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Tribuna libre

El nuevo Munich, en las antípodas del viejo

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La intervención de Putin en Conferencia de Seguridad en Munich exacerbó recelos y desagrado con respecto a Rusia.

La intervención del presidente ruso Vladímir Putin en la reciente Conferencia de Seguridad de Munich quedará grabada en la memoria de todos por largo tiempo. No es casual que muchos políticos la compararan con el célebre discurso de Winston Churchill en Fulton que, como es sabido, inició la “guerra fría”.

Naturalmente, la comparación puede parecer exagerada, pero, a decir verdad, fue recibida con desagrado por los políticos occidentales reunidos en la capital bávara. En su discurso, correcto en las formas, Putin resumió con dureza el período, bastante largo, de relaciones entre la Rusia temporalmente debilitada por la desintegración de la URSS y Occidente. Se refirió a las promesas dadas a Moscú durante todos los años pasados e incumplidas por Occidente. Calificó de ilícita la aproximación de las fuerzas noratlánticas a las fronteras de Rusia. Y recalcó el carácter peligroso de un “mundo unipolar” que “implica un sólo centro de poder en Washington” imponiendo sus leyes internas y su propia visión del mundo a toda la comunidad internacional, lo que en muchos países provoca un descontento plenamente legítimo. Mencionó hechos concretos y, a mi modo de ver, convincentes, pero creo que no merece la pena repetirlos aquí, ya que el texto de la intervención de Putin se encuentra íntegro en Internet, y además, fragmentos de su discurso han sido ampliamente divulgados.

Hasta cierto punto, este nuevo Munich se convirtió en antípoda sui generis del viejo Munich de los tiempos de Chamberlain, símbolo de debilidad política y de concesiones. Por boca de su presidente, Rusia declaró con firmeza que no piensa ceder a las presiones occidentales y que seguirá practicando su política exterior e interior de manera con plena independencia. En cuanto a la aproximación de la OTAN a sus fronteras, se dará una respuesta asimétrica, pero adecuada: los argumentos de que todas esas medidas se adoptan en favor de la seguridad europea, con el fin de proteger al Viejo Continente de los países cimarrones, son un auténtico bulo. Para convencerse de ello basta con echar un vistazo al mapamundi. ¿Dónde están Irán y Corea del Norte? ¿Dónde la República Checa y Polonia? Rusia no va a invertir fuerzas ni recursos en construir un sistema de defensa antimisiles, muy costoso y no demasiado seguro, pero adoptará las medidas necesarias para equilibrar la situación creando fuerzas complementarias capaces de burlar la sombrilla occidental antimisiles. Y esto no es simple verborrea. O sea, que para Europa no hay beneficios ni por asomo.

Cabe señalar que en lo referente a Moscú tampoco está todo claro. Para hallar respuesta, es menester analizar más a fondo los resultados de la controversia.

Por un lado, nadie podrá refutar en serio las quejas concretas presentadas por Rusia: el incumplimiento de todas las promesas dadas por Occidente después de la desintegración de la URSS, la caída del muro de Berlín y la liquidación del Tratado de Varsovia. También es evidente que la actual Administración de Washington busca imponer su voluntad a todo el mundo. Por otro lado, ningún político realista de Occidente, ante todo en Europa, desea revivir el fantasma de la “guerra fría”: los intereses de los sectores empresariales rusos y occidentales se han entrelazado muy estrechamente. En realidad, Occidente quisiera ver una Rusia “distinta”.

Pero no es difícil constatar que el discurso de Putin, pese a su gran resonancia en Occidente, de hecho no surtió efecto alguno, ya que a los políticos occidentales poco les importan los errores propios, que conocen mejor que Moscú; además, el mandatario ruso silenció los errores de la propia Rusia, defraudando así las esperanzas de los presentes en el acto. Resultado: el encuentro se convirtió en un diálogo de sordos. Es más, la intervención de Putin en Munich exacerbó recelos y desagrado con respecto a Rusia.

Por su parte, también Occidente se abstuvo de la autocrítica, que, por lo visto, esperaba el orador. Al contrario, los políticos occidentales se reafirmaron en su convicción de que todo lo hecho en el pasado ha conseguido el efecto perseguido.

Pero vale la pena destacar otros aspectos. Por supuesto, que el secretario de Defensa de EEUU mida por el mismo rasero a Rusia y Corea del Norte resulta a primera vista absurdo. Sin embargo, se puede enfocar desde una óptica distinta. Al comentar lo dicho por Robert Gates, la conocida defensora de derechos rusa Liudmila Alexéyeva, cuyos criterios no pecan de fanatismo ni de radicalismo exagerado, apuntó que, naturalmente, la actual Rusia no tiene nada en común con Corea del Norte, que en la tierra rusa no existe un régimen totalitario, pero que Gates percibió con razón determinadas tendencias alarmantes.

¿De qué se trata? Rusia, que los últimos años refuerza su economía, restablece el potencial militar y científico y resuelve con éxito muchos otros problemas de vital importancia, avanza a paso muy lento en su desarrollo democrático y en algunos casos da incluso un paso atrás, por ejemplo, en su legislación electoral.

Por ello, también en Occidente revive el fantasma de la incertidumbre con respecto a Rusia, y eso siempre da lugar a recelos.

Ahora las conclusiones corren a cargo de Occidente y, en lo que a Rusia se refiere, las recomendaciones están a la vista. Indudablemente, hace falta fortalecer las fronteras y las fuerzas armadas. Pero no menos útil para el país sería una “segunda oleada de democratización” capaz de refrendar los resultados logrados, subsanar los errores cometidos y hacer avanzar el proceso. De esta manera, al Kremlin le será más fácil establecer diálogo con Occidente y mejorar la vida del pueblo ruso.

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