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Tribuna libre

El matrimonio por definición

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Por definición de la Real Academia Española, en la primera de las acepciones que recoge su Diccionario, el matrimonio es «unión de hombre y mujer concertada mediante determinados ritos o formalidades legales». Más abajo dice simplemente «marido y mujer», y añade como ejemplo: «En este cuarto vive un MATRIMONIO». Trátese del desposorio, trátese de su resultado, lo que parece fuera de toda duda en esa definición es la complementariedad sexual de los contrayentes. ¿Nos hallamos ante una veleidad ultraconservadora de la Docta Casa? Pudiera ser. Leo en la prensa que la comisión de lexicografía está ocupada en un escrutinio del uso que a lo largo de los siglos se ha hecho de la palabra «matrimonio». La tarea es apasionante y de fijo se espera un buen número de hallazgos inesperados: ¿Qué se querría decir exactamente al hablar de matrimonio en los textos de la Edad Media? ¿Qué en los florilegios renacentistas? ¿Qué sentido arcano quizá hasta hoy ocultaban las bodas de Camacho en el Quijote? ¿De qué tipo de matrimonio se hablaba en las comedias de nuestro Siglo de Oro, con sus donosuras y sus lances de honor? Cunde el desvelo, la incertidumbre. Mucho nos maliciamos, empero, que de la pesquisa pudiera acabar derivándose una concepción idéntica a la que han expuesto la Iglesia y el Consejo General del Poder Judicial. La caverna, ya se sabe. Desde la Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales (por cierto, ¿estatal? ¿Se trata de un organismo de la administración? A lo mejor quieren decir nacional de forma vergorzante), desde esta instancia, digo, se señala que la definición del matrimonio recogida por la RAE es algo así como un fósil semántico y que será necesario variarla para adecuarse al progreso de la sociedad. Bella noción la de progreso y esforzado empeño el de la ideología. A partir de los años treinta el biólogo soviético Lyssenko se ocupó con ardoroso celo de arremeter contra las teorías que se remontaban a Mendel por lo que él consideraba una «desviación fascista de la genética». A su despecho, acabó imponiéndose tercamente la realidad. Ahora parece llegada la hora de luchar contra la «desviación vaticanista del matrimonio». Que, por cierto, no viene dictada sólo desde el epicentro del catolicismo, sino que comparte cualquier otra creencia religiosa. Si aplicásemos la plantilla progre de pensamiento a todos los ámbitos, el mundo estaría lleno de injusticias. Por ejemplo, en el DRAE se define el motor de explosión como aquél «que funciona por la energía producida por la combustión de una mezcla de aire y gasolina». Es un despotismo intolerable. ¿Y por qué no de aire y aire, o de gasolina y gasolina? Debe de ser porque la mecánica aún no ha progresado lo suficiente. Pero llegará el día, llegará...