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Tribuna libre

¿Qué le pasa a Pérez-Reverte?

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“Oye, tonto del haba. Soy yo, en efecto, el mismo que iba sentado a tu vera en el vuelo de Iberia. Madrid-Málaga, ya sabes. Asiento 2 D. Bisnes. Te lo digo por si no te fijaste bien en mi careto cuando te tiré encima medio vaso de agua mineral sin gas. ¿Tacuerdas, chaval? El mismo.

Ese hijoputa que te metía el codo en los riñones cada vez que se movía con cualquier pretexto, desplegar el periódico, cerrar el libro, abrirlo, sacar las gafas”. Este fragmento es del 2002. Sólo conozco a un escritor capaz de empezar así una columna de opinión en una revista de alcance nacional. Y seguro que ustedes también.  

Desde hace años sigo a Pérez-Reverte. Al articulista, no al novelista. Es una cita semanal -y Semanal- que desemboca en una relación de amor u odio, según sus puntos de vista, casi siempre bulliciosos y molestos. Una relación que es más odio que amor, porque es así como el autor se siente más cómodo, pero que siempre deja esa extraña satisfacción de descubrir a alguien capaz de encender fuego cada semana en la misma página, con la determinación del guerrero, dispuesto a poner su negro sobre el blanco sin preocuparse demasiado de lo que puedan pensar de él. Y eso es algo que se agradece mucho en este siglo de lo política y aburridamente correcto.

Como todos, el columnista de XL Semanal atraviesa etapas buenas y otras más grises, pero nunca he dejado de leerlo por esa natural oscilación. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, echo de menos al Pérez-Reverte con el que uno puede cabrearse y al Pérez-Reverte con el que uno puede entusiasmarse. A los dos. No sé si es la edad, el implacable paso del tiempo, el tedio por la rutina de la obligada cita periódica, o alguna razón más profunda que se me escapa. No sé si ya no le divierte insultar a los contestadores automáticos y redactar después la majadería, o si se habrá cansado de ajustar cuentas en público con políticos y facinerosos, o si la acumulación de demandas legales procedentes de colectivos feministas y multicolores le han embotado el ingenio. No lo sé, pero algo pasa con Arturo.

Me gusta Pérez-Reverte por la aparente facilidad con la que cada semana aborda la tarea de completar su página del “XL Semanal”, dándose a alguno de los registros con los que soluciona con elocuencia cada artículo. Al académico de la RAE se le ve recrearse cuando rescata alguna fotografía del pasado con forma de hazaña bélica, o algún acontecimiento histórico con olor a evocación cinematográfica. Vacía el cargador de su mala uva cuando arremete a gusto contra cualquier político miserable, sin importarle demasiado el color de su carné o las consecuencias de la contienda. Se muestra, cada poco tiempo, como uno de los grandes articulistas del humor español de lo cotidiano, como corroboran artículos como “Pingüinos de parafina” (2002), “El diablo sobre ruedas” (1999), “Ding, dong. Señores clientes…” (2001) o “Diálogos para besugos” (2004). Ése es, con diferencia, el Pérez-Reverte que más atrae y quizá, la principal razón para no faltar a la cita semanal de la revista de Vocento.

No descarto que todo esto sea sólo una percepción mía equivocada. Pero me preocupa que una de las grandes referencias entre los columnistas más exóticos de nuestro siglo ya no consiga alegrarme ni fastidiarme la semana con su “Patente de Corso”. En lugar del célebre articulista ahora me tropiezo cada viernes con un autor algo descafeinado. Sí, con el lenguaje de siempre, a veces sucio, de tasca, y a veces perfumado, de académico, pero carente de los recursos que solía emplear para atrapar al lector desde la primera línea. Leo en sus textos de hoy algunas reflexiones repetidas y abundantes columnas vagas, narradas sin lograr contagiarme las grandes emociones de antaño. Parece como si Pérez-Reverte hubiera perdido la ilusión por sorprender a la audiencia cada semana. Eso, en un columnista, es el equivalente a estar muerto. Y aunque no tiene por qué ser una muerte definitiva, su letargo de agudeza literaria no es una buena noticia para la prensa española, aunque Javier Solana y la presidenta de alguna asociación ultra feminista celebren esta sequía como agua de mayo.

Pérez-Reverte, en cambio, sigue vendiendo novelas como churros. Tal vez ese sea el problema. Porque debe ser muy difícil tener tanto éxito durante tantos años y seguir luchando como el día de la primera batalla contra el folio en blanco de El Semanal. A ver si un día de éstos tenemos suerte y alguna compañía aérea le pierde un manuscrito inédito, o algún fan pesado le confunde por la calle con Georgie Dann, o algún tren le deposita en Estonia cuando viaje a Sevilla, y vuelve a ser el de siempre.