de Satanás.

Muy cerca, otra joven cruza la plaza en solitario, tratando de sortear a los manifestantes. De nuevo, los bramidos, los salivazos. Los rostros enfurecidos se le acercan a un palmo de la cara. La persiguen, la acosan, gritándole al oído contra su fe, contra su Iglesia, contra su Dios. Se siente diminuta entre tanto ogro. Pero no le vence el abismo de la soledad. Le tiembla todo el cuerpo, pero no se detiene ni un instante. Camina firme, atravesando el tumulto, llevándose una cruz a los labios, y tapándose un oído, quizá para que su juventud no se desplome ante tanto agravio.

Y unos metros más allá, una monja anciana recorre el mismo trayecto junto a dos chicas que no alcanzan los quince años. Ambas caminan entre el cordón policial, encogidas, con lágrimas de miedo en los ojos. Han recorrido miles de kilómetros para ver al Papa y disfrutar de la gran fiesta de la juventud católica. Ni en sus peores pesadillas imaginaron el horror de Sol. La monja abre camino, impasible ante las ofensas. Y las chicas avanzan abrazadas, pensando que sin la policía, la masa se abalanzaría sobre ellas para descargar todos sus rencores contra la pureza inmensa de su heroísmo.

En otro lugar, un grupo de adolescentes pasean por el centro de la capital, cantando y rezando. Caminan acompañados por un sacerdote joven, que los va guiando para atravesar Sol. De pronto, una de las manifestantes más exaltadas, insulta al sacerdote, le corta el paso, se denuda ante él, y le insta con desprecio a no mirarla. Las chicas que acompañan al joven párroco se echan a llorar. Entre el miedo y el dolor. Sin duda, perdonarán, pero les costará olvidar la escena.

Avanza la noche. Sol es un vertedero, donde hierven todos los monstruos del hombre, donde habitan todas las tormentas que nunca quisimos ver en la ciudad de la libertad. El asco vuelve el aire de azufre. Denso, nauseabundo. Y las lágrimas se vuelven de plomo. Pero ninguno de los jóvenes que han venido a la JMJ se mueve. Nadie hace un mal gesto. Ni siquiera hay dos bandos. Estos chicos llevan la universalidad del catolicismo clavada en el alma, y el corazón invadido de perdón. No entienden de bandos. Venían a la fiesta del amor y la fe, y no hay dolor, insulto, o escupitajo que pueda hacerles cambiar de opinión. Mientras otros alzan los cuernos al cielo, les lanzan condones, y corean las obscenidades más ofensivas que alcanza a idear su inteligencia, ellos se limitan a levantar alegremente sus rosarios. Nada les turba. Nada les hace perder la paz. Tan sólo dejan pasar el temporal, cada uno a su manera. Unos prefieren el silencio. Otros una oración temblorosa. Y otros se entregan a cantar y a bailar, invitando a los asaltantes a compartir su alegría. Quizá porque su alegría no es militante, sino amante. Su modelo es un mártir, no un verdugo.

Contemplo todas estas escenas con cierta angustia, y pienso una vez más, que los ojos siempre dicen la verdad. No hay más que mirar frente a frente a unos y otros. La mirada insegura del odio contrasta con los ojos sonrientes, decididos, limpios y brillantes de los que regresan de la fiesta del perdón del parque del Retiro.

No sé si era lo que pretendían pero, aquella noche en Sol, representaron el mal y el bien como si se tratara de una obra de teatro para niños. De esas en las que los pequeños, cuando ven salir al bueno, aplauden, y cuando ven salir al malo, aúllan. Lo único que tenemos que agradecerles, pues, es que hayan retratado tan bien el mal. Para que no podamos confundirnos. Para que sepamos junto a quien tenemos que estar cuando arrecié la próxima tormenta del resentimiento. Recordaremos bien todas esas miradas. Cuando vuelvan a agitarse las marionetas del mal.

“Somos
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