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El mentiroso ridículo

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El mentiroso ridículo tiene que seguir mintiendo para tapar sus mentiras, con las nuevas invenciones. Entra así en un círculo del que difícilmente pueda escapar.

Cuando alguien miente mucho, esas mentiras son conocidas por todo el mundo y, además, si el mentiroso admite públicamente que ha mentido, se convierte en un mentiroso ridículo, en un personaje que causa una cierta hilaridad.

Si, por ende, el mentiroso es alguien muy conocido y sus mentiras tienen un cierto eco en los medios de comunicación, el ridículo aumenta en función de la repercusión en la opinión pública.

El mentiroso ridículo tiene que seguir mintiendo para tapar sus mentiras, con las nuevas invenciones. Entra así en un círculo del que difícilmente pueda escapar y cada vez miente más y por momentos hace más el ridículo.

Todos saben que lo que dice es mentira. El sabe que los otros saben y el mismo sabe que miente. Cada vez le es más difícil escapar de su propia trampa y llega un momento que ni lo intenta. Es lo que se llama una huida hacia delante.

Hay quien dice que el mentiroso se acaba creyendo sus propias mentiras, pero eso no deja de ser una coartada más que suele esgrimir el coro de aduladores que el personaje, más o menos conocido, suele tener alrededor. El sabe muy bien que miente y es, precisamente por esa razón, por la que sigue mintiendo. Si el creyera sus propias mentiras alguna vez dejaría de mentir y eso, en ciertos sujetos, no parece posible.

Tiene su coro. Son gentes que conocen las mentiras mejor que la mayoría puesto que están más cerca del mentiroso y saben mejor los entresijos de sus mentiras y las razones por las que miente. Miran para otro lado, niegan la verdad sistemáticamente e, incluso, apoyan las mentiras del mentiroso ridículo con otras de su propia cosecha.

El mentiroso, en según qué momentos y en ciertas ocasiones, no tiene un recorrido corto y hasta puede tenerlo dilatado en el tiempo ya que de sus mentiras muchos pueden sacar provecho.

Además, sus mentiras se instalan en su ámbito de influencia y sientan plaza de verdades que todos admiten aunque todos sepan que son mentiras.

El problema del mentiroso ridículo es cuando su situación, más o menos relevante, le obliga a tomar decisiones y basa esas decisiones y toda su actuación pública en la mentira. Entonces hay que echarse a temblar.

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