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De momento gana Irán

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Ahmadineyad tiene buenas cartas en la mano y no parece que quiera aliar civilizaciones. A ver si va Bernardino León y mete un poco de miedo por allí.

Vuelve el arma absoluta, vuelve la bomba nuclear de la mano de Irán para pintar de miedo un mundo que comienza en el Génesis y termina en el Apocalipsis. En realidad, el arma siempre estuvo aquí y son excesivas las cosas que toman a la opinión pública por sorpresa: las monografías más cuidadosas no habían escrito nada sobre Ahmadineyad, del mismo modo que la victoria de Hamas en Palestina sucedió mientras se manejaban otras expectativas. Va también por los campos de la ilusión el pensar que las consecuencias de un Irán en fiebre nuclear y el populismo espeso del régimen iraní no hayan de empeorar nuestro día a día. Son lejanías con corolarios que nos afectan, como el petróleo.   Es saludable preocuparse por Irán: ahí tenemos el ejemplo de un país con comportamientos de gamberro semana tras semana. Levantar las teorías y tratados de no-proliferación fue una experiencia demasiado costosa, y hay diferencias de grado entre atenerse a la letra y seguir el espíritu por más que antes o después todo pueda volverse en huracanes de demagogia y victimismo contra la faz de los Estados Unidos. Son China y Rusia, con inocencia escasa, quienes tienen los más directos intereses energéticos y una buena oportunidad para la doblez diplomática y la irresponsabilidad. También a los demás nos dañaría un posible bloqueo del estrecho de Ormuz, mientras desestabiliza por su parte el eje andino-cocalero, ahora en coyuntura de amistad con Teherán. Una mayor constricción de las sanciones puede no tener efectos perceptibles en un país acostumbrado a figurar en la liga de los parias internacionales por responsabilidad propia. Irán tiene buenas cartas en su mano, y por aquí aún hay que decir que el programa nuclear de Irán no es un gesto de concordia ni un paso más para aliar civilizaciones.   Cinco y diez años son los fines respectivos que marcan los pesimistas y los optimistas de Occidente para la consecución de un Irán con arma nuclear. A la presidencia norteamericana no le queda tanto plazo para tomar decisiones mientras todo se alarga en la burocracia sinfónica de las Naciones Unidas. Irán, entretanto, puede continuar su progresión tentacular por la zona: Irak, Siria, Líbano, Palestina. La retórica contra Israel eleva los aullidos de las masas en Teherán y en Occidente nos devuelve la presencia de la insania. El argumento de que nunca utilizaría su armamento es el de quienes dirían que las ruinas de Tel-Aviv son producto de un ataque muy simbólico. Del mismo modo, un milagro de unanimidad en Naciones Unidas no menguará la tendencia al frivoleo de la opinión pública en Europa. Como en la pre-guerra de Irak, un peligro es que haya un magno desencuentro. Ciertamente, los teólogos armados de Irán tienen por objetivo controlar a los países árabes del Golfo Pérsico, merecedores del desprecio infinito de los persas. Precisamente ahora pensamos en las dulzuras del Sha en una Persia con caviar y vino, mujeres sin velo y jugadores de ajedrez, pero en los seminarios de Irán no se estudia libertad. Hay un fracaso de la cooperación internacional que quiso dar a Irán energía nuclear con fines civiles, tutelada; el descrédito de un país que pudo renunciar a la bomba como ya otros lo hicieron. De momento gana Irán y asistimos a otro ciclo de debate sobre el escudo antimisiles. A ver si va Bernardino León y mete un poco de miedo por allí.