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El nuevo Madrid

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Las cuatro nuevas torres que se construyen en la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid parece obviar la pregunta: ¿qué ciudad queremos?

El skyline de Madrid está en rápida transformación. Velozmente se alzan gigantes de 190 metros de altura, añadiendo nuevas siluetas al tradicional perfil de la capital. Desde la Sierra cercana, es asombroso el efecto del recorte de los edificios más altos de la ciudad. Hasta ahora contábamos con las torres inclinadas, el edificio Picasso, torre Europa y el “pirulí”, que conformaban las principales alturas de la urbe.   Actualmente son cuatro las nuevas torres que compiten para ganar el cielo madrileño. Me refiero a las que se construyen en la antigua Ciudad Deportiva del Real Madrid, resultado de un polémico convenio entre el club deportivo, el Consistorio y la Comunidad autónoma. Pocos hablan del impacto ambiental que producirán esos “monstruos edificados”, ni de las consecuencias que causarán en la ciudad.   La gente parece pensar solamente en que los rascacielos están asociados al progreso, a la demostración de poder, el auge de la técnica y el desarrollo de la actividad económica de una población. Además, se dice, con ellos Madrid se sitúa en el tercer puesto del dinamismo económico de Europa. Nadie niega que proporcionarán una imagen más moderna a la ciudad, a lo que ayuda el equipo de prestigiosos arquitectos que trabajan para lograrlo.   Lo que se olvida es la respuesta a una pregunta de fondo: ¿qué ciudad queremos?  El arquitecto holandés Rem Koolhaas no hace mucho se sorprendía positivamente de la capacidad de transformación de las ciudades americanas. Y apuntaba entre otras a Atlanta que, en muy poco tiempo, cambió radicalmente. ¿Es éste el tipo de transformación que necesita Madrid? Pensemos, por ejemplo, en Nueva York. La belleza de su skyline te seduce de lejos. Pero sólo cuando te instalas en la ciudad y comienzas a “vivirla” descubres, poco a poco, lo inhabitable que resulta. Madrid no es Nueva York, pero parece como si nos empeñáramos en reproducir aquí el colosalismo de las urbes norteamericanas. Con ello estamos erosionando lo que ha caracterizado a Madrid: su escala amable, cercana y humana.

No todo es negativo en el nuevo Madrid de Gallardón. El soterramiento de la M-30 a su paso por el Manzanares carece de la espectacularidad de las torres, su incidencia en el skyline madrileño será nula, pero la repercusión a nivel urbano será extraordinaria. Naturalmente, si dejamos de politizar el proyecto y permitimos, de una vez, a los equipos de arquitectos ganadores del concurso ponerse manos a la obra.

No se olvide que, con este proyecto, se intenta hacer realidad el viejo sueño de dotar a Madrid de un paseo fluvial, actualmente “paseo rodado”. No quiero decir que el Manzanares sea un “gran río” comparable al Sena, el Rin o al Moldava a su paso por Praga. Lo que deseo recalcar es que este “pequeño” río, ha estado siempre muy ligado a la memoria histórica de los madrileños. Un fenómeno fluvial que, con sus antiguas praderas, ha modelado en buena medida las costumbres y el ocio de la antigua población. Goya supo valorarlo como nadie al ver en ellas una de las principales señales de la identidad de Madrid. Si a ello añadimos que su valle ha originado una de las cornisas más bellas de la ciudad, coronada por el Palacio Real y San Francisco el Grande, se entiende enseguida la magnitud y el acierto del proyecto al que me refiero.

La realidad es que la M-30, el estadio de fútbol Vicente Calderón y alguna otra “anomalía” urbanística han producido el lamentable efecto de esfumar “a lo largo de los últimos decenios” casi todas las connotaciones históricas, paisajísticas o poéticas de la zona. El concurso convocado por el ayuntamiento para la adecuación de los márgenes del río, unos 500.000 m2, puede y debe devolver una mayor habitabilidad a la zona. No brillará de lejos como las cuatro torres pero supondrá una honda transformación del paisaje urbano, una mejora de la calidad de vida del ciudadano y una muestra de valentía que Madrid merece.