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Las naciones unidas de Madrid – “farlopa” y tam-tams – degradación y establishment grafitero

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Hay mucho de error en pensar que la poesía urbana son las inscripciones tribales y las pegatinas de los cerrajeros y no, por ejemplo, los caballos de Marly, los soportales de las plazas castellanas o la perspectiva gloriosa de una cierta avenida bien delineada y arbolada.

Un día aparece un cristal roto, una pintada que nadie borra y al día siguiente se abre una tienda de alquiler de bicicletas donde hubo una confitería de prestigio. Los ultramarinos chinos atraen una superpoblación exótica y -por lo general- alcohólica en una calle que fue pacífica y burguesa y hoy concentra a las naciones unidas de Madrid, a veces con tam-tams y siempre con ociosidad un poco maleante. Poco tiempo atrás, un joven melenudo y violento, con vestiduras negras, sintió al pasar por una esquina la compulsión de sacar un rotulador y marcar para siempre la piedra con una "FARLOPA" subrrupestre que seguramente no quería ahí la comunidad de vecinos: me hubiese gustado decirle algo pero en realidad no lo vi en predisposición de diálogo, aunque de modo innegable tuviera pinta socialista. La autoridad municipal emplea, cada año, seis millones de euros y cien trabajadores en quitar todo género de pintadas que contribuyen a dar al espacio urbano un paisajismo muy Bronx. Son fenómenos de degradación que vienen a ser un comienzo porque después llegarán para hacer caldo la toxicomanía callejera y la prostitución e incluso el sonar de la campanilla de un leproso. Catedráticos de historia del Arte, por su parte, afirman que el grafiti es "estéticamente progresista"; otros quieren llevarlo a los museos y, al final, hay grafiteros sin nombre que quisieran colocar su obra al lado de Velájquez. Lo que quieren hacer es quitarle del museo porque Velázquez precisamente no les sirve de coartada. Todo está en las páginas de cultura y sociedad que tanto merecemos. Hay mucho de error en pensar que la poesía urbana son las inscripciones tribales y las pegatinas de los cerrajeros y no, por ejemplo, los caballos de Marly, los soportales de las plazas castellanas o la perspectiva gloriosa de una cierta avenida bien delineada y arbolada. Al final puede compararse si el paisaje sin humanidad de las vías de tren asaltadas por grafiteros constituye una civilización más dulce que los espacios de Siena, los misterios de Toledo, las terrazas de las plazas mayores o el juego de los niños frente a la catedral, sin miedo a pincharse con una jeringuilla. Ya puestos, la Quinta Avenida tiene otras hechuras y también está en Nueva York. La vida urbana siempre conlleva marginalidad y degradación y por eso mismo hay que resistirla y no apoyarla. El Ayuntamiento de Leganés fomenta la plaga grafitera y quizá esto se comente con entusiasmo en los telediarios pero no hace más codiciadero a Leganés. El debate sobre el grafiti llega después de que tomaran las galerías de arte esas puertas de baño de las estaciones de servicio con alusiones genitales y políticas. Incluso quien se dedica a pintar "FARLOPA" sobre el mármol es hijo ya de sólidos burgueses y el pretexto social entretiene a eruditos con mucho tiempo libre, del mismo modo que el grafiti ya es detestable por esa ortografía que ha causado también tanta polémica entre filólogos que en alguna cosa han de trabajar. Como siempre, en las conversaciones está ausente el comerciante honrado al que le pintan el comercio sin dar su asentimiento o el contribuyente sangrado por el consistorio para limpiar la hediondez que otros causaron.

En los barrios de la contestación, es muy seguro que lo más contestatario sea el gusto por el Tiépolo y no por el grafiti, estudiar por prosperar y no drogarse, contribuir a una vida de mutuas cesiones y armonías que no haga de la urbe algo inhabitable y amazónico. Del salón y el café a los botellones hay una tremenda cuesta abajo. Tomar como alto ejemplo artístico la vuelta a las cavernas daría para seminarios sobre nihilismo y muerte de la pintura: vean ahí un legado de nuestro amado siglo XX, donde el arte quiso tener una significación más populista que decorar honradamente los jardines para todos o las paredes exclusivas de los ricos. Como el hip-hop, que algo tenga su importancia demográfica o numérica no debería llevar a consideraciones halagüeñas. Volver al territorialismo de los lobos y a la afirmación más arcaizante de la vanidad merece más atención antropológica que artística.

Ciertamente, el arte no es ya lo importante que era y sin escuelas nacionales, al menos tenemos a grafiteros de barrio. Ahora mismo la polémica ha de estar en seguir por la vía salvaje o acceder a las paredes gratuitas, a las galerías y museos para reflejar ahí una creatividad plana y tosca y una expresión primaria. Sería un establishment grafitero, del extrarradio a las galerías pijo-bobas del barrio de Salamanca. Habrá que optar por el reaccionarismo si eso implica preferir los caballos de Marly y una edad más cortés antes que un coprolito pagado por el contribuyente y pintarrajeado por los bárbaros.

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