Jueves 21/09/2017. Actualizado 13:01h

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Si yo fuera musulmana

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Si fuera musulmana, creo que no podría evitarme un buen número de asombros.

Puede que el modo más eficaz de sacar contradicciones propias a la luz sea ponerse en el lugar de quien las motiva y, desde allí, intentar analizarse. Por eso durante unos instantes voy a ensayar un cambio de sexo y de credo, aunque sea sólo en un plano teórico, lo que me obligará a sembrar el texto de cautelosos adverbios y prudentes locuciones de duda. El planteamiento parte de una ficción, en todo caso, y esto me permite un desdoble ventajoso porque puedo de cuando en cuando también darle voz entre paréntesis a mi yo real, no musulmana.

Si lo fuera, si fuera musulmana, creo que no podría evitarme un buen número de asombros. El primero, ya de entrada, tener que sentirme objeto de recelosa atención para engrosar, tras un primer vistazo, las filas de una de dos categorías: que llevo el pañuelo a la cabeza (y admito que no me gusta su porqué), la de mujer indudablemente sometida; que no lo llevo, la de mujer heroicamente emancipada. Si fuera musulmana, es muy probable que me molestara ese presuponerme a priori una derrota o una victoria en la guerra de la igualdad de sexos. Más aún si, decidiendo cubrirme, quien me acusa de estar subyugada a varón es por ventura una de entre los miles de españolas que se someten cada año a cirugía estética (en intervenciones de este tipo, nuestro país es el primero de Europa y el tercero del mundo en proporción al número de habitantes). Claro que en su caso no hay un trasfondo religioso, con lo cual nada tiene que ver.

Si yo fuera musulmana, en relación con lo anterior acaso estaría un poco harta de que se extendiera una duda permanente sobre mi libertad para elegir cubrirme o no cubrirme los cabellos: si soy niña, porque me obliga mi padre; si soy adulta y casada, porque me obliga mi marido; si soy adulta y soltera, porque me obliga la presión social cuando vivo con mi familia, o el peso indeclinable de la tradición cuando estoy lejos de ella (pero yo conocí en la Complutense a varias egipcias, unas llevaban el hiyab, otras no, y las primeras no tenían en la desenfadada y laica Mayrit de hoy ningún condicionamiento externo; entonces, ¿eran islamistas radicales? Jamás pensaría yo eso de mi amiga Hayam, quien me demostró tantas bondades). Si yo fuera musulmana, en materia de libertad quizá me parecieran hasta cómicas tantas otras esclavitudes cotidianas que no pasan por tales.

En mi condición de mujer practicante del islam, tal vez me llamase la atención estos días la incongruencia de quienes pretenden colar como creíble el argumento de que no puedo llevar el pañuelo en el aula por el mismo motivo que un compañero mío no puede lucir su gorra de rapero. Y por tanto, si fuera musulmana, probablemente hasta sintiera como un insulto a mi inteligencia que con una equiparación tan falaz se pretendiera escurrir el bulto hacia los consejos escolares de cada centro. Si fuera musulmana, no entendería por qué debo descubrirme yo en tal instituto, pero no una amiga mía que estudia en otro, a dos kilómetros de distancia: ¿la supuesta discriminación tiene que ver con los puntos geodésicos? En fin, si fuera musulmana (e incluso no siéndolo, como no lo soy), pediría algo más de limpieza, de transparencia, de valentía, al tratar todo este asunto.  

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