Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:21h

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Tribuna libre

Todos miran hacia el mismo lugar

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No sé lo que pasa. ¿No era la música algo destinado a mentes inquietas, a seres creativos? ¿No era un arte libre?

Me han llegado cinco discos con la misma ciudad como remite en los últimos quince días. Es una ciudad pequeña, norteña y familiar. Han llegado de grupos que nada tienen que ver entre sí. O eso creo. Me he detenido en los títulos, en la forma de hacer las canciones, en el diseño de los libretos y las fotos. Con la mejor de las intenciones. Y me asalta la pregunta de siempre: ¿son todos iguales? No hay nada que adormezca más a la turba musical de una ciudad pequeña que una moda pasajera. Un estilo, unas formas, un modelo. Algo que el resto consideran -y ya les vale- “supercool”. Ninguna oveja será examinada con caras de desprecio si mantiene el color y corte de moda, pero todas aquellas que intenten destacar, sea acertando o equivocándose, serán martirizadas, ignoradas y hasta agredidas si es necesario.

Pensaba en esto mientras escuchaba los cinco discos con cara de circunstancias. Es terrible, es una tragedia para esta ciudad. Y lo que es peor, es una tragedia habitual en decenas de rincones de nuestra España. Que a grandes rasgos, en temas culturales, es como ya saben: un poco mona, un poco ramplona.

Y es que los veo en las portadas de estos discos y no lo comprendo. Vestidos todos de la misma forma, con el mismo gesto, con los mismos rasgos. Las canciones parecen clones de la misma, aunque sea una buena canción. Prefería que alguno se equivocase e hiciese algo malo, que no guste… pero es imposible, porque es todo demasiado parecido. Parecen producidas por el mismo traficante de melodías. Los Ronaldos, que son un grupo que está de vuelta en esto de la música y la estética, lo cantan a su manera en su último EP: “¿Qué pasa, no sé lo que pasa? / Todos miran hacia el mismo lugar / Es raro, es todo tan raro / el león ya no se quiere escapar (…) Mira cómo escuchan / todos se lo saben igual / todos hacia el cielo / todos con el mismo collar”. Y así como lo cuentan sucede.

No sé lo que pasa. ¿No era la música algo destinado a mentes inquietas, a seres creativos? ¿No era un arte libre? ¿El maldito veneno de la obsesión por el triunfo rápido ha contagiado ya hasta a los más jóvenes, a los más independientes, a los minoritarios, a los que no se juegan nada, hasta a los que empiezan? Lo cinco discos, en efecto, suenan de maravilla, pero muestran exactamente los mismos juegos vocales que su ídolo. Leo las letras y me topo con las mismas rimas que ya me he encontrado antes, en canciones que han sido número uno hace muy poco. Veo en la foto esa barbita cuidadosamente descuidada, esa cazadora concienzudamente arrugada, ese aire “underground pero conciliador” en las entrevistas que les hacen en los periódicos locales. Un puñado de gestos, actitudes y canciones que serían plausibles si no fueran una aburrida copia de quien estoy pensando, y de quien estarían pensando ustedes si tuvieran ocasión de escucharlos y verlos sin quedarse dormidos. Permítanme que no dé más datos porque, una vez más, no quiero que paguen cinco grupos por algo que abunda en España como las setas en temporada.

En los textos de uno de los libretos, ¡oh tragedia!, mezclaban el lenguaje normal con “abreviaturas de móvil”. Habrá que asumirlo: lo del lenguaje SMS es algo tristemente frecuente en muchos de estos grupúsculos de jovencitos que se dedican a la música sin más vocación ni pretensión que la de aprovechar la excusa de la composición musical para no leer jamás un libro.

Visité después la ciudad y una de sus salas de conciertos y allí estaban todos. Como si fuera una secta, con los mismos rituales sin permitir a nadie salirse del papel, sin perder su posición en primera fila. Actuaba su ídolo, al que todos siguen. Y aquello, entre el público, estaba a rebosar de músicos –lo prometo- con los mismos rasgos en la cara. Los seguidores de los grupos también mantenían esa estética y esas formas tan peculiares. Por ejemplo, todos allí celebraban las canciones con discretos, desganados y suaves aplausos porque parece que lo que se lleva es el sí pero no. O sea, me molas, pero no quiero que lo sepas.

Aguanté poco tiempo allí. Me miraban con desprecio por aplaudir con ahínco al terminar de tocar el grupo una de las canciones más conocidas. O quizá debí dejarme la barbita despistada que llevaban todos. ¿Qué pasa, no sé lo que pasa?

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