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Tribuna libre

Las prestigiosas vasijas del Louvre no contenían los restos del Faraón

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En el transcurso de un siglo se ha venido abajo uno de los grandes mitos del Museo del Louvre. Es mundialmente conocida la riqueza de su colección de egiptología, entre la que figuran como unas de sus piezas más valiosas cuatro vasijas de cerámica turquesa que, supuestamente, contenían las entrañas embalsamadas del faraón Ramsés II.

Pero los adelantos tecnológicos han permitido descubrir que se trata de un error, y confirman las dudas surgidas hace ya veinte años, cuando se examinó la momia de Ramsés II, que se conserva en el Museo del Cairo, y se comprobó que conservaba su corazón.

En realidad, los recipientes expuestos en el Louvre, sobre los que figuran el nombre de Ramsés II e invocaciones a los dioses Mut y Amon, guardaban celosamente productos cosméticos elaborados años después de la muerte del célebre faraón.

Un equipo de químicos dirigido por Jacques Connan, de la universidad Louis Pasteur de Strasburgo, ha realizado diversos análisis de cromatografía y espectrometría de masas sobre las sustancias que contienen dos de las urnas, y lo que se creía que eran los restos del faraón ha resultado ser un ungüento a base de grasa animal y aceite vegetal.

Ramsés II falleció en el año 1213 antes de nuestra era, y la aplicación del carbono 14 a lo que se pensaba que eran sus restos, ha permitido establecer que las muestras corresponden al año 1035 y otras al 985, es decir, 128 y 228 años después de la muerte del faraón.

Los análisis sobre una tercera muestra han puesto al descubierto que el producto no es más que resina pura, utilizada para el embalsamiento de los muertos, y que es mucho más reciente, de la época ptolomeica, posterior en mil años.

Según Jacques Connan, estas vasijas fueron utilizadas probablemente en un principio para conservar cosméticos en el templo de Ramsés II, lo que explicaría las inscripciones en el exterior, y la presencia de ungüento en el interior. Más tarde habrían sido utilizadas como urnas para conservar algún dignatario egipcio, y en el momento de ser redescubiertas no fue difícil resistirse a confundir el deseo de que contuvieran las entrañas del gran dignatario, con la realidad.