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El pacto Zapatero-Rajoy

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Una clara mayoría de españoles quieren que, ante el desafío separatista que supone el Plan Ibarretxe y lo que se atisba que llegará desde Cataluña, los dos grandes partidos nacionales se entiendan, se pongan de acuerdo para, simplemente, defender la unidad y la soberanía nacional. La pregunta es: ¿el acuerdo que alcanzaron el pasado viernes en la Moncloa, Zapatero y Rajoy, será eficaz y suficiente para conseguir ese objetivo? Sólo el tiempo despejará esa incógnita, por lo que de momento habrá que atenerse a una serie de evidencias que están ahí y que pueden inclinar la contestación en una dirección o en otra. No fue un buen comienzo para demostrar la solidez de ese acuerdo, el "cómo" lo explicaron unos y otros. El Presidente del PP vino a decir que le había ofrecido al Presidente del Gobierno un pacto para defender la Constitución, la unidad y la soberanía nacional y que, si como consecuencia de ese acuerdo, a ZP le sobreviniese problemas de estabilidad parlamentaria porque algunos de sus socios actuales le abandonara, el PP se comprometía a garantizar esa estabilidad, a través de sus 148 diputados. Por su parte, la explicación de la Vicepresidenta del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega consistió en decir que Zapatero le había ofrecido a Rajoy un pacto de lealtad institucional y que el PP había aceptado negociar tanto las reformas constitucionales que el Presidente del Gobierno había anunciado en el Debate de su Investidura; las reformas de los Estatutos de Autonomía que fuesen planteados por los Parlamentos correspondientes y el sistema de financiación tanto autonómico como el de la Sanidad Pública. Es decir, un mismo hecho -un posible pacto entre los dos grandes partidos nacionales, que agrupan al 80% de la representación popular-, explicado a la opinión pública de forma muy distinta. La gravedad de la situación, la preocupación de los ciudadanos viene dada, no porque en Murcia, en la Rioja, en la Comunidad Valenciana o incluso en la de Madrid se planteen reformas estatutarias encaminadas a reclamar alguna competencia más que ahora mismo detenta la Administración Central. Tampoco esa gravedad o preocupación está producida porque se quiera cambiar la Constitución en lo que hace referencia a la preeminencia del varón sobre la mujer en la línea de sucesión al Trono del Reino de España. No, la gravedad, la preocupación, la producen situaciones como las creadas por el Plan Ibarretxe que, por mucho que se empeñe su mentor en enfatizar que se trata de un plan de "convivencia amable con España", lo que realmente persigue es la separación de una parte del territorio nacional. Y esa preocupación aumenta, cuando se oye decir a Carod Rovira que para ERC, el Plan del lehendakari se queda corto y que ellos lo que quieren directamente es conseguir una Cataluña, no en España sino como un Estado más en Europa. Ha hecho falta que el Parlamento Vasco aprobara hace casi tres semanas el citado Plan, gracias a tres votos de ETA-Batasuna, o que Ibarretxe explicara alto y claro desde la magnífica tribuna que Zapatero le dejó en el Palacio de la Moncloa que no está dispuesto a respetar ni a acatar lo que el Congreso de los Diputados decida sobre su Plan, y que, por lo tanto, convocará un referéndum, para que algunos pusilánimes se cayeran del caballo y se dieran cuenta que lo que algunos veníamos diciendo y avisando hace tiempo, no eran exageraciones ni ganas de cargar las tintas. También algunos venimos diciendo que tarde o temprano, y tal como van las cosas más lo segundo que lo primero, Zapatero tendrá que optar. No es posible hacer frente a este desafío soberanista con sus actuales socios de gobierno en Madrid y Cataluña. Izquierda Unida apoyó el Plan Ibarretxe en el Parlamento Vasco y ERC ha anunciado que lo hará en el Congreso de los Diputados. Evidentemente, si ZP opta por el acuerdo con el PP, el coste político que puede tener es que Esquerra deje "caer" el actual Gobierno de la Generalitat y le retire el apoyo de sus ocho diputados en Madrid. Para resolver el primer problema, Maragall siempre podría disolver el Parlamento de Cataluña y convocar nuevas elecciones con la esperanza de afianzar sus resultados. Y para la situación creada en el Congreso, ZP ya conoce la oferta de Rajoy. Ahora es cuestión de esperar y ver. Como muy gráficamente ha expresado la eurodiputada socialista Rosa Diez, "se ha acabado el tiempo de recreo". Es verdad, algunos han estado jugando en ese tiempo con fuego y si no se han llegado a quemar ha sido de auténtico milagro.