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Sobre la ocultación

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El Gobierno intenta denodadamente implantar un apagón informativo entorno a sus más que oscuras conversaciones con la banda terrorista ETA

El Gobierno intenta denodadamente implantar un apagón informativo entorno a sus más que oscuras conversaciones con la banda terrorista ETA. Pretende que se de carta libre, sin explicaciones y sin control a sus manejos e indecentes trueques clandestinos. ¿Qué reuniones habrán mantenido este verano y estarán manteniendo ahora mismo sentados frente a frente con criminales con las manos repletas de sangre?,¿De que estarán hablando con esos miserables?   A pesar del velo de silencio, algunas bochornosas noticias van saliendo a la luz. Son los propios terroristas los que espolean y coaccionan a sus interlocutores contando los contactos y pactos que el PSOE mantuvo con ETA antes de las elecciones de 2004 y que ponen de manifiesto de forma clamorosa su falta de escrúpulos y de lealtad institucional. Los portavoces de los terroristas están desvelando que no están contentos, que las conversaciones no van bien, por eso chantajean al Gobierno con actos de vandalismo callejero y –probablemente- con amenazas de desvelar más secretos indignos o de volver a apretar el gatillo.   Las actuaciones que el partido socialista ha emprendido para lograr la “paz” se enmarcan en una estrategia de cesión y de claudicación, de vulnerabilidad a la coacción, de cambio del modelo de estado, de ruptura de “facto” del consenso constitucional. Las múltiples concesiones y su calendario correspondiente pactados en la clandestinidad con ETA –aunque sea de palabra y a través de su brazo político- son de una gravedad sin precedentes y de consecuencias muy difíciles de remediar. Se pretende pasar por encima de la Ley y dejar a las instituciones al margen de las decisiones políticas creando mesas que pretenden llamar de diálogo, sin ninguna legitimidad democrática y cuya única finalidad es imponer las tesis de ETA, del separatismo radical.   Pero no solo eso, si el Gobierno concede a los asesinos los objetivos por los que llevan cuarenta años matando -además de traicionar a las víctimas, de ser los responsables de la ruptura de la Nación española- dejaran a los pies de los caballos a los miles de vascos que siguen resistiendo en el País Vasco, que siguen intentando vivir con naturalidad su condición de vascos y españoles. ¿Qué sería de ellos bajo la dictadura nacionalista?. ¿Cómo se les garantizarían sus derechos y libertades, si ni siquiera ahora se encuentran en un plano de igualdad con la estirpe superior de los vascos nacionalistas?. La Declaración Universal de los Derechos Humanos dice en su artículo 3 que todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona y en el artículo 19 que todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión. ¿Qué sería de esos derechos en un País Vasco controlado por los etarras reciclados, por el nacionalismo recalcitrante, excluyente y radical?   Ojalá nuestros gobernantes se den cuenta de que el crimen no se puede premiar jamás, que el resultado de pactar con terroristas es catastrófico, que la democracia, el estado de derecho y la libertad son irrenunciables. Ojalá rectifiquen, ojalá la trampa del “proceso de paz” fracase. Porque entonces habrá esperanza de que triunfen la justicia, la libertad, la democracia y la verdadera paz, basada en el respeto, la tolerancia y la convivencia.