Martes 06/12/2016. Actualizado 01:07h

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Tribuna libre

El problema es Cataluña

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Desde que Rodríguez Zapatero ganó las elecciones en marzo del pasado año, muchos dijeron que el problema real, con el que se iba a encontrar a no pasar mucho tiempo, sería Cataluña y no el País Vasco. El tiempo y los acontecimientos han dado la razón a quienes así pensaban.

 

En septiembre se le van a amontonar los problemas al Gobierno, pero ninguno de la importancia ni de la trascendencia -no sólo para Cataluña, sino para toda España- como el que va a suponer el Estatut.

 

Tanto el País Vasco a pesar de lo que diga Josu Jon Imaz o Galicia aún teniendo en cuenta a Anxo Quintana, están esperando a ver cómo y en qué queda el Estatut. Carod Rovira tiene la llave y, a partir de ahí, se abrirá la espita. Si el PSOE no la abre del todo o no deja satisfechos a los de Esquerra el problema de la gobernabilidad de España estará servido.

 

Hay varios factores que hacen diferenciar Cataluña de las otras dos comunidades llamadas históricas: Gobierna el PSC con un Maragall demasiado débil en su situación política; un partido como Convergencia pierde el poder tras décadas en la Plaza de San Jaime y tiene que retomar posiciones y contentar a sus votantes; y la oposición del PP, con Piqué a la cabeza, no acaba de definir cuál es su verdadera posición en el mapa político de Cataluña. A todo eso hay que sumar la presencia constante, arrogante y muy direccionada de un Carod Rovira que, a pesar de Perpiñan, de Jerusalén, de las salidas de pata de banco con la Olimpiada en Madrid o de los desplantes y desprecios a toda España, sigue contando - no sólo en la Generalitat- sino también, y muy fuerte, en La Moncloa.

 

Demasiadas cosas como para que Cataluña sea un episodio independentista o reivindicativo más. Son muchos los factores que van a hacer de aquella región española una importante y decisiva piedra de toque para el Gobierno y para su continuidad.

 

Carod Rovira lo sabe muy bien y Rodriguez Zapatero también. La diferencia es que uno también sabe hacia dónde va y el otro no sabe hacia dónde nos lleva.