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El parte

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Con pulso de rata anémica en ayunas, con la única luz de una farola a medio gas, y con el coche humeando por todas partes menos por el tubo de escape, no es fácil encontrar en la guantera unos impresos en los que nunca he reparado antes.

Ya lo puedo contar. Hace un par de meses tuve un pequeño accidente de coche. Un golpe en ciudad. Ya saben. Tarde monótona y oscura. Anochecer temprano. Paseíto a 30 por hora por una ciudad monumental. Nada interesante a la derecha. Nada interesante a la izquierda. De pronto, con el coche en marcha, se produce el giro de cabeza. Trescientos grados a estribor. “¡Anda!, han abierto una cafetería nueva, hay que ver qué mona les ha quedado”. Fila de coches parados. Freno a tutiplén. Torpe resbalón sobre el pedal. Vía libre. Hiiiii. Marcas negras en el asfalto. ¡Catacrás! Monumental trastazo. Oh, cielos. Hago recuento de piños. Están todos. Suspiro, valor y al toro.

- Buenas tardes y lo siento muchísimo. – Me adelanto, encantador.

- Buen golpe, sí señor. – declara el impactado, conciliador.

- Es el primero que me doy contra un objeto animado – apunto, en confianza.

- Su coche ha quedado hecho un asco, la verdad.

- Ciertamente. En cambio el suyo está bastante bien. Si quiere se lo remato.

- ¿Cómo dice?

- Bromeaba. ¿Hacemos los papeles?

Con pulso de rata anémica en ayunas, con la única luz de una farola a medio gas, y con el coche humeando por todas partes menos por el tubo de escape, no es fácil encontrar en la guantera unos impresos en los que nunca he reparado antes. Por suerte, mi acompañante sí. Por lo visto, también hay profesionales en esto de los choques.

Sobre el capó del coche del impactado, bolígrafo en mano. Vehículo A. Vehículo B. El dibujito. Usted venía por aquí. Usted estaba aquí parado. Usted es un poco merluzo. Los tachones de rigor. Y tormenta, para amenizar la velada. Un paraguas, a media hasta en señal de luto, protegiendo los partes de las embestidas de la lluvia. Y, de paso, de los mirones. España es, básicamente, un país de mirones.

-          Seguro que conducía borracho. – comenta una señora al pasar.

-          ¡No se puede ir tan rápido! ¿A dónde iba con tanta prisa?– responde otro viandante haciéndome gestos de desaprobación.

Nosotros, a lo nuestro, al parte amistoso. Coche A, “estaba estacionado”. Coche B, “andaba a por uvas, contemplando nueva cafetería”. Todo listo. A ver, las firmas. Garabato sereno del impactado. Firme, aquí. Garabato apresurado del impactante.

-          Ha firmado usted sobre el capó, no sobre el parte. – señala el impactado algo molesto.

-          Disculpe. El blanco sobre blanco se confunde un poco con esta luz. Si no sale, póngalo a mi cuenta en el parte.

-          Firme de una vez que me esperan a cenar.

-          Firmo.

-          Hasta otra.

-          ¿Hasta otra?

-          O sea, adiós, adiós. Buenas noches.

-          Adiós. Buenas noches.

Obviamente serán buenas noches. Todo lo que suceda a partir de ahora será bueno, comparado con este espantoso trámite. Me subo al coche. Y digo yo. ¿Podrá arrancar este trasto humeante o tengo que llamar a la grúa? Doce de la noche. Lluvia. Frío. Cansancio. Lobos aullando por las calles. Asesinos en serie sueltos por la zona. Espero que arranque y me lo pueda llevar a casita. Por lo que más quieras, arranca. ¡Bien! Ya está en marcha. Avanzo dos metros sobre mis propios cristales. Cris, cras, cris. Y la pantallita empieza a pitar. Piiii. En el ordenador del coche, en letras rojas y gigantes, un mensaje: “¡STOP!”. Recurro al manual del vehículo y confirmo que es mi día de suerte: “Si el ordenador emite un pitido constante y aparece en pantalla la advertencia ‘¡STOP!’, detenga de inmediato su vehículo y apague el coche”.

Abatido, me siento en el bordillo de la acera. Levanto la mirada, me topo con el alegre letrero luminoso de la nueva cafetería, y me viene a la memoria cómo empezó toda esta absurda pesadilla. Y, ya puestos, decido entrar a tomarme un cafetito y relajarme un rato.

Pocos clientes. El camarero, aburrido, lee la prensa en la barra.

-          Buenas noches. ¿Qué desea tomar?

-          Buenas noches. Un café con leche, sin espumita, si es tan amable.

-          Ahora mismo se lo sirvo.

-          Muchas gracias.

-          ¿Qué? –comenta con sorna mientras manipula la máquina de café - ¿Ha visto el accidente ahí fuera? Dicen que ha sido un idiota que iba borracho, a toda velocidad y hablando por el móvil.

Suspiro. Bebo un sorbo de café. España.

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