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Cuando el odio se hace arte

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El debate sobre la libertad de expresión ha vuelto a subir de temperatura. Leo Basi ha sido la última víctima de los que intentan amedrentar por la fuerza.

Hace unos días alguien trato de amedrentar a Leo Bassi poniendo un artefacto casero en las proximidades de su camerino, en el Teatro Alfil de Madrid. Afortunadamente el incidente no causó ningún tipo de daño físico, pero el debate sobre la libertad de expresión ha vuelto a subir de temperatura. Vaya por delante mi absoluta condena al empleo de agresiones en supuesta defensa de unos valores religiosos que condenan, precisamente, la violencia. Considero también que el altercado del Teatro Alfil se trata de un hecho aislado, absolutamente lejano al sentir de los cristianos, que ya han manifestado de mil formas pacíficas al señor Leo Bassi que su ofensa salvaje y gratuita está completamente fuera de lugar en una sociedad que respeta las creencias y valores de los demás. Tal vez, como él mismo dice, en otros lugares del mundo podrá representar esa obra sin inconveniente, pero alguien debería explicar a este presunto cómico italiano que aquí en España luchamos por respetarnos unos a otros. Este hecho, tan desafortunado como absurdo, ha tenido trágicas consecuencias: por una lado, la prensa anticatólica ya tiene excusa para lanzar todo tipo de incalificables palabras contra la Iglesia. Y por otro, Bassi -autoreconvertido de destructor a víctima- ha logrado una extraordinaria campaña de publicidad de su obra abierta e innecesariamente blasfema. Todo lo que está sucediendo debe llevarnos a una seria reflexión sobre los límites de la libertad de expresión en las representaciones artísticas. La música, el cine, el teatro en Europa atentan a diario de forma directa, premeditada y gratuita contra las creencias de millones de cristianos. A veces, personajes de dudoso talento, como Bassi, se ganan la vida rapiñando euros a base de la repetición de blasfemias y provocaciones. Bassi no hace humor, no hace gracia, ni siquiera es un provocador, simplemente se enriquece a costa de humillar y ofender a los que no piensan como él en materia religiosa o política. Atenta con especial dureza, además, contra quien sabe que pondrá la otra mejilla. Esto lo sabe muy bien Rodríguez de Haro, que contaba con que nadie replicara su obra con un estreno titulado “Me cago en Íñigo Ramírez de Haro”. Y así fue. Muchos han expresado estos días —a raíz de la “polémica de las caricaturas”- que lo ideal es la autoregulación de la propia libertad de expresión del artista. Esta es por ejemplo, la postura del cómico Andreu Buenafuente. Pero aquellos artistas que deciden, por un puñado de euros, traspasar la línea de la bajeza moral son los que ponen en riesgo la libertad de expresión, porque ésta da por supuesto una autoregulación que no se lleva a cabo en todos los casos. Quien provoca este debate sobre la libertad de expresión no es el que se manifiesta dolido de forma pacífica, sino quien ofende gratuitamente. Aunque también es de justicia destacar que quien después pone aún en un riesgo mayor a la libertad de expresión es el que utiliza la violencia para defender el derecho a sentirse respetado. Que la totalidad de los cristianos condenen el intento de amedrentar de forma violenta a Bassi no significa que el payaso italiano no deba replantearse si debe continuar con su burda representación. No por los actos violentos, sino por la cantidad de cristianos y no cristianos que creemos innecesaria esa sucesión de ofensas. Hay un argumento que estos día llena con frecuencia la boca de políticos y pensadores progresistas: “El que no quiera, que no vaya a ver la obra de teatro”. Lo que parecen desconocer quienes piensan así es que una gran mayoría de españoles se sienten heridos sabiendo que en un país donde teóricamente se respetan las creencias de todos, un bufón llamado Bassi “consagra” preservativos, realiza parodias de la liturgia, se ríe y pide la prohibición de las misiones de la Iglesia, ridiculiza y parodia a Benedicto XVI e incluso al recientemente fallecido Juan Pablo II, desprecia todo lo que puede las Sagradas Escrituras, simula una Iglesia que se convierte en discoteca para atraer feligreses, repite mil y una veces lo mucho que odia a los creyentes y se jacta de lo que disfruta ofendiéndolos... para terminar sortea formularios para “darse de baja” de la Iglesia Católica. Da igual no verlo, da igual no ir al teatro, la ofensa es exactamente la misma. Francamente nadie espera nada de alguien que se hizo famoso por comer excrementos de animales en directo en una televisión privada, pero los cristianos —además de condenar el acto violento contra Bassi- esperamos algo más de los responsables de que esa decadente obra —que no es de arte, porque el insulto sólo puede considerarse arte en la pluma de muy pocos elegidos- siga adelante.