Viernes 09/12/2016. Actualizado 01:00h

  • this image alt

elconfidencialdigital.com elconfidencialdigital.com

La web de las personas informadas que desean estar más informadas

·Publicidad·

Tribuna libre

Los nuevos ricos

    • Facebook (Me gusta)
    • Tweetea!
    • Google Plus One
  • Compartir:

Es mejor un “nuevo rico” que un pobre perpetuo. Los “colonizados” que entregaron sus recursos naturales, recibieron a cambio la ayuda necesaria para el desarrollo.

Hacer fortuna en breve plazo de tiempo ha dado lugar a la ya nutrida clase de los “nuevos ricos”. Gentes que, de la práctica pobreza, han pasado a nadar de repente en una confortable riqueza. Estos nuevos ricos proliferan hoy en municipios de escasos habitantes. Se trata de modestos agricultores con discretos recursos a los que un inesperado desarrollo urbanístico ha señalado con el dedo de la fortuna. Son pequeños pueblos que, por su cercanía a las grandes urbes o a la costa, se han visto invadidos por las máquinas explanadoras de los promotores. Ante una demanda insaciable de nuevas viviendas, han urbanizado "en cascada". En esas pequeñas poblaciones, antaño llenas de paz y sosiego, resguardadas del activismo frenético de las grandes ciudades, se está produciendo un boom de riqueza que recuerda, aunque en sentido inverso, viejos territorios colonizados por el invasor extranjero. Intentemos explicar las causas del fenómeno.

Por un lado, está la agobiante necesidad de vivienda en las grandes ciudades que genera una demanda, la mayor parte sin respuesta, por el alto coste del metro cuadrado. Entonces, la marea del mercado de vivienda gira hacia la periferia, y acaba arrasando poblaciones pequeñas donde el suelo permite casas y jardines mayores. De este modo la elección –al mismo precio- se plantea entre un piso de 80 metros cuadrados en la periferia de las ciudades o un chalet adosado de 180 metros cuadrados, con jardín, en la ampliación urbanística de un pueblo. Como no hay duda en la apuesta, el fenómeno ha transformado municipios de 500 habitantes en grandes urbanizaciones con el doble o el triple de habitantes.

Por otro lado se encuentran los modestos ­ -y enseguida, afortunados- propietarios de simples patatales, que de la noche a la mañana se han convertido en millonarios. De dueños de un suelo que producía escasos beneficios se han tornado en algo parecido a los jeques que encontraron petróleo bajo sus tierras. A la vez, al no cambiar de residencia, han visto la notable transformación que supone doblar, en dos o tres años, el número de vecinos del pueblo. Tal vez esto explique sucesos como el acaecido en un pueblo de Galicia, donde los vecinos se han amotinado ante los planes urbanísticos del ayuntamiento. Algunos se muestran refractarios a la riqueza cuando es al precio de la destrucción del hábitat natural del pueblo. Se resisten a la explotación económica desenfrenada cuando comporta un empobrecimiento en su propia identidad cultural, social y personal. No están dispuestos a pagar cualquier precio por la radical transformación de la arquitectura, la geografía o la historia de sus pueblos.

En fin, los ayuntamientos de esos pueblos, gracias a las licencias urbanísticas, han pasado de gestionar un presupuesto reducido a mover decenas de millones de euros. Resulta preocupante comprobar cómo algunos consistorios lideran una transformación de esa magnitud sin tener los conocimientos, ni las herramientas necesarias para gestionar la vertiginosa riqueza emergente del urbanismo actual. Naturalmente hay excepciones. A todo esto han contribuido leyes, alguna modélica, como la de ordenación del territorio de Castilla-La Mancha (LOTAU), que ha puesto un eficaz dique a la terquedad, la ignorancia o las pasiones personales que hacían de candado para el desarrollo de las poblaciones. Pero insisto, el nuevo rico más peligroso es un ayuntamiento que no sea capaz de gestionar sus recursos. No sólo los económicos, sino los que le confiere la propia ley por medio de las cesiones que obligan al agente urbanizador: zonas verdes, viales y equipamiento.

Es lamentable comprobar que algunos ayuntamientos no saben qué hacer, por ejemplo, con las zonas verdes que les llueven como cesiones. “¡Que las pinten de verde!”, dicen a los promotores. O que la estructura organizativa no se vaya adecuando a las necesidades de gestión, mantenimiento o seguridad que requiere el crecimiento de un espacio urbano. No es demasiado pedir la contratación de un arquitecto que ponga orden en el caos urbanístico. Caos al que suelen conducir otras fórmulas chapuceras, como es el caso de los “técnicos honorarios”, fuente de tantos conflictos.

Desde luego, es mejor un “nuevo rico” que un pobre perpetuo. No hay que olvidar que los “colonizados” que entregaron sus recursos naturales, recibieron a cambio la ayuda necesaria para el desarrollo. Pero no es mucho pedir que la sobreabundancia de euros vaya acompañada de un desarrollo razonable que contribuya al progreso humano de los habitantes de esos lugares. Un desarrollo caótico suele pasar factura a la larga.