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Tribuna libre

Los políticos buscan intercambiar sonrisas. El problema está en saber si son simplemente electoralistas.

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Y aunque el intento de entenderse fuera sincero, el problema de Mariano Rajoy y de José Luis Rodríguez Zapatero sería venderles, ‘ahora’, la burra a sus bases más radicalizadas.

En una semana marcada por el dolor tras el asesinato de dos jóvenes guardias civiles –y al rebufo de los 29 años de la Constitución- Rodríguez Zapatero pretende mostrar el lado bueno de su cara y quiere que el Partido Popular olvide, de una tacada, el pacto del Tinell, el cordón sanitario y hasta los dicterios de José Blanco.

Parece que Mariano Rajoy está dispuesto a olvidar o, al menos a mirar hacia otro lado, y hasta se han saludado el día de la Constitución en el palacio de la Carrera de San Jerónimo –cosa que no ocurrió el año pasado-, no se sabe muy bien si para escenificar un acercamiento que todos desearían que fuera sincero, si para hacer caso a la penúltima regañina de Manuel Marín (dura y ruda), o simplemente, y tal vez sea lo más cierto, porque estamos en plena vorágine electorera.

Pero aunque la escenificación del ‘buen rollito’ fuera verdad, el problema lo iban a tener ambos líderes para convencer a sus seguidores de que eso es lo bueno y de que eso es lo que hay que hacer. Han llovido demasiadas piedras –rudas y duras- en la legislatura que se acaba como para solucionarlo todo con un ‘pelillos a la mar’ y, lo que es más obsceno, aprovechar para hacerlo con dos cadáveres de cuerpo presente.

Porque hay que dudar de que Zapatero hubiera puesto la misma cara de bueno si no se hubieran producido los dos asesinatos de Francia. Además -y con los dos guardias civiles asesinados en las portadas de todos los medios- tampoco el presidente del Gobierno se ha permitido afirmar expresamente que no habrá más negaciones, que ilegalizará ANV y que se acabó eso de pensar que en la ETA hay hombres de paz.

Las declaraciones de José Luís Rodríguez Zapatero han vuelto a ser un cúmulo de tópicos, los mismos que ha esgrimido siempre que ha habido un atentado terrorista, salvo la última vaciedad que ha dicho y que es una novedad: ‘la legalidad de ANV es hoy mucho más frágil que ayer’. Pues no, señor presidente. Ni se puede estar un poquito embarazada ni se puede ser un poquito ilegal. Se es ilegal o se es legal. En esto no hay paños calientes por mucho que a la política antiterrorista del Gobierno le pueda extrañar que no quepan medias tintas.

Antes de las pretendidas buenas caras asistimos al espectáculo de las manifestaciones. Voy no voy, apoyo o no apoyo, representación de bajo perfil o nos mojamos. Todo un recital de los políticos deshojando la margarita del antiterrorismo en la asistencia, o no, a una manifestación, por legítima que sea cualquier decisión.

La que se deshojó por fin fue la margarita del puesto de Rodrigo Rato, que ha estado poco tiempo en el paro y buscando trabajo. La margarita ha salido, al fin, por la ventanilla de un banco. Claro que la pregunta será  saber hasta qué punto la margarita se estaba cultivando desde el puesto anterior; pero, en cualquier caso, ya saben en el Partido Popular que Rodrigo Rato no estará en las listas.

Pero para margarita la de Bono que ya ha salido por sus fueros y nos ha informado que Rodríguez Zapatero no se presentará a una tercera reelección –suponiendo que gane la segunda- aunque el político manchego se apresuró decir que era un suposición, una intuición, una deducción de lo que había oído a Rodríguez Zapatero. Y es que Bono es muy de apuntar, apenas improvisa y como eso no lo llevaba apuntado pues se le escapó. Pero nada importante que pueda inquietar a José Blanco.

Lo que sí puede inquietar al número dos del Partido Socialista es el ‘affaire’ valenciano de la vicepresidenta De La Vega. La traca se les está yendo de las manos y en una de estas se queman. Y no es por el padrón municipal, que cada uno es muy libre de recordar a los abuelos que quiera –ya ven ustedes a Zapatero- sino porque parece que, las elecciones en el Levante no van a ser un paseo para doña María Teresa como, es un suponer, lo pueden ser para José Bono, aunque no se lleve los discursos apuntados.

La que ni con apuntes levanta cabeza es la ministra de Educación, que tiene todas las papeletas para recoger el testigo de ‘mimaleni’. Aunque la imagen es más seria y más de Saramago que de Curro Jiménez, las tonterías que ha dicho Mercedes Cabrera y de las que ha participado el presidente del Gobierno, son para nota. Claro que hay que tener en cuenta que, por edad, ambos son producto del ‘país que teníamos’.

Una semana triste por mucho que el presidente del Gobierno ponga cara de querer arreglar lo que lleva rompiendo desde que empezó la legislatura. Y es que hay caras duras y rudas.