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Tribuna libre

Que nadie calle, que nadie nos calle

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Lo más escandaloso de la agresión sufrida por Arcadi Espada es el silencio: cada semana se apaga una alarma

Lo más escandaloso de la agresión sufrida por Arcadi Espada y sus compañeros de la plataforma Ciutadans de Catalunya durante el acto que intentaban celebrar en Girona no es el golpe que le alcanzó, ni los insultos y carreras, ni las amenazas que tuvieron que escuchar, ni siquiera el miedo de los que huyeron o la soledad de los que quedaron.   Tampoco es lo más escandaloso el que la policía –me da igual si autonómica, nacional o planetaria— actuara poco, tarde o mal. Ni tampoco el que los oradores tuvieran que salir del recinto a escondidas, protegiéndose en los rincones de la persecución de sus linchadores, como si los malhechores y delincuentes fueran ellos.   No es tan escandaloso que eso haya sucedido un día 5 de junio del año 2006 en Girona. Hay rincones en España donde la persecución, la agresión, el linchamiento moral y físico e incluso el asesinato de quien disiente, de quien no piensa igual, son el pan nuestro de cada día desde hace décadas. Hay rincones de esta España constitucional y democrática, con gobiernos elegidos por sufragio universal y sostenidos sobre el quicio de la libertad de expresión y prensa, en los que muchas personas no pueden decir lo que piensan y no pueden escuchar a quienes piensan como ellas. Que ayer fuera Arcadi objeto de una agresión puntual no es por tanto, tan escandaloso si hemos de medirlo en términos comparativos con lo que padecen otros españoles en otros territorios de esta nación.   Lo más escandaloso es que las sirenas de alarma estén apagadas desde hace tiempo y que cada semana que pasa, se apaga una más. El silencio: eso sí que es escandaloso; el silencio de los demás, de los que no hemos sido agredidos, de muchos políticos, de otros periodistas. No podemos seguir mudos. Hay que decir que no puede ser, que la libertad es nuestra y queremos mantenerla, que nadie tiene derecho a silenciarnos o a silenciar a quien queremos oir, que nadie puede silenciar a nuestro adversario en ideas. Que no queremos que calle nadie ni que nadie nos calle.   Lo escandaloso, efectivamente, es que algunos no entienden que la exclusión del contrario sólo abre la puerta para la propia exclusión. Y más aún: lo aterrador del momento presente es que esta ceguera se extiende, crece cada día, y amenaza con dejarnos a todos en la oscuridad más absoluta. Porque cada día son más los que anteponen otros valores (nación, paz, bienestar) a la libertad, como si fuera posible un futuro de paz, patria y bienestar que no esté sustentado, construido y cimentado firmemente sobre el principio fundador de que todos somos iguales; que todos tenemos los mismos derechos y libertades y que todos nos debemos, por tanto, el mismo respeto.

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